Cuentos para el andén Nº53

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entrecocheyandén

—¿Es usted el señor Ruipérez? —Sí -respondí mientras me volvía y descubría una cara seria que no creía haber visto antes en mi fiesta. Me mostró un objeto que no pude reconocer en un primer momento, sólo vi que era una tela de color negro. —¿Es esto suyo? -dijo el desconocido con un tono casi admonitorio. Cogí la tela y vi que era un fajín de esmoquin empapado en sangre. Por eso tenía manchas rojizas. Iba a responderle que no cuando me di cuenta de que mi fajín había desaparecido. Debía de ser mío. Lo que no lograba entender era por qué yo no lo tenía y por qué ese señor me lo traía justo en ese momento, manchado de sangre. —¿Puede acompañarme, por favor? -más que sugerir, ordenó. —Sí, claro, balbuceé todavía confuso. Me llevó al interior de la casa, me condujo por dos o tres pasillos hasta que llegamos a una habitación donde esperaba otra persona también desconocida para mí. Me llamó la atención que vestía casi igual que mi extraño interlocutor. Me miró a los ojos y, por un momento, parecía que dudaba. Por fin, me dijo: —Siento tener que mostrarle esto, Sr. Ruipérez. Abrió la puerta y pude ver un espectáculo realmente horrendo. Adriana estaba tendida en el suelo, desnuda, bañada en sangre, con un puñal clavado en el pecho. Junto a ella yacía el dueño de la casa, también desnudo, con el rostro congestionado como de haber sido estrangulado. —¿Conoce a estas personas? En lugar de responder, empecé a reír sin control ante la cara de estupefacción de mi interlocutor. Reconozco que no fue la reacción más adecuada ante ese espectáculo pero no podía parar de hacerlo. El hombre que solamente unos minutos antes había tocado mi hombro

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