Cuentos para el andén Nº58

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andéndos

cuando casi había olvidado su discrepancia interna, que una señorita de cuerpo canela y suaves curvas aterrice con pulcritud una toalla floreada sobre la arena, a un metro escaso de su hamaca, y proceda a cubrirse meticulosamente todo el cuerpo con un ungüento de aroma caribeño que a M, seamos sinceros, le da arcadas, aunque al mismo tiempo le parece embriagador y estimulante, como una postal de cocoteras y bailarinas hawaianas. Ahora la joven intenta sin éxito untar su espalda con el bronceador, y en un acto reflejo, la pierna y brazo izquierdos del señor M se despliegan enérgicamente hacia ella con la intención de asistirla. De repente su mano izquierda siente la necesidad de restregar cada centímetro de esa piel de cine. De despellejarla si es necesario. Y casi lo logra, pero su febril impulso se ve frenado por el brazo derecho, que sujeta a tiempo a su homólogo izquierdo por la muñeca, y por la pierna derecha, que con la agilidad de una bailarina de cancán cruza como un aspa sobre la izquierda, aprisionándola en una postura muy de vedette de los ochenta. Todo este movimiento espasmódico tiene la desafortunada consecuencia de arrojar un buen puñado de arena sobre la muchacha, quien lanza un grito y le dirige una mirada furibunda. El señor M contempla con bochorno las consecuencias de sus aleteos involuntarios, el rebozado grisáceo que luce ahora la joven y, justo cuando va a abrir la boca para vomitar un torrente de disculpas, su ojo izquierdo inicia una ráfaga incontrolada de guiños picarones a la moza, a la par que se humedece el labio superior con la punta de la lengua de forma lasciva. El ojo derecho del señor M, en cambio, se abre desmesuradamente y desarrolla un tic bizqueante, como si quisiera de esta manera contrarrestar el intolerable atrevimiento de su gemelo. Este combinado aterrador de bizqueos y guiños se prolonga durante unos segundos, que al señor M le parecen siglos, y a la joven le dan para recoger a toda prisa sus bártulos y perderse, cual gacela en la sabana, por la orilla derecha de la playa. La desaparición de la moza proporciona unos momentos de paz a nuestro hombre, que poco a poco logra serenarse y recupe-

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