Cuentos para el andén Nº58

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andéndos

rar algo de control sobre sus miembros. Pero por dentro se siente devastado. El sol le derrite los sesos y le corre plomo por las venas. Y de pronto se acuerda de Katia. Katia y su monumental trasero. Katia y él bailando «Te estoy amando locamente» de Las Grecas y «Waterloo» de ABBA. Y no es que la chica canela se parezca a Katia, que era una sueca de curvas tremendas y ojos del azul intenso de los lagos escandinavos. Ha sido el olor a coco. Ese olor tropical y remoto que lo ha transportado al Benidorm de 1975. Al verano que pasó en casa de su tía Sonsoles, cuando era un alfeñique de apenas diecinueve años, con un cargamento de decepciones aún por abrir y Derecho Penal para septiembre. Cuando pierdes la virginidad en una playa levantina con una vikinga de metro ochenta y cinco y casi noventa kilos, que además te saca doce años, pierdes algo más que eso, pierdes la más mínima oportunidad de dominar la situación. Solo puedes dejarte llevar por su abrazo de osa polar y convencerte a ti mismo de que su boca abierta a la luna en un gemido infinito no es un sueño, es real, y tú, por alguna razón incognoscible o azarosa del destino, eres el afortunado destinatario de su lengua húmeda; y dejarte montar por esa valquiria noche tras noche en un remolino de arena tostada, vermús y gin-tonics, mientras tu tía piensa que estás de farra con la pandilla, y tus amigos (incluida Carmen, con la que por entonces solo llevas tres meses de noviazgo convencional y casto) creen que buceas en los recovecos del Código Penal, muerto de asco, encerrado en tu habitación. Y entregarte sin hacer preguntas al mes de agosto más irreal y pleno de toda tu vida. Esta película en super-8 pasa a toda velocidad por los circuitos neuronales del señor M en pocos segundos, un viaje en el tiempo doloroso y sentimental cortesía de su pituitaria, pero el flujo de imágenes en su córtex cerebral se interrumpe de repente por una visión inconcebible: el colosal, el incomparable culo de Katia se balancea sobre las aguas tranquilas del Mediterráneo, justo delante de él. No puede ser, piensa el señor M. Esa giganta casi albina de piel encendida hasta el fucsia doloroso, su espalda de nadadora

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