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Mujeres felices I A los cuarenta y dos años, yo todavía estaba casada con Saúl. Compartíamos un piso de dos habitaciones en un barrio industrial de las afueras. Estaba lleno de humedades. Había hollín en el alféizar de la ventana y, en cuanto comenzaban los meses de calor, no faltaba algún insecto saliendo del sumidero de la ducha o del bidé. Me repugnaban aquellos bichos. Rociaba con detergente cada rincón, cada ranura en la madera. Embellecedores, rodapiés, marcos de puerta. También echaba lejía. Me esforzaba mucho por mantener la casa en orden, bien limpia. Llegué a creer que aquella era una tarea importante pero lo cierto es que era una tarea imposible. Al fondo del pasillo estaba la librería, con sus repisas forradas con papel de regalo sobre las que descansaba la colección de libros que había ido atesorando desde niña. Aunque me afanaba en que lucieran bien, algunos de esos libros se fueron combando por culpa de tanta humedad. Saúl y yo teníamos dos hijos. Cuando le dije a Saúl que estaba embarazada la primera vez, lo único que añadió fue que, si era varón, quería que se llamara igual que él. Yo le propuse cambiar una letra, nada más que una, para que el muchacho tuviera su propia identidad. Me costó convencerlo pero así fue como Raúl se llamó Raúl. Se parecía a su padre en todo, no sólo en las tres últimas letras del nombre. Era vivaracho, deportista. Un muchacho lustroso y bronceado.

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Cuentos para el andén Nº51  

Esta edición entraña numerosos peligros, podrías desaparecer inmerso en universos paralelos, perderte entre la chatarra, ser sorprendido por...

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