Cuentos para el andén Nº53

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andéndos

Palos George Saunders

CADA año, la noche de Acción de Gracias, seguíamos todos a Padre en procesión mientras él iba arrastrando el traje de Santa Claus hasta la carretera para después apuntalarlo sobre una especie de crucifijo que había construido con un poste de metal en el jardín. Durante la semana de la Super Bowl, el poste se vestía con el casco de Rod y con un jersey, y Rod tenía que vérselas con Padre si quería descolgar el casco. El Cuatro de Julio el poste era el Tío Sam, en el Día de los Veteranos de Guerra, un soldado; en Halloween, un fantasma. El poste era la única concesión de Padre a la alegría. Se nos permitía coger un solo Plastidecor de la caja cada vez. En Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar una rodaja de manzana. Aleteaba por encima de nosotros mientras vertíamos el kétchup y decía: "Ya está bien, ya está bien, ya está bien". Los cumpleaños se celebraban con magdalenas, no con helado. La primera vez que traje una chica a casa me dijo: "¿Qué tiene tu padre con ese palo?". Y yo me quedé allí sentado, parpadeando. Nos fuimos de casa, nos casamos, tuvimos hijos, descubrimos que la simiente avariciosa germinaba también en nosotros. Padre empezó a revestir el poste con más complejidad y con una lógica menos discernible. El Día de la Marmota lo cubrió con una especie de abrigo de piel y colocó un foco para garantizar que hiciera sombra. Cuando un terremoto azotó Chile, tendió el poste en el suelo y pintó con aerosol una serie de fallas a su

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