Cuentos para el andén Nº56

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Ava Gardner ES un día cualquiera en la selva. Croan las ranas en los estanques, zumban las moscas y las avispas. Hay arañas enormes y serpientes que susurran y se enroscan a los árboles. Se dejan acariciar por el musgo esas serpientes. Todo son peligros. También hay simios. Un orangután de gesto tristón lleva un buen rato quieto, como si estuviera posando para la cámara. La cámara que le apunta la sostiene un explorador que acaba de internarse en la selva. Se identifica rápido que es un explorador porque viste todo de caqui con pantalones bombachos y sombrero salacot y porque lleva un despliegue de instrumentos de medida, lleva redes y una multitud de objetos de utilidad indescifrable. Además, como todo explorador que se precie, el hombre vestido de caqui se hace acompañar de una bella señorita con una melena tan suelta como su escote. Se pasea por la selva como si circulara por el pasillo de casa, camino del vestidor. La bella señorita se ríe de vez en cuando y su risa se propaga en volutas por el cielo de la selva. Rebota en la fronda densa y hace vibrar con su eco a las telarañas. Estremece con esa risa la paz de las avispas, la de las moscas y las serpientes. Ha empezado a llover. Nada extraño, en la selva siempre llueve. Llueve con tenacidad y lo empapa todo. El orangután se aleja a saltos, busca refugio en una gruta que queda allí cerca y la bella señorita que, caramba, tiene cierto aire a Ava Gardner, echa a caminar por la selva tan contenta, sabiéndose protagonista, ajena a tanto peligro. El explorador le pide un poco de sigilo. Es lo menos que se le puede pedir a la compañera de aventuras, pero la chica tiene una seguridad que arrebata y dice que nanay, que ella es muy suelta y que la selva es suya. Recuerda a Ava Gardner la muchacha. Ava

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