Cuentos para el andén Nº56

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Gardner en tendido de sol, asomada a la faena, esperando a su torero. Ava Gardner apoyada en la barra de Chicote unas horas después, margarita en mano. Ava Gardner vuelta de espaldas, todo curvas, con pañuelo al cuello, falda lápiz, el hoyuelo en el codo. Su risa como un esbozo de lo que se dibujará luego, entre las sábanas del Palace o del Ritz. La risa de Ava Gardner como presagio de la resaca y de un domingo enmarañado, lleno de ramitas, de recovecos, de madrigueras. De repente se despeja la tarde, sale el sol y todo resplandece. Allí donde hay una rendija, sonríe descarado un rayo de luz. Se ponen contentas las hojas y las flores más extrañas, las que atesoraría el botánico bajo un marco de cristal. El orangután deja la cueva y el explorador toma notas y fotos a la velocidad del rayo. El orangután se va acercando a la bella señorita, extiende un brazo interminable, acaricia con su manaza el cuello desnudo de ella. La chica se deja hacer. Asombra la delicadeza en la bestia, el aplomo en la mujer. El orangután sonríe. Se le ha pasado la pena que ensombrecía el comienzo de este relato. ¿Habéis visto alguna vez la sonrisa abrirse camino en la boca del orangután? Es como escuchar campanillas, como beber una copa de anís escarchado. Eso es. Como tumbarse en el sofá y poner una vieja película, con la ventana a medio abrir. Dejad que la brisa pase y ponga a bailar las cortinas.

tw Colaboración mensual con Cuentos como Churros: ellos eligen una de las cuatro fotografías seleccionadas de El muro y cocinan con ella un rico churro que publicamos aquí. I Alicia Gálvez, finalista de nuestro Concurso de Fotografía de este mes.

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