Cuentos para el andén Nº55

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entrecocheyandén

Hibernación Juan Ignacio Ferrándiz Alumno de Escuela de Escritura Creativa

CUANDO Ramón despertó y se incorporó en la cama, los muelles del colchón chillaron herrumbrosos por el óxido. Al erguirse, una larga barba que no tenía antes poblaba su cara y la acarició con sorpresa. Con el ruido, vino corriendo el perro y excitado y nervioso, posó sus dos patas delanteras sobre su pecho, ladrando y lamiendo sus mejillas con una larga lengua rosada. Ya no era un cachorro. Por la ventana sin cortinas entraban a raudales columnas de luz que oblicuas atravesaban la habitación dejando ver la danza de partículas de polvo en suspensión. Ramón se asomó y vio a lo lejos las mismas montañas de siempre, aunque ahora parecían tatuadas de grandes bosques que oscurecían sus laderas como nuevas sombras que no recordaba que existieran antes. Diseminadas por sus lomas se esparcían las casas de sus vecinos. Pero, si se fijaba, parecían vacías, sin actividad, con los cristales rotos y devoradas por la hiedra que había trepado hasta el tejado ocultando las puertas. Sus habitantes no estaban bulliciosos llevando a cabo sus actividades, como hacían de costumbre en los días de sol. Era un día de esos claros, donde la luminosidad apagaba los colores dotando de un velo mortecino el paisaje. La habitación tenía las paredes blancas y en una de ellas advirtió un cerco grisáceo rectangular. Sí, era el lugar donde había estado colgado el cuadro con la fotografía de todos ellos; aquella donde eran tan jóvenes y sonrientes. La que se hicieron el día siguiente de la venta de la cosecha de aquel año prodigioso de tierra fértil con el granero colapsado. Ramón salió de la habitación seguido por el perro y empezó a explorar el resto de la casa; sus pasos eran devueltos por el eco reverberando como el sonido del mármol tras cerrar una sepultura.

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