Cuentos para el andén Nº58

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andéndos

que jamás se casó con Carmen, ni abandonó Derecho para hacer unas oposiciones a inspector de trabajo, ni tuvo una hija que vive en Birmingham y lo llama por teléfono dos veces al año. Ya está muy cerca. Katia le ofrece los brazos abiertos y el señor M se arroja en ellos. Apenas le llega a la altura de los pechos, que le dan la bienvenida con los pezones señalando el cielo límpido. Había olvidado lo alta que era. Lo colosal de su anatomía. Katia es una pagoda acuática, una catedral semisumergida. El señor M se deja acoger por la giganta, quien lo abraza y lo envuelve con sus carnes. Una ola de cinco metros se levanta tras ella. Katia reclina al señor M sobre su brazo derecho en un hermoso paso de tango. Este entreabre los labios para recibir su beso salado mientras la ola los alcanza y construye una bóveda azul sobre ellos, una capilla sixtina plagada de criaturas abisales, silenciosas e inéditas. Quizá sean los seres que el artífice de la Creación descartó en el primer borrador: medusas de grandes orejas, caniches con branquias, gatos recubiertos de escamas doradas... El señor M contempla fascinado a los habitantes de esa cúpula de espuma, esos seres jamás ocurridos. Y a continuación siente el beso que ansiaba, pero es ligeramente distinto a como lo había imaginado. Es un beso enérgico, casi áspero, un tanto agresivo. A decir verdad, el señor M se lo esperaba más tierno, más sensual, y al separar sus bocas, ve que el rostro de Katia ha mutado sutilmente en el de su compadre Virgilio, reconoce sus gordos mofletes y su bigote delineado sobre el labio superior. El señor M lo mira con espanto mientras su compadre parece tomar aire para volver a besarle. Entonces el señor M cierra los ojos con fuerza, permanece así unos segundos y al abrirlos vuelve a estar rodeado de las misteriosas criaturas híbridas de antes, los brazos de Katia le rodean de nuevo y una melodía lejana comienza a sonar bajo el agua. Katia lo toma del brazo y le hace girar en un sinuoso vals acuático. Los seres abisales son cambiantes y adoptan continuamente nuevas formas y colores. Uno de ellos adquiere de pronto la fisonomía de Carmen, su mujer, que intenta explicarle algo. Parece enfadada. Las miles de burbujas que escapan de su boca impiden al señor M entender lo que dice, pero

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