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nº58

junio2017

elmuro [3] andénuno [5]

Brenda, Aranzazu de Isusi andéndos [9]

Katia y los seres inéditos, Mª Jesús Lavado Jiménez andéntres [17]

Rosa Parks, Alberto Merino cuentoscomochurros [24] lapuertadelanevera [26] diccionariodesaturno [27] Sttorypics [28] sinopsis [29] brevemente [30]

Relatos en cadena dindondin [32] decamino [33] entrecocheyandén [30]

novedades

El patio, Concha Ballinas

En este número hablamos de Carie una revista hermana, que nació en Turín para ofrecer lectura en la sala de espera del dentista, pero que voló por toda la ciudad y vino a aterrizar en nuestro andén.

Edita: Grupo Andén C/ Feijoo, 6 - 28010 Madrid | edicion@grupoanden.com | www.grupoanden.com Comité editorial: Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Leticia Esteban | Editora: Natalia Muñoz. Asesores de contenidos: Sergi Bellver, Juan Carlos Márquez y Kike Cherta (España), Juan Martini y Mónica Pano (Argentina), Mª Luz Carrillo (México) Publicidad: edicion@grupoanden.com | Diseño: www.jastenfrojen.com Ilustración: Coordinación: www.leticiaestebanilustracion.com Ilustración portada e interior: Olga Trabajos | https://olgatrabajos.com/

Con la colaboración de:


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Finalistas: 

Tema: Libertad

Rompiendo cadenas. Rosa García Telde, Gran Canaria (España) Libertades cruzadas. Carlos Rivero Badajoz (España) Sin título. Marcelo Velásquez Bogotá (Colombia)

Ganadora: Sin título. Tania Amador - Alcorcón (España)

Concurso de fotografía Participa enviando tus fotos a lector@grupoanden.com Consulta las bases y mira las fotos en Facebook y grupoanden.com Tema del próximo concurso: Luces y sombras

Te escuchamos: Cuentos para el andén @cuentosanden lector@grupoanden.com

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Hoy Cuentos para el andén trae dos relatos que parecen escapados de un sueño: una historia de amor que es como es el amor, desconcertante, y que viene prestada de la pluma de Aranzazu Isusi; un relato plagado de seres inéditos, nacidos del sueño de Mª Jesús Lavado, y un relato histórico, un homenaje a la lucha por los derechos civiles de toda una raza que se libra en las letras de Alberto Merino. Y más cosas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

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Brenda Aranzazu de Isusi

HAY un gran cartel que dice Feliz Navidad. Es de neón con letras rojas y verdes, se enciende y se apaga sobre unos pastorcitos que mueven los labios marcando mucho rato una o o una a larguísima en la que enseñan los dientes como si sonrieran. Brenda lleva todo el día conduciendo y tiene que descansar. Aparca su coche entre los camiones; le quedan un par de horas para llegar a casa de su madre. Llegará para la cena, volverá un año más para tomar las castañas. Brenda sale del coche y entra en el bar. Hay varios grupos de hombres bebiendo, se oyen sus carcajadas. Brenda pide una Coca-Cola y un pincho de tortilla. Tiene hambre. Va hacia el cuarto de baño mientras le sirven. A la vuelta, cuando cruza la barra, ve a un hombre muy raro, tanto que no puede parar de mirarle. Tiene los ojos grisáceos, grandes, con una extraña mirada que a ella le parece que se da la vuelta al fondo, perdiéndose en un alma impía en la que no se puede leer. Le mira de arriba abajo, podría provocar una galerna con sólo enfadarse, podría estrangular a una mujer sin esfuerzo con esas manos llenas de pecas, podría incluso cogerla en sus brazos y subirla hasta arriba como si fuera un crío que quiere atrapar una nube y después dejarla en el suelo con desprecio, casi con asco, para que se arrastrase como un limaco en un jardín del norte. Brenda se siente atraída por tanta bestialidad, casi le gustaría ser un limaco.

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Se arrastra por la barra y vuelve a su sitio. Ya le han servido la tortilla. No puede apartar la vista de aquel hombre. Le ve resoplar como un toro bravo que se dispone a embestir y entonces le mira fijamente desde su lado de la barra. Las cosas no son lo que parecen, se dice, y le sigue mirando hasta llamar su atención. El hombre se acerca. Tiene un olor suicida de vivo con reparos, de naturaleza colosal, de angustia de muerto, de plantas putrefactas, un olor que hace que Brenda le sonría, que se acerque aún más. Las cosas no son lo que parecen, se dice Brenda. Está vivo. El hombre le saluda quitándose el sombrero, Brenda sonríe, come su pincho deprisa y deja la Coca-Cola para beber un gin-tonic junto a él. Brindan, se felicitan la Navidad y beben. Poco es lo que hablan, lo suficiente para que él comprenda que a ella la trae el azar y que debe hacerla feliz. Apuran la segunda copa y salen abrazados del bar. La cabaña de aquel hombre está al otro lado del pueblo. Cruzan la plaza, el ayuntamiento está cuajado de luces. Bajo el pórtico, escapando de la lluvia, unos niños vestidos de pastores cantan villancicos. Brenda y aquel hombre toman un camino sin asfaltar. La luna parece vieja. Llueve demasiado, el hombre tapa a Brenda con una pelliza beige. La pelliza no le deja ver la luna. Llueve. Llegan. Él abre la puerta. La hace pasar. Brenda se quita el vestido y lo deja junto al fuego; está empapada. Él se conmueve al ver que tiembla. Se conmueve de veras. Después, desaparece y vuelve con una manta raída. La acompaña a echarse en el sofá. La tapa torpemente, casi con cariño, canturrea y besa sus manos frías. Durante unos minutos la mira con ternura, demostrando que las cosas no son lo que parecen. Ha dejado de llover.

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Brenda retira un poco la manta como para que entre el calor. Entonces los ojos de aquel hombre se dan la vuelta al fondo, muy al fondo provocando una potente chispa. Sin más, la toma con fuerza y la hace subir en un relámpago. Un fuerte resplandor como el de la estrella de Oriente, oculta toda la fealdad del mundo y Brenda es feliz. Después llega la oscuridad. Entonces, los ojos de Brenda se dan la vuelta también al fondo, pero más al fondo. Aún más. Y Brenda le devora con ansia, con gula. La luna entra por el ventanuco, a lo lejos se observan las Gemínidas. Entre luces y sombras, Brenda abandona los restos de aquel hombre. Coge su vestido de al lado de la chimenea, se lo pone y se mira coqueta en el único espejo de la cabaña. El olor a plantas pisadas lo impregna todo. Brenda sale bajo la luna vieja, cruza la plaza y vuelve al aparcamiento. Su coche la espera entre camiones. Se acomoda, coge el volante, despide a los pastorcillos de neón que siguen marcando una o y una a larguísima. Sobre ellos parpadea el cartel que desea a los conductores muy Feliz Navidad.

tw Del libro: Benditas luciérnagas, Ed. Torremozas, 2017. Aranzazu de Isusi nació en Madrid y es Licenciada en Derecho y Auditora de cuentas. Imparte talleres de escritura en diferentes escuelas de arte. Ha publicado el libro Cuentos de sombreros y paraguas (Quadrivium, 2008), que fue traducido al alemán. Su trabajo como cuentista ha sido recogido en numerosas antologías y galardonado en distintos premios, nacionales e internacionales.

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Katia y los seres inéditos Mª Jesús Lavado Jiménez

ES más o menos la hora de la siesta, y el señor M se entrega al sopor de la digestión con la placidez de un ficus. Está repantigado en su hamaca sobre la arena tostada y observa el Mediterráneo perdido en pensamientos poco concretos. La orilla del mar está bastante concurrida para la hora que es. La gente moderna ha hecho del paseo una religión, una muy estricta, al parecer. Al cabo de diez minutos, el señor M repara en un hecho llamativo: tanto los que vienen por su derecha como los que se aproximan por su izquierda se dan la vuelta y emprenden el camino de regreso a su toalla justo delante de él, sin cruzarse jamás entre ellos. Tras un tiempo observando este extraño devenir, el señor M comienza a sospechar que un muro que es incapaz de ver se levanta frente al él, perpendicular al rompeolas, impidiendo a los transeúntes proseguir la marcha. Inexplicablemente, nadie colisiona contra la pared invisible: todos toman la sabia decisión de dar la vuelta centímetros antes del impacto. La ilusión óptica es tal, que el señor M empieza a pensar que un meridiano electromagnético hasta ahora desconocido por los geógrafos, una corriente telúrica intangible, los repele como un imán inverso. Ese pespunte imaginario, según sus cálculos, divide su calva grasienta en dos mitades, sigue justo por el centro de su tabique nasal, le baja por el esternón y emprende la cuesta arriba por su barrigota peluda tropezando brevemente en el socavón del ombligo, continúa por el eje del pene (nunca se decidió a cargar hacia ningún lado en especial) y se prolonga por la arena hasta la orilla, dejando una de sus piernas a cada lado. Ahora, cada mitad de su cuerpo existe en uno de estos universos paralelos. Los habitantes de ambos lados parecen

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no reparar en esta dualidad, ajenos por completo a la existencia de la otra dimensión. Únicamente él asiste a esa duplicidad, porque ha tenido la mala fortuna de plantar su silla justo en una frontera interdimensional. Que joder, también es mala suerte, con lo grande que es la playa. A estas alturas, el señor M está bastante agitado y es incapaz de dormir la siesta que reclamaba minutos antes el arroz con bogavantes y chistorra. Empieza a notarse raro, como si el hemisferio izquierdo de su cerebro estuviera en total desacuerdo con el derecho, instándole a huir del sol que le abrasa la piel, y buscar refugio en el frescor de su apartamento, bajo el chorro de aire helado de su aparato de aire acondicionado, junto a sus diccionarios y tratados sobre el medievo japonés. Su mitad derecha, en cambio, arde en deseos de beberse un cóctel de esos que traen un parasol diminuto de vivos colores y una pajita. Y de embadurnarse en aceite de coco. Hasta diría que su muslo derecho (controlado por la mitad izquierda de su cerebro) empieza a enrojecer, mostrando síntomas de una dolorosa quemadura solar, mientras el izquierdo (siguiendo las ganas de juerga del hemisferio cerebral derecho) adquiere un tono marrón acartonado, como el del careto de Julio Iglesias en la portada de uno de los cientos de discos que acumulan sus queridas hermanas, Amalia y Roberta, en la casa de Bobadilla. Sus hermanas son siamesas por parte de oreja y nalga (derecha en el caso de Amalia e izquierda en el de Roberta). Viven juntas (obviamente) y se dedican a sus oficios de psicóloga y peluquera respectivamente, intercambiándolos a conveniencia, dependiendo de las necesidades del cliente/paciente, del índice de humedad relativa, y del humor de cada una. Son dos seres (o un ser doble, según se mire) adorables, sus hermanas, piensa el señor M con ternura. De pronto siente unas ganas tremendas de tenerlas a su lado; ellas, que son en sí una duplicidad, le ayudarían seguro a resolver este absurdo estado de bifurcación dimensional y emocional en el que se encuentra. Y quiere el azar, justo en mitad de sus pensamientos fraternales,

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cuando casi había olvidado su discrepancia interna, que una señorita de cuerpo canela y suaves curvas aterrice con pulcritud una toalla floreada sobre la arena, a un metro escaso de su hamaca, y proceda a cubrirse meticulosamente todo el cuerpo con un ungüento de aroma caribeño que a M, seamos sinceros, le da arcadas, aunque al mismo tiempo le parece embriagador y estimulante, como una postal de cocoteras y bailarinas hawaianas. Ahora la joven intenta sin éxito untar su espalda con el bronceador, y en un acto reflejo, la pierna y brazo izquierdos del señor M se despliegan enérgicamente hacia ella con la intención de asistirla. De repente su mano izquierda siente la necesidad de restregar cada centímetro de esa piel de cine. De despellejarla si es necesario. Y casi lo logra, pero su febril impulso se ve frenado por el brazo derecho, que sujeta a tiempo a su homólogo izquierdo por la muñeca, y por la pierna derecha, que con la agilidad de una bailarina de cancán cruza como un aspa sobre la izquierda, aprisionándola en una postura muy de vedette de los ochenta. Todo este movimiento espasmódico tiene la desafortunada consecuencia de arrojar un buen puñado de arena sobre la muchacha, quien lanza un grito y le dirige una mirada furibunda. El señor M contempla con bochorno las consecuencias de sus aleteos involuntarios, el rebozado grisáceo que luce ahora la joven y, justo cuando va a abrir la boca para vomitar un torrente de disculpas, su ojo izquierdo inicia una ráfaga incontrolada de guiños picarones a la moza, a la par que se humedece el labio superior con la punta de la lengua de forma lasciva. El ojo derecho del señor M, en cambio, se abre desmesuradamente y desarrolla un tic bizqueante, como si quisiera de esta manera contrarrestar el intolerable atrevimiento de su gemelo. Este combinado aterrador de bizqueos y guiños se prolonga durante unos segundos, que al señor M le parecen siglos, y a la joven le dan para recoger a toda prisa sus bártulos y perderse, cual gacela en la sabana, por la orilla derecha de la playa. La desaparición de la moza proporciona unos momentos de paz a nuestro hombre, que poco a poco logra serenarse y recupe-

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rar algo de control sobre sus miembros. Pero por dentro se siente devastado. El sol le derrite los sesos y le corre plomo por las venas. Y de pronto se acuerda de Katia. Katia y su monumental trasero. Katia y él bailando «Te estoy amando locamente» de Las Grecas y «Waterloo» de ABBA. Y no es que la chica canela se parezca a Katia, que era una sueca de curvas tremendas y ojos del azul intenso de los lagos escandinavos. Ha sido el olor a coco. Ese olor tropical y remoto que lo ha transportado al Benidorm de 1975. Al verano que pasó en casa de su tía Sonsoles, cuando era un alfeñique de apenas diecinueve años, con un cargamento de decepciones aún por abrir y Derecho Penal para septiembre. Cuando pierdes la virginidad en una playa levantina con una vikinga de metro ochenta y cinco y casi noventa kilos, que además te saca doce años, pierdes algo más que eso, pierdes la más mínima oportunidad de dominar la situación. Solo puedes dejarte llevar por su abrazo de osa polar y convencerte a ti mismo de que su boca abierta a la luna en un gemido infinito no es un sueño, es real, y tú, por alguna razón incognoscible o azarosa del destino, eres el afortunado destinatario de su lengua húmeda; y dejarte montar por esa valquiria noche tras noche en un remolino de arena tostada, vermús y gin-tonics, mientras tu tía piensa que estás de farra con la pandilla, y tus amigos (incluida Carmen, con la que por entonces solo llevas tres meses de noviazgo convencional y casto) creen que buceas en los recovecos del Código Penal, muerto de asco, encerrado en tu habitación. Y entregarte sin hacer preguntas al mes de agosto más irreal y pleno de toda tu vida. Esta película en super-8 pasa a toda velocidad por los circuitos neuronales del señor M en pocos segundos, un viaje en el tiempo doloroso y sentimental cortesía de su pituitaria, pero el flujo de imágenes en su córtex cerebral se interrumpe de repente por una visión inconcebible: el colosal, el incomparable culo de Katia se balancea sobre las aguas tranquilas del Mediterráneo, justo delante de él. No puede ser, piensa el señor M. Esa giganta casi albina de piel encendida hasta el fucsia doloroso, su espalda de nadadora

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unida a las nalgas míticas por un escueto tanga azul, no puede ser su Katia. Han pasado cuarenta años. Cuatro décadas, ocho lustros, casi medio siglo. Y sin embargo, ahí está. A veinte metros mar adentro, oteando el horizonte. Y treinta segundos después, ahí está también el señor M, con el agua por las rodillas. Dando ridículos saltitos para avanzar más rápido. La mitad izquierda de su cerebro le dice que es imposible, que Katia, si vive, es ya septuagenaria. Que la está confundiendo con una guiri cualquiera. Pero su hemisferio derecho le repite que por qué no, que cosas más raras se han visto, como por ejemplo que una frontera interdimensional se instale de forma azarosa en la orilla abarrotada de una playa del Levante español, justo donde él suele plantar su hamaca. El señor M avanza con ahínco, luchando contra la corriente, pero la distancia entre Katia y él apenas se reduce. Se gira para comprobar cuánto se ha alejado de la orilla. Allí, lejísimos, cree distinguir a su compadre Virgilio, con el que juega cada tarde al mus. El hombre tiene una mano colocada sobre los ojos a modo de visera y agita el otro brazo con energía. El señor M le responde levantando la mano izquierda a modo de saludo, pero no puede evitar que su mano derecha le muestre el dedo corazón en una contundente peineta. Después reanuda su marcha hacia el horizonte azul, porque Katia se ha girado y le sonríe como solo una criatura mitológica sabe hacer. No hay duda de que es ella, son los mismos hoyuelos, las mismas pecas en la breve nariz, y le está haciendo señales para que acuda a su lado. Ahora su avance se torna veloz, una corriente amiga parece impulsarle en la dirección correcta. Según sus cálculos, Katia está a la derecha de la pared invisible que separa los dos mundos. Quizá el universo a ese lado del tabique sea una dimensión alternativa donde habitan las opciones descartadas, los «y si hubiera hecho esto en lugar de aquello» que nos duelen toda la vida. Y el señor M avanza por la frontera misma, con medio cuerpo a cada lado. Escorando cada vez más hacia la derecha, decantándose definitivamente por un universo habitado por hipótesis, por elecciones no tomadas, en el

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que jamás se casó con Carmen, ni abandonó Derecho para hacer unas oposiciones a inspector de trabajo, ni tuvo una hija que vive en Birmingham y lo llama por teléfono dos veces al año. Ya está muy cerca. Katia le ofrece los brazos abiertos y el señor M se arroja en ellos. Apenas le llega a la altura de los pechos, que le dan la bienvenida con los pezones señalando el cielo límpido. Había olvidado lo alta que era. Lo colosal de su anatomía. Katia es una pagoda acuática, una catedral semisumergida. El señor M se deja acoger por la giganta, quien lo abraza y lo envuelve con sus carnes. Una ola de cinco metros se levanta tras ella. Katia reclina al señor M sobre su brazo derecho en un hermoso paso de tango. Este entreabre los labios para recibir su beso salado mientras la ola los alcanza y construye una bóveda azul sobre ellos, una capilla sixtina plagada de criaturas abisales, silenciosas e inéditas. Quizá sean los seres que el artífice de la Creación descartó en el primer borrador: medusas de grandes orejas, caniches con branquias, gatos recubiertos de escamas doradas... El señor M contempla fascinado a los habitantes de esa cúpula de espuma, esos seres jamás ocurridos. Y a continuación siente el beso que ansiaba, pero es ligeramente distinto a como lo había imaginado. Es un beso enérgico, casi áspero, un tanto agresivo. A decir verdad, el señor M se lo esperaba más tierno, más sensual, y al separar sus bocas, ve que el rostro de Katia ha mutado sutilmente en el de su compadre Virgilio, reconoce sus gordos mofletes y su bigote delineado sobre el labio superior. El señor M lo mira con espanto mientras su compadre parece tomar aire para volver a besarle. Entonces el señor M cierra los ojos con fuerza, permanece así unos segundos y al abrirlos vuelve a estar rodeado de las misteriosas criaturas híbridas de antes, los brazos de Katia le rodean de nuevo y una melodía lejana comienza a sonar bajo el agua. Katia lo toma del brazo y le hace girar en un sinuoso vals acuático. Los seres abisales son cambiantes y adoptan continuamente nuevas formas y colores. Uno de ellos adquiere de pronto la fisonomía de Carmen, su mujer, que intenta explicarle algo. Parece enfadada. Las miles de burbujas que escapan de su boca impiden al señor M entender lo que dice, pero

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le parece oír varias veces la palabra ictus, y algo sobre un golpe de calor, en tono de reproche. Afortunadamente, a los pocos segundos Carmen vuelve a ser un calamar sonriente. Una merluza de piernas fornidas se le acerca y le habla con la voz clara de su hermana Amalia: «Tranquilo, todo va a salir bien. Quédate con nosotras, querido». Y a continuación gira ciento ochenta grados y es su otra hermana, Roberta, quien le insta con urgencia: «Huye, hermano, no mires atrás, no habrá una segunda oportunidad». M la mira desconcertado. De alguna región recóndita de su memoria le llega el recuerdo de que sus hermanas siamesas jamás crecieron, murieron al poco de nacer, un año antes que él, y jamás las conoció. Pero ese fugaz pensamiento carece por completo de interés para el señor M, ahora que Katia lo atrae de nuevo hacia sí, y hace girar sus cuerpos entrelazados en un remolino lisérgico. El señor M se deja llevar complaciente, complacido, convencido de habitar por fin el universo correcto. Recorriendo feliz las hermosas paredes de ese maelstrom multicolor, vuelta tras vuelta, cada vez más abajo en el interior de ese cono furibundo. Katia le abraza con ternura, le besa, y las hermosas criaturas que giran junto a ellos le acarician delicadamente con sus tentáculos al pasar. Y por primera vez en mucho tiempo, el señor M tiene la certeza de que, al fin, todo es perfecto.

tw Del libro: Lo que la vida necesita, Ed. Salto de Página, 2016. Mª Jesús Lavado Jiménez, profesora de Piano y profesora superior de Solfeo, además de diplomada en Educación Musical, es profesora de música en el I.E.S. Mª Victoria Atencia de Málaga. Escribe sobre todo microrrelatos y relatos cortos. Ha ganado y quedado finalista en varios concursos de microrrelatos. Sus textos aparecen publicados en volúmenes colectivos como Las palabras contadas o Cuarenta plumas y pico.

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Rosa Parks Alberto Merino A Carla, por tantísimas cosas y tantísimos días

LEVANTO el brazo al ver el autobús de Cleveland Avenue. Estoy aterida en la parada después de veinte minutos esperando, me duelen los pies de frío. Es uno de diciembre y ha caído la primera nevada en la ciudad. No creo que llegue a helar el lago, eso no pasa desde antes de la Segunda Guerra Mundial, hace casi veinte años. No sé siquiera si encontraría mis patines si tuviera que buscarlos. Me siento en el primer asiento tras la línea, junto a la ventana. El autobús va casi lleno, y los cristales están empañados, así que froto con la manga de mi abrigo para ver el exterior a medida que avanza perezoso por la avenida. Montgomery está sumida en ese pequeño caos del primer día que nieva en la temporada: gente con palas echando la nieve de sus casas hacia la calle, máquinas quitanieve empujándola de nuevo a las aceras, y la pobre nieve que va de un lado para otro ensuciándose y cogiendo ese tono entre marrón y grisáceo que la vuelve tan fea. Aun así, Montgomery es una ciudad preciosa cuando se acerca la Navidad, con tantas o más luces que la mismísima Atlanta, luces de colores que cuelgan de las farolas en Highland Avenue y en casi todo el Centennial Hill. Hacia el sur, desde Garden District hacia abajo, los vecinos decoran sus casas con adornos de colores chillones en los árboles y figuritas navideñas de jardín. —Levántate, negra, este asiento es para blancos —me dice la voz del conductor.

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Miro la línea del autobús que separa los asientos de los negros de los de los blancos, pero no hay error: estoy sentada detrás de la línea. —Lo siento, no te he entendido —contesto como si aquello no fuera conmigo. —Me has oído perfectamente, negra. ¡Levántante! El conductor, con su gorra, su cazadora de piel y su corbata mal anudada, debe creerse que es un teniente de aviación que pilota un Mustang P-51 en lugar de conducir un autobús en Montgomery, Alabama. Oigo detrás de mí el murmullo de un buen número de negros que, situados tras la línea como yo, desaprueban su actitud. Miro al conductor, con los brazos en jarra y una expresión como de asco y superioridad a la vez, mirándome desde arriba, y recuerdo al abuelo Jack, caído en el suelo con la tibia rota en medio de un campo de algodón de Elmore y gimiendo de dolor. El capataz, Julius Wallace, también le dijo: —¡Levántate, maldito negro, y sigue recogiendo algodón! Jack intentó levantarse por tres veces y otras tantas cayó llorando de dolor en medio del algodonal, profiriendo gritos que se oían de punta a punta de la plantación. —No puedo, señor Wallace, ¡me he roto algo! —Maldito negro vago, ¡yo sí que te voy a moler los huesos! — y le atizaba con la vara como si fuera un mulo. —Lo siento, señor, no voy a dejar mi asiento. Estoy harta. —¿Qué has dicho, muchacha? ¿Estás loca? —No, señor, no estoy loca. Sólo he dicho que no voy a ceder mi asiento —a pesar del frío noto que me sudan las manos y la frente. Intento ocultar mi nerviosismo hablando muy lentamente. Jack recibió una paliza tremenda, pero lo que más le dolió, según me explicaba antes de morir, fue la injusticia. Cuando vino el lugarteniente Smith y vociferó a Wallace hasta conseguir que dejara de golpearle, éste le miró como si acabara de despertar de un sueño. Mi abuelo Jack gimoteaba como un niño en el suelo, con la camisa hecha jirones y la espalda ensangrentada. —¡Maldito necio, pero qué has hecho! —dijo, levantándole la

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pernera del pantalón a Jack. —¿No ves que la tiene rota? ¡Se le nota el bulto del hueso, es una fractura complicada! ¡Tardará meses en volver a trabajar! ¡Y tú encima azotándole! Voy a hablar con la señora Torrence, esto no va a quedar así —sentenció el lugarteniente Smith. —¡Por Dios, William! ¡Si no es más que una bestia de carga! Aunque por aquella época hacía casi veinte años que Abraham Lincoln había abolido la esclavitud en Estados Unidos, según Jack poco había cambiado en las plantaciones de Alabama. "Sólo éramos libres para irnos con nuestra miseria a otro lado", decía el abuelo refiriéndose a aquellos años. —Si no te levantas inmediatamente haré que te arresten, ¡tienes que ceder tu asiento a los blancos! —creo que mi aparente temple está desquiciando al conductor del autobús. —Como dijo mi abuelo Jack, no se puede tener miedo de lo que uno hace cuando es lo correcto. No voy a levantarme, señor. Me imagino al conductor sin su cazadora ni su gorra, sino con una camisa de rayas arremangada y un pantalón con tirantes, sudoroso y con la vara en la mano, amenazante: —¡Estás acabando con mi paciencia! ¿Es que no sabes leer? ¿No sabes las normas? —Señor, soy consciente de cuáles son las injustas normas que nos rigen. Sé leer, soy maestra. Y perdone mi insistencia, pero no voy a levantarme. El abuelo Jack no volvió a caminar bien. Recuerdo verle con un bastón y cojeando como si tuviera una pierna más corta que la otra. Eso no le impidió seguir recogiendo algodón hasta casi los setenta. Pero según la abuela Martha, aquello le cambió. No físicamente. Le mató la alegría, dejó de cantar "como un ruiseñor en celo", como decía la abuela. —¡Se acabó! ¡Voy a avisar por radio a la policía! —está tan fuera de sí que escupe mientras habla. Me quito las gafas y las limpio de la saliva del conductor Wallace con la bufanda, mientras le digo: —Haga lo que tenga que hacer. Yo seguiré aquí, esperando. No pasan ni cinco minutos cuando oigo la sirena de la policía. El coche se detiene justo delante del autobús, y se bajan dos

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policías con cazadora, corbata y gorra. Llevan porra y pistola los dos, pero se acercan a mí lentamente, no parecen nerviosos. Cuando se plantan delante de mí, los negros del autobús están todos de pie, tensos, como crispados, mientras que los blancos, que también se han levantado, se alejan cuanto pueden de la escena y se agolpan junto al asiendo el conductor. —Señora, haga el favor de levantarse y ceder su asiento — dice el más joven; un blanco muy blanco y muy guapo, que intenta reprimir una sonrisa al dirigirse a mí. Casi me ruborizo. —Discúlpenme, agentes, ya le he dicho al conductor que no iba a levantarme. —¿Sabe que si no se levanta la arrestaremos por alteración del orden público? —dice el más mayor, más serio y con bigote, pero de movimientos suaves. —Ustedes deben cumplir con su deber. Y yo con el mío. —No nos deja otro remedio, señora —dice el policía del bigote, sacando las esposas de la parte de atrás de su cinturón. Dicen que el lugarteniente Smith azotó a Julius Wallace por lo que le hizo al abuelo Jack. Nadie lo supo de verdad, lo único cierto es que Julius desapareció por varias semanas de la hacienda y cuando volvió, nunca más volvió a apalizar a ningún negro. Los miraba a todos con odio y rencor infinitos, apretando los labios, pero nunca más pegó a nadie. El abuelo siempre decía que el lugarteniente Smith era buena persona, que jamás mataría una mosca. Me llevan al coche patrulla ante la atenta y sonriente mirada del conductor Wallace, que, de brazos cruzados, cree haberse salido con la suya. Pero del fondo del autobús, donde nos sentamos los negros, empiezan a oírse algunos abucheos, y en la calle hay un montón de gente arremolinada alrededor de los dos vehículos preguntando qué ha pasado: —Se ha negado a ceder el asiento a un blanco —dice uno. —Decía que estaba cansada —replica otro. —No, ha dicho que estaba harta, no cansada —defiende el de más allá. —Agentes, déjenla ir, ¡es injusto! —se oye desde el fondo. Pasa un hombre mayor y bien vestido, de raza blanca, cabe-

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ceando sin detenerse: —Es una vergüenza… algún día pasará algo grave de verdad. Esto no tiene sentido ninguno. —Lo que hace falta es gente como usted, sin prejuicios. ¡Preséntese a gobernador! —le palmea, amistoso, la espalda un hombretón negro vestido con cazadora, bufanda y gorra de béisbol. Justo cuando cierra la puerta por la que acabo de entrar en el coche, el policía guapo se gira y pone una mueca de tristeza, reconociendo que nada puede hacer para evitar cumplir con su deber. Salimos a toda prisa a comisaría. Al llegar allí aún no ha corrido la voz. Me toman las huellas dactilares, me hacen una foto con el número 7053 y me llevan a una sala de interrogatorios. Aparece un hombre gordo y sudoroso, moreno y calvo, con traje gris marengo de americana cruzada, corbata negra y camisa blanca con una pequeña mancha de salsa de tomate. —Señora Parks, soy el comisario Lovell. —Mucho gusto, señor comisario. —le alargo la mano; la mira, y al final decide darme la suya sin ganas. Jack me contó, poco antes de morir, que varios años después de retirarse se encontró con el lugarteniente Smith paseando por Elmore. Fueron juntos a beber bourbon. No confesó haber azotado a Julius Wallace, pero le contó que el día que aquel bárbaro apalizó al abuelo lloró como nunca antes, y se juró que jamás toleraría el maltrato a los negros. El abuelo siempre decía que el lugarteniente Smith era una buena persona. —Sólo voy a hacerle una pregunta, ya que los hechos, ante la cantidad de testigos que hay, son irrefutables. ¿Por qué lo ha hecho? —¿Y por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados? tw Relato inédito. Alberto Merino Palomar (Barcelona, 1972). A deshoras garabatea poemas, pergeña relatos, sueña novelas.

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cuentoscomochurros

Piragüismo

Piragüismo UNA brisa agradable recorre las aguas tranquilas de la ría. Hace un día perfecto para disfrutar de la competición. El público aguarda alborozado sobre el Puente Viejo. El juez levanta la mano y, por fin, resuena en el valle el pistoletazo de salida que da comienzo a la carrera. Los piragüistas hunden al unísono sus palas en el agua. Las proas se impulsan, cogen ritmo, dibujan estelas puntiagudas sobre el espejo del río. La canoa de la calle central se adelanta y gana unos metros valiosísimos sobre el resto de piragüistas. Su cadencia de palada es buena. Otra canoa le sigue a corta distancia por la calle de la derecha. Otra más viene detrás a la izquierda. El resto de canoas sigue la estela y, en formación de punta de flecha, cruzan juntas la baliza que señala la mitad de la prueba.

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cuentoscomochurros

Ya están los piragüistas a escasos metros del Puente Viejo y el público los jalea. Entonces la primera canoa parece que se tuerce, sí, se tuerce, se orilla hacia la derecha y ahora se dirige, con el resto de canoas, hacia los humedales de ese lado del río. ¿Qué hacen los piragüistas? ¿Por qué levantan las palas? ¿Qué motivo hay para echar pie a tierra y desentenderse de la prueba? Una tras otra, las canoas van alcanzando la orilla. Allí se dividen. Se entretienen. Se agrupan. Buscan refugio y se pierden en el laberinto de carrizos y sombras. —¡Cuack! —escucha el público exclamar a un piragüista —¡Cuack, cuack! —contestan a coro las demás canoas. Suena un segundo pistoletazo que anula la prueba y espanta a los piragüistas. La multitud fascinada levanta los ojos al cielo desde la rivera, desde el Puente Viejo, desde las barcazas que secundan la carrera. Todos son testigos de cómo una bandada de canoas se alza sobre sus cabezas, pasa volando por encima de los chopos y se pierde, moviendo las palas, por la línea del horizonte.

tw Colaboración mensual con Cuentos como Churros: ellos eligen una de las cuatro fotografías seleccionadas de El muro y cocinan con ella un rico churro que publicamos aquí. I Carlos Rivero, finalista de nuestro Concurso de Fotografía de este mes.

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lapuertadelanevera

Confiar Esther Ligero ¿Que a quién pu edes confiar tu corazó n? al cirujano card iólogo, lo dudes.

ssi José María Iaru ladera he la de r rio En el inte ede pu hay algo que te hasta ría ra enfadar. Yo espe . va el vu que http://www.letracero.com.ar/

Plácido Recuerda que dormirás de so bra cuando muera s.

Ganímedes lo de la Ya solucioné ajo. Confía vecina de ab lverá a vo en mí: no tá en el Es . os rn molesta e tupper grand

Enfadar Carmen Góm ez Ya se me pas ó el enfado, no ha y como dejar enfriar un poco la cabeza. Pasa y cierra.

Dormir

http://placidario.blogspot.com.es/

Rosi García ñar, Dormir y So os ch dos dere s. le b ca into

Anniehall7 ute de Visítenos y disfr sta, y sie a id ec er una m po se la si no tiene tiem . 2x1 sa ca llevamos a . lio ici m a do

http://dibujandounpensamiento.blogspot.com.es/

Déjale una nota al mundo en La puerta de la nevera: www.grupoanden.com

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diccionariodesaturno

Una nueva civilización está empezando de cero en Saturno, aún no tienen claros algunos conceptos, ¿les echas una mano con el diccionario? Participa en www.grupoanden.com

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n nu e e t rien on s uar ue nq iar. act u e O a f dd . AN stil con ida ropia c UM na ho . No a H o ap n p SER ieníge ntact la c cisió e l o e d 1. A mer c R. do por d a t i do za pr beca mo ho .com.es/ ero turale f s í Re o l ot am Na a a ro.blogsp s e 2. M tra la apr cerbe . con rlos ue odelcan ero q n i s e s a d a Ca r ar ho ://elp gan AJO la de o. http a B r A pa jau ntoni TR ven o a n l i p n te 2 1. Espiens. A el tiemlamas sen ico co un e r L r a e s o en n p níf erd Tor n u mag resará press.com e 2. P guel o e viv sad reg .word CIA Mi / RA l que n pa amás ruralblog .es C com O a o u ue j alma i T ot. c p S s / I d o g blo AR ase s rdan vos q . https:/ to. . l co cla ral d ien a C m a . 3 1 ado re s y es a Ru socied ounpens d t rvo Alm la jan de tp://dibu sie uro. s ja ht fut rbu rcía. u B 2. si Ga Ro

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Sttorypics

Sttorypics @Nubis El cuento moderno de Jack y las Habichuelas mágicas. @Toledo_397 El desorden que provoca el inusual aroma del café en mío, posando como si nada en ese casillero cómplice, todo en orden.

Cada mes Sttorybox elige una imagen de nuestro concurso de foto, sus usuarios escriben microhistorias en Sttorypics sobre ella, y nosotros publicamos las mejores aquí. I Café en huevera - Ana García - Zaragoza (España)

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sinopsis

«La búsqueda» Romina desapareció en abril. Y la encontraron dos meses después. Un rompecabezas para armar ese pedazo de memoria que está perdido en caminos, lugares y personas. Una búsqueda que podría dar con el padre de la criatura que lleva en su vientre.

José María Iarussi | http://www.letracero.com.ar/

Resulta complicado navegar contra corriente, ir en la dirección opuesta del sentido habitual del movimiento de la masa. Para intentar hacer el viaje placentero, con el mínimo de contraindicaciones, me adentro en mí mismo hacia el pasado, no estoy seguro que me guste lo que encuentre.

Gene Garcia Todos han buscado La Esencia durante milenios, pero llevados por la confusión, han emprendido causas perdidas. Ahora, empujados al caos por una catástrofe global, encontrarán algo que no esperaban.

Juan Carlos González Abad | https://caprichosliterarios.wordpress.com/

Tenemos el título del próximo éxito editorial, nos falta la sinopsis ¿nos ayudas? Participa en www.grupoanden.com

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brevemente

Reconstrucción Semana 30 de concurso: 5 de junio de 2017 Ganador: Modes Lobato Marcos La coge con sus propias manos y la parte en dos, en tres, en cuatro, en incontables trozos. Después hace un montoncito con ellos, lo acaricia con sus dedos y… ¡hop!, la cinta de tela reaparece entera ante nuestros ojos. Mientras aplaudimos, una idea estalla dentro de mi cabeza. Con rapidez abandono mi butaca, salgo del teatro y pido a mi cochero que se dirija al cementerio municipal. "¿Para qué?, pregunta extrañado. "Para hacer magia", respondo. Él, con cara de no entender nada, únicamente murmura: "Lo que usted diga, doctor Frankenstein".

Destronado Semana 31 de concurso: 12 de junio de 2017 Ganador: Francisco Javier Ramos Fernández

junio

Lo que usted diga, doctor Frankenstein. Se giró todo lo rápido que las costuras, remiendos y parches le permitieron y cerró las puertas dejándole enterrado entre cientos de papeles de su nuevo proyecto, mientras un par de lágrimas caían por las cicatrices de sus mejillas, y volvió a meterse en la cama. Sin cuento otra vez. Sin beso de buenas noches.

Desaparecer Semana 32 de concurso: 19 de junio de 2017 Ganador: Salvador Terceño Raposo Sin beso de buenas noches se dormía cada noche en su litera sin colchón, con un fontanero polaco, con la boca salada y una pelea de gatos en la barriga. Soñó un tiempo que su madre regresaba, hasta que el hambre devoró incluso sus sueños infantiles. Nadie hablaba de ello pero él había hecho un inquietante descubrimiento: la gente del barracón -probablemente, toda la del campo- adelgazaba progresivamente hasta que un día ceniciento desaparecía. Llegaban nuevos compañeros y vuelta a empezar. Tras tanto tiempo allí, adelgazando sin desaparecer, llegó a creerse invisible y una mañana, convencido de que pasaría desapercibido, caminó feliz hacia la valla.

tw Relatos finalistas de junio de 2017 del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena SER y Escuela de Escritores. Puedes leer todos los seleccionados en www.escueladeescritores.com o www.cadenaser.com.

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dindondin

Festival de Fado de Madrid 2017 Teatros del Canal (Madrid) Hasta el 2 de julio www.teatroscanal.com

XXVIII Premio Literario Camilo José Cela de narrativa (España) Premio 1.500€ y estatuilla Fecha de cierre: 15 de julio www.escritores.org

Gabo y el territorio imaginado Hasta el 13 de julio Centro Cultural Recoleta. Buenos Aires (Argentina) http://disfrutemosba.buenosaires.gob.ar

II Certamen Nacional Nada que fingir - Cuento (México) Publicación en antología y 100 ejemplares Fecha de cierre: 30 de julio www.escritores.org

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decamino

http://www.carieletterarie.com/

Carie es un lugar. Es una casa con la puerta siempre abierta, un cuarto con las cortinas movidas por el viento. Carie es una fiesta a la cual estáis todos invitados. Una revista de relatos ilustrados que nació en Turín en 2016 para llenar de cuentos las salas de espera primero y el resto de la ciudad después. Los cuidadores de esta enorme mansión son los nueve redactores, que cada día, sin parar, acogen nuevas palabras e ilustraciones. Una revista literaria siempre en movimiento, constantemente buscando. Nunca nos faltarán páginas blancas y jamás nos faltarán las ganas de llenarlas con quien, venga de donde venga, comparta nuestro mismo deseo: contar una historia.

tw ¿Planes de futuro?: Carie será lo que es ahora, pero mejor. Será siempre acogedora, pero más grande. Será siempre de calidad, pero más apetecible. Será lo que quiera ser, porque cuando se trae al mundo un nuevo ser, en cierto momento, hay que dejarlo ir por su camino. Y dirigirlo y acompañarlo en el viaje. Carie será y nosotros seremos con ella.

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entrecocheyandén

El patio Concha Ballinas Alumna de Ítaca Escuela de Escritura

LINA se aleja deprisa llevando entre sus brazos a su hijita dormida. En su cabeza retumba el ir y venir de los zapatos que pasan por delante de la ventana de su pequeña vivienda. Esa ventana que se abre en la acera, casi al ras del suelo, como con miedo. Es lo que tiene vivir en un bajo. Los zapatos, solo eso se ve desde esa gatera. Zapatos ignorantes de que dentro del portal, en la penumbra, siempre hay un gato que acecha y al fondo del estrecho pasillo, un patio lleno de colillas. Tampoco los zapatos saben que el olor a agrio que baja del segundo, se ha instalado en todos los rincones de la casa de Lina y de Paco. Ni que Lina quería plantar tomillo, hierbabuena y albahaca en el jardín que nunca llegó a tener y que Paco, su marido, prometió hacer un columpio para la nena en ese jardín que los dos veían al cerrar los ojos. Hasta tener un perro para que viviera en el jardín, pensaron. Hoy, después de que Paco se fuera al trabajo, Lina se ha inclinado sobre la cuna para abrazar a su hija. La sacó con cuidado de su pequeño lecho, le puso el abriguito y sin detenerse, ha salido a la calle. Había llegado el momento. Un rato antes, mientras Paco preparaba el desayuno, la nena gimoteaba y Lina se cubría la cara con las manos oyendo el trajinar de las ollas del segundo piso. El único piso habitado de toda la escalera. El piso desde donde un viejo tira con rabia colillas encendidas y una vieja farfulla palabras hirientes mientras remueve los pucheros. El piso donde un gato negro, tan negro como la rabia, araña la puerta queriendo llegar hasta la nena. Lina lleva tiempo sin salir de casa porque sabe que el gato está en el portal. Esperando a que ella y su hija salgan de la oscuridad. Ella que, en sueños, veía a su hija volando en un columpio colgado entre naranjos. La otra noche Lina oyó cómo se abría la puerta del segundo y los bufidos del gato bajando enfurecidos. Lina sabe que venía atraído por el llanto de su hija llorona. Y un grito ¡joder, que alguien calle a esa mocosa! Y la nena nada, a lo suyo, llora que llora. Lina, tan educada, maldice entre dientes paseando la mirada de la cuna

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a la sillita, de la sillita al carro de la compra donde, las zanahorias y los puerros, duermen metidos en sus bolsas de plástico y otra vez del carro a la cuna. Después levanta la cabeza y mira al techo y recuerda que Paco y ella también pensaron plantar un huerto para que su hija aprendiera a cultivar la tierra. Al no haber más que un piso habitado, el segundo, es una casa muy tranquila, les dijo la abuela de Paco el día que les dio las llaves del bajo. Os deseo que seáis muy felices en esta casa. Tu abuelo y yo lo fuimos, añadió. La nena lleva sus tres meses de vida, llora que llora. Será porque nunca vio el cielo, ni se cobijó bajo los árboles, ni posó sus ojos llorones en las aguas del mar. O por el olor a rancio que baja por la chimenea tiznada o por los chirriantes maullidos de ese gato negro, viejo y taimado. Paco está agradecido a su abuela desde ese día que tuvo que recurrir a ella cuando cerró la imprenta donde Lina y él trabajaban. Ahí se conocieron y se enamoraron. Gracias, abuela, de no ser por ti no sé dónde estaríamos ahora. De nada, hijo. El piso es recogidito pero cómodo. De la residencia ya no voy a salir y si os puede valer a vosotros, yo encantada. La cocina es pequeña, pero el patio sirve de desahogo. El primer día Lina fue ansiosa al patio, se plantó en el centro y miró hacia arriba buscado la luz entre las cuatro paredes renegridas que parecían no tener fin. Lina, asustada, se vio dentro de una angosta chimenea donde no tenía cabida más que la mugre y la bombona de gas butano de repuesto. Cuando Lina tiene que cambiar la bombona acaba con los riñones destrozados. Ella tan poquita cosa, tan flaquita y tan pálida. Y mientras Paco trabaja de la mañana a la noche, Lina pica y pica zanahorias y puerros. Las hortalizas no saben que, mientras lo hace, palidece añorando el huerto que no logró tener. Y Lina sueña con amaneceres verdes y noches estrelladas. Pero, a las ocho de la mañana, a las ocho en punto, el viejo del segundo comienza a lanzar, desde su ventana, colillas encendidas y exabruptos. A esa hora se oye al gato desperezarse con un agónico maullar y en la cocina empieza el trajín de cacerolas y pucheros. Por eso, hoy, después de que Paco se fuera al trabajo, cinco minutos antes de las ocho de la mañana, cinco minutos antes de caer la primera colilla encendida en ese pequeño patio estrecho y sombrío, Lina desconectó la cuarteada goma naranja de la cocina y ha arrastrado, ella que es tan poquita cosa, la bombona hasta la oscura chimenea. Después ha abierto la espita para que salga el gas y por fin, abrazando a la nena contra su pecho, corre por la calle sin mirar atrás. tw AULLIDOS Dicen que le prendieron fuego a la chabola y se le achicharró un hijo. Quién sabe. Estos mienten más que hablan. Las chabolas arden porque arden. Digo yo. Desde entonces no habla. Si alguien se le acerca, se defiende a mordiscos y aúlla, como los lobos.

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Cuentos para el andén Nº58  

Hoy Cuentos para el andén trae dos relatos que parecen escapados de un sueño: una historia de amor que es como es el amor, desconcertante, y...

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