Cuentos para el andén Nº56

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entrecocheyandén

Ajusco Nuria G. Arnaiz Alumna de Escuela de Escritores

¡JURO que intenté detenerla! Pero llegó de la nada, rauda y sin freno. Todos la llamaron "bala perdida", pero yo, que la vi llegar atravesando mis ramas y mis troncos, pude verle la mirada obsesionada de la muerte. Cuando aquella bala -segundos antes de llegar al blanco mortalrozó el follaje alto de mis abedules, supe que debía intentar disuadirla de sus letales intenciones. Alargué cuanto pude mis follajes más espesos, retorcí ramas hasta casi desgajarlas, pero ¿qué puede un bosque contra la punta de un proyectil decidida a traspasar la mollera coronada de rizos de un niño? Poco tardó en llegar a su destino y hacer crujir el casco vital del pequeño. Yo lo vi desde la copa alta de los abetos. Los ojos del chiquillo, brillantes un segundo antes, se apagaron con el gris ausente de los muertos. No se enteró de nada, entretenido en levantar montañas de hojarasca en el claro de mi tierra frente a la cabaña. Lo conocí desde que mis sombras lo cobijaron para tomar las siestas. Mi musgo cuidó de sus rodillas cuando aprendió a gatear y yo mismo alargué las ramas bajas de los pinos jóvenes para enseñarle a trepar. Y, ese día maldito, cuando la bala perdida traspasó mi guardia de empalizadas y enramadas, también lo vi morir. No emitió un quejido para anunciar su muerte; no tuvo tiempo de gritarle a su madre ni de alertar a su padre. Solo rodó, igual que cuando lo veía por la ventana tenderse sobre su cama. Supe entonces que era mi deber avisar a los padres. Hice callar el murmullo del viento entre las hojas de mis árboles y hasta obligué a los insectos a silenciar sus alas. Contuve el aliento y me mantuve quieto para que solo ese suspiro, cargando su último "¡ah!" retumbara en el silencio. Y así fue.

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