Cuentos para el andén Nº56

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entrecocheyandén

La madre dejó de menear la sopa. Algo ocurría, lo supo por el silencio de sepulcro que le gritó al oído. Ella lo llamó presentimiento, nunca supo que había sido yo quien había contenido mi aliento. —¡Mi hijo!—, gritó.—¡Mi niño ha muerto! Yo me estremecí hasta las raíces, el dolor casi desgajó mis ramas. ¡Odié ser bosque y no tener más que inútiles ramas! Quería abrazarlos, unirme a su llanto por nuestro niño, gritar la desventura de su muerte. Pero ¿qué puede hacer un bosque en esos casos? ¿Cómo denunciar al insolente que disparó al aire sin saber de la tragedia que así sembraba en otras vidas? Así que solo me quedó llorar mis nubes. No pude esperar al otoño para secar mis hojas, estallé mi furia de troncos desgajados y mi impotencia entre el batir de ramas hasta mucho después de ver partir a mi amada familia. Hace mucho que no vuelven. Quince años han pasado desde aquella tarde de tragedia. Sé que, en el fondo, me culpan de la muerte del chiquillo. Su dolor eligió un chivo expiatorio y me tocó a mí. Por eso no han vuelto. La cabaña que albergaba risas y festejos ha quedado abandonada. Yo la acompaño por las tardes. Mando silenciosas arañas y mosquitos para hacerle compañía. La consuelo mintiendo y diciéndole que un día, cuando la herida haya cerrado, los veremos volver por mi camino del norte.

tw Sin importar dónde, la vida ocurre, y Nuria vive su pasión descubriendo el corazón de cada experiencia para convertirla en palabras. Para ella, escribir sobre la vida es construir un refugio para otros sobrevivientes. Escritora mexicana, premiada por Christian Editing, semifinalista de Letra Viva y Grupo Nelson, estudia el Máster de Narrativa en la Escuela de Escritores.

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