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entrecocheyandén

Cabo de Ajo José Mª Sanchez-Bustos Alumno de Talleres RELEE

DURANTE el verano, decidimos ir a pasar unos días en Cantabria. Elena, mi mujer, quería que reservásemos un hotel, pero yo prefería ir de camping. Así que nos alojamos en una casa rural con pretensiones de hotel cerca del Cabo de Ajo. Por la mañana nos despertó el canto de un gallo. Esto le encantó a mi yo rústico. Sin embargo, a Elena le hizo articular más de una palabrota. Pero lo peor vino después, cuando yo abrí la ventana y se nos llenó la habitación de olor a establo. —¡Qué peste! —dijo Elena tapándose la nariz—. ¿A qué huele, Pepe? —preguntó. —Deben de ser las vacas, ¿no las oyes mugir? —contesté conciliador. Por suerte hacía un día espléndido, y Elena recobró su buen humor ante la perspectiva de una jornada completa de playa. —Me gustaría que hoy estuvieras todo el tiempo conmigo —me dijo. Y yo le contesté que vale—. Así que nada de escaquearte, ¿de acuerdo? Bajamos a desayunar. A Elena le encantaron los sobaos pasiegos mojados en el café con leche. Una leche riquísima, dijo ella. Yo me conformé con una Coca-Cola. Elena se habría mosqueado si yo hubiese cargado con el equipo de buceo, pero al menos me llevé las gafas camufladas en la funda de la cámara de fotos. Echamos todo en el coche y salimos hacia la playa. Yo conducía. Elena cantaba: "How many seas must a white dove sail before

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Cuentos para el andén Nº54  

Entre las páginas de este número 54 de Cuentos para el andén encontraremos muchas niñas, todas inquietantes. Niñas que aparecen y desaparece...

Cuentos para el andén Nº54  

Entre las páginas de este número 54 de Cuentos para el andén encontraremos muchas niñas, todas inquietantes. Niñas que aparecen y desaparece...

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