Cuentos para el andén Nº55

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entrecocheyandén

Fue abriendo la puerta de cada habitación y descubriendo todas desnudas de muebles. Al penetrar en ellas sus pies descalzos dejaban tras de sí la huella sobre el polvo acumulado, como cuando se camina sobre la nieve. En sus frías paredes no había huella de la pequeña, de sus deditos dúctiles, de sus canciones de la infancia, de sus pómulos y sus labios cautivadores, de los restos de cereal en su larga cabellera rubia. La cocina estaba sin electrodomésticos, la alacena vacía de víveres. Tampoco estaban los botes donde se escondía el dinero con los ahorros, ese que acumulaba lo que sobraba después de pagarlo todo cada mes. Descorrió las puertas francesas y se encontró con el salón desnudo y oscuro como el fondo de un abismo. Abrió las persianas y el sol penetró libre y obsceno como si descubriera un secreto. El espacio diáfano le dio a la estancia la amplitud que Ramón no reconocía; su cerebro trabajaba para situar como en un puzle infantil el lugar que ocupaba el aparador con platos y vajilla, el amplio sillón donde se juntaban todos, los cuadros de la pared y la mesa en la que comían sin mirarse, dedicados y huraños. El muchacho no masticaba ansioso tras una interminable jornada la semana de la siembra. No reía con estrépito con su fila de dientes fuertes y apretados. Al extender su mirada reparó en que en una esquina había un sobre. Lo abrió y leyó reconociendo una letra familiar: "Cuando leas esta carta ya hará tiempo que nos habremos ido. No te hemos querido despertar. Estaremos lejos, muy lejos. Estaremos bien, mejor. No debes preocuparte por nosotros. Cuídate tú.". Dejó la carta en el suelo y salió de la casa. El perro salió corriendo adelantándose y siguió sin mirar hacia atrás atravesando los campos hasta que su mirada le perdió en el horizonte. El día radiante, el aire perfumado del olor de las flores silvestres. La huerta estaba abandonada, la maleza había crecido allí donde siempre se había alineado en hileras rectilíneas de una manera extremadamente ordenada cada legumbre y hortaliza. No había gallinero y al entrar en la cuadra, no estaban ni los animales ni sus excrementos. No había forraje en el pesebre y los aperos y el carro no aparecían ordenados junto a la gran puerta del establo.

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