Cuentos para el andén Nº51

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andéndos

cambios. "La quinta marcha huele a Portugal" te dije hace poco. Qué estupidez. Es la maldita sensación de sentirte independiente. También ese cuento que te enseñé: "La autopista del sur". Nos creímos pioneros de la Generación Beat, como Kerouac. Fue así como construimos nuestra Ruta 66 llena con árboles raquíticos y calor húmedo. Sudor y música en inglés. Cambia el disco si quieres, repetía a diario, sacando de debajo del asiento un estuche repleto de canciones conocidas por los dos. Solías poner música relajante cuando conducíamos por carreteras secundarias esquivando acantilados. Aunque nunca has tenido vértigo, lo sufrías por mí, para que no me distrajese. La mirada firme, recta. Las dos manos en el volante. Parecías confiar en mí, me gustaba, y te sentías a gusto, disfrutabas de las vistas. Hacías fotos para enseñármelas luego, en la habitación del hostal. El chirriar de los limpiaparabrisas en otoño. Nos resguardábamos dentro, con el frío en los huesos, esperando a que dejase de llover. Apenas podía oírte. Las gotas golpeaban con violencia el chasis. El cielo de esta ciudad es espeso, parece pintado con brocha. Teníamos nuestra rutina en los días importantes. Todavía de noche, yo te esperaba en la acera, con las luces apagadas. Tú bajabas de casa cargada con dos cafés calientes y bollos, yo te abría la puerta. "Arranca, se nos hace tarde", me volvías a decir, con esa sonrisa entre cortada prevista para el sol de mediodía. Ahora recordamos estas anécdotas. No hemos vuelto a nombrar el último día, en la sierra, cuando nos quitamos las botas de nieve con medio cuerpo fuera, tiritando, para no manchar las alfombrillas. Tuvimos que llamar a tu hermano para que viniese a recogernos. Las cuatro ruedas disfrazadas con cadenas se quedaron solas.

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