Cuentos para el andén Nº54

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morir. Era consciente de ello, pero no sentí temor. Estábamos solos el mar y yo, ni nada ni nadie más, ¡y yo tenía que ganar la partida! Las olas, cada vez mayores, me fueron acercando. Vi un saliente romo, y calculé que con el impulso de la siguiente ola podría agarrarme a él. La ola me aproximó suavemente a mi objetivo. Me agarré con fuerza al saliente, al tiempo que la ola se estrellaba con estrépito. Su reflujo tiró de mí con una violencia brutal. Esperé a que una nueva ola llegara. Aguanté el reflujo, y sin perder tiempo me impulsé. Conseguí ponerme en pie sobre las rocas, pero sentí un dolor muy intenso en las plantas de los pies. No podía dar un paso. Me incliné hacia adelante, y, con sumo cuidado, apoyé las manos en las rocas. El oleaje me azotó las piernas con furia. El mar no quería soltar su presa. -No puedes quedarte ahí -dijo una voz. Levanté la vista y vi una mano tendida. Me agarré a ella y tiró de mí hasta sacarme de la zona de peligro. Entonces sentí deslizarse algo caliente por mi antebrazo derecho. Miré y vi, casi aterrado, manar la sangre. Los socorristas llegaron en seguida y me curaron las heridas. Cuando regresé junto a Elena, la encontré bastante angustiada. —¿Qué te ha pasado?, ¿qué tienes? —me preguntó, cogiéndome las manos. Yo le dije que no era nada, solo unas rozaduras sin importancia. —¿Sabes?, los socorristas estuvieron muy ocupados con otros tres tan inconscientes como tú. Me tenías muy preocupada. Le besé la frente. En nuestra habitación, ella se me aproximó para colgarse de mi cuello y besarme. Me acosté y hablamos: —¿Me quieres? —me preguntó Elena, acomodándose junto a mí en la cama. —Sí, te quiero. Claro que te quiero —le contesté.

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