Cuentos para el andén Nº53

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andéntres

Dos microrrelatos de Lola Vivas Desplazamiento ESTA mañana, al amanecer, los cuatro cipreses del jardín habían cambiado de lugar. No te preocupes, ha dicho Mario; son cosas que a veces pasan. Así que he bajado a desayunar. En la cocina, he puesto dos trozos de pan negro en la parrilla y he apretado varias veces el interruptor de la cafetera hasta que me he dado cuenta de que se había atascado. Aun así, he molido el café, he abierto el cajón de los manteles y he sacado un hule que hace años tenía unas flores carmesí sobre un fondo celeste. Con él he cubierto la mesa. Una mesa de cristal muy grande. Y he colocado las tazas. Las cucharillas. Cada una en su plato tan pequeño. Finalmente, todo ha quedado dispuesto casi igual a como queda cada día. Pero cuando Mario ha bajado, cuando nos hemos sentado frente al ventanal en silencio y en silencio hemos untado las tostadas sobre el pan tan despacio, es cuando me ha parecido que hacía falta un punto de luz en esta parte de la cocina. Y de golpe, me he girado hacia la ventana. Cada día, los rayos del sol rebotan sobre la hierba verde y esparcen sus reflejos a través del cristal inundando de luz toda la estancia. Hoy, sin embargo, no ocurre nada de eso. Los cuatro cipreses que se han desplazado, están ahora a pocos metros de la entrada principal de nuestra casa como cuatro largas sombras que no dejan pasar ni el más leve de los destellos. Y todo está muy oscuro.

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