Cuentos para el andén Nº51

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II Mi primer coche lo compré al poco de cumplir los cuarenta y dos. Fue idea de Julia que me sacara el carné. Y lo aprobé a la primera. El coche era un Renault 5 rojo como una fresa madura. No era un color elegante, de esos granates metalizados. Parecía pintado al óleo, como si debajo de aquel rojo tan infantil se escondieran centenares de capas de pintura. Tenía un pequeño bollo junto al faro izquierdo y detrás una pegatina de Nuclear, no gracias. Saúl trató de quitarla con agua caliente y una espátula pero la cosa quedó aún peor. —No es la mejor idea ir lanzando soflamas desde la carrocería del coche —me decía— . Luego llega un radical que se molesta y te hace un destrozo. El coche era de segunda mano, claro. Lo compramos en un centro de vehículos usados que quedaba a unas pocas manzanas de casa. Fue Marcelo quien dijo: "Ese". Y a mí me pareció bien. Marcelo tendría doce o trece años cuando compramos el Renault 5. Raúl estaba entonces por los quince y andaba distraído la mayor parte del tiempo. Apenas paraba por casa. No era su culpa. Era rematadamente guapo y siempre tenía detrás alguna chica dispuesta a hacerle la vida más complicada. Cosas como esta eran las que pensaba yo entonces. Saúl miraba a Raúl con condescendencia. Siempre repetía el mismo comentario. —Este muchacho es igualito a mí. Se reía. No tuvimos más hijos. No hizo falta. Con cuarenta y dos años nadie debería. Raúl se sacó el carné a los dieciocho. En cuanto pudo. Su padre se gastó el dineral que no podíamos permitirnos y le compró un coche nuevo. Conducía demasiado rápido y derrapaba en las curvas pero no llegó a sufrir ningún percance.

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