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andénuno

¿Pero existirá algo peor en esta vida, por insistir que no quede, que se ponga a llover a mala leche cuando volvemos con la espalda rota debajo de los maderos? Quizá sí, quizá sea peor llegar al apartamento sin aliento y dejar caer los troncos en el salón para verlos todos brillantes y mojados, muy hermosos y fotogénicos pero igual de inservibles que los primeros (todavía peor, me temo, el ridículo que haremos secándolos con los trapos de cocina, mirándonos el uno al otro como diciendo: se hace así, ¿no?). Pero me engaño. Me engaño todo el rato, concienzudamente además. En verdad hay algo peor que todo eso, bien lo sé: volver a la carga con el mechero y los periódicos viejos, empecinados en la aventura sobrehumana de la fabricación del fuego, lograr siete brasas apenas y rodearlas de palitos menudos, alimentarlo todo con el esfuerzo envenenado y torpe del soplar y el soplar; maravillarnos luego ante la gama de naranjas y rojos que preludia por fin la arribada del calor, y no perder respiro, soplar otra vez, soplar y soplar y soplar. Cómo no va a ser peor, si a la vez que nacen esas tímidas lenguas amarillas que lamen por fin a la madera ansiosa comprobamos que el salón se ha llenado de un humo blanco que se desparrama por el techo como un rebaño loco de borregos. ¿Por qué no despeñaría por un barranco el coche?, me pregunto. Tendremos que abrir las ventanas sin remedio. Mientras las ovejas sedosas escapan a borbotones hacia un cielo que diluvia, los pingüinos y los osos polares del frío entran disparatados y dando gritos, trepan a los muebles, corretean por el pasillo y se cuelan en el cuarto de baño, debajo de las mesas, en nuestra cama. Es lo justo, se nos alcanza pensar, son los inevitables trasiegos de la energía: nosotros ofrecemos a lo de fuera nuestros malos humos, lo de fuera nos paga con su mejor y más cruel moneda del invierno. Pero esto no es lo peor, ni mucho menos, qué va; lo peor, sin adelantar aún los acontecimientos más netamente verdaderos, es mirar a la chimenea y comprobar cómo una llamita huérfana pide socorro con urgencia, oxígeno que quemar para desarro-

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Cuentos para el andén Nº57  

En las páginas de este número 57 de Cuentos para el andén escucharemos una excusa de Hipólito G. Navarro, nos codearemos con lo más granado...

Cuentos para el andén Nº57  

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