Cuentos para el andén Nº51

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Al segundo le pusimos Marcelo. Era un nombre que me gustaba mucho. Marcelo ven aquí, Marcelo tráeme esto. Se me llenaba la boca con tanto Marcelo. Como si me estuviera entregando a una lengua de agua salada en una cala del Adriático, como si pasara la palma de la mano sobre las estrías de una vieja columna de mármol. Marcelo era un nombre cincelado en piedra. Muy al contrario que su hermano, Marcelo respondía a la descripción de soñador. No se parecía a ningún otro miembro de la familia y eso era algo que a mis ojos lo hacía aún más valioso. Iban los dos a un colegio en un barrio mejor que el nuestro. Fue exigencia mía que asistieran a un centro concertado. No confiaba en la escuela pública. Como Julia, la vecina del piso de arriba, no tenía hijos que atender, tomó la costumbre de acompañarnos hasta la parada del autobús todas las mañanas. Julia fue un buen apoyo en aquel tiempo. Era una mujer animosa y cubría mis silencios con una cháchara que conseguía hacerme reír. Era como llevar un transistor encendido todo el rato. Esas cosas ayudan. —Este chico será artista —decía Julia— y miraba a Marcelo con el arrobo con que se emplea una tía soltera. Luego daba una bocanada profunda al cigarro y disparaba el humo por la nariz. Julia no gastaba perfume porque tenía algún tipo de problema en la piel. Sólo jabón de pastilla de una marca buena. Se pintaba mucho, eso sí. Maquillaje hipoalergénico de una casa americana. Se lo entregaban en unas cajas de cartón bastante voluminosas que ella iba a recoger a la Oficina de Correos. Saúl decía que Julia se pintaba como una puerta y los chicos se reían con la ocurrencia del padre. Yo nunca había oído salir esa expresión de la boca de ningún otro que no fuera Saúl. Luego se popularizó. Dejó de ser una expresión genuina y eso le molestaba. —Lo de ir pintada como una puerta es algo que empecé a decir yo y ahora todos lo copian. ¿Dónde se cobran royalties por inventar expresiones afortunadas? —protestaba.

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