Cuentos para el andén Nº54

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entrecocheyandén

she sleeps in the sand". Siempre ha sido una sentimental, y le siguen emocionando las viejas canciones de Dylan. Mis sueños hacía tiempo que parecían dormidos. Cuando llegamos, busqué un buen sitio cerca de la orilla, y muy diligentemente planté la sombrilla, abrí las sillitas y extendí las toallas. A ella le encanta que sea detallista. Luego me senté y desplegué el periódico. —Se te olvida algo —me dijo, tendiéndome la crema de protección solar—. ¿Me la extiendes por la espalda? Luego te das tú. Obedecí sin rechistar. Después intenté leer —noticias y editoriales de verano, un aburrimiento—, hojeé el diario de cabo a rabo, me enzarcé con un sudoku endemoniado y fracasé. Y como no sabía ya qué hacer, me dediqué a escarbar la arena con los talones. —Me pones nerviosa. Te vas a hacer daño en los calcañales. ¿Quieres estarte quieto? Y yo que sí, que vale. Después de un rato, aprovechando que ella estaba tumbada al sol con los ojos tapados, me levanté y le dije que me iba a dar un baño. Con mucho disimulo cogí las gafas de buceo y caminé hacia la orilla. El agua estaba más que fresca. ¡Qué delicia! Me calé las gafas de buceo y me sumergí una y otra vez, gozando de esa evasión indescriptible de la ingravidez húmeda. Al cabo de algunas inmersiones, me di cuenta de que la corriente me había arrastrado. Estaba muy lejos de la orilla. Intenté acercarme a nado, pero no conseguí avanzar. A lo lejos, vi cómo cambiaban la bandera amarilla por otra roja. La cosa estaba jodida. ¡Qué bien me hubieran venido las aletas! Sin ellas era inútil luchar contra la corriente. ¡Esta mujer y sus manías! Me impulsé hacia arriba y agité un brazo, pero nada. La corriente me estaba llevando poco a poco hacia unas rocas, oscuras, con aristas afiladas. Tenía que mantener la calma. Así, cuando el oleaje me lanzara contra la escollera, podría agarrarme fuerte e izarme fuera del agua. No sería fácil. Podría

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