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cuentoscomochurros

MATÍAS Caneja Vargas es un hombre de costumbres. Toma todos los días, de lunes a viernes, el tren de las 7.38 a Palma. Lleva lectura, la novela de turno, y un café americano servido en vaso de plástico que compra cada mañana en la cantina de la estación. También lleva música en los oídos. Matías se enchufa a los temas italianos de siempre, tres o cuatro canciones que él va tarareando. Acompañan las nueve o diez páginas que desliza suavemente entre los dedos índice y pulgar con crujido de papel. Humedece los labios con la lengua si da por terminado un capítulo, como si degustara un caramelo. Matías levanta las pupilas cuando el tren hace parada. Y se encuentra con la misma gente de las otras veces. La estudiante de secundaria que viaja abrazada a sus libros, el monitor de gimnasio, las amigas peluqueras y el hombre delgado que duerme con la cabeza ladeada en el asiento más cercano a la puerta. Esa es la bella rutina de Matías. Sus catorce minutos de íntimo disfrute. Ese es el tiempo que se tarda desde Marratxí hasta Palma, siete paradas mediante. A veces el tren suspende momentáneamente la marcha. Lo hace al final del trayecto para dar paso a algún mercancías que lleva prisa y ya no son catorce minutos, son dieciséis o diecisiete los que consume el viaje, una extensión del período acostumbrado, un regalo goloso a pie de destino. En ese limbo del traqueteo y la megafonía, en la puntualidad de las agujas, el trasiego de mochilas y cabezas perfumadas, de hombres que se atusan frente a la ventanilla y mujeres que recolocan el tupper en el bolso de los tesoros, Matías consigue hallar una gozosa felicidad.

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Pasajero

Cuentos para el andén Nº55  

Entre las páginas de este número de Cuentos para el andén tenemos un homenaje al nacimiento de un monstruo en las palabras de Manuel Moyano;...

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