Cuentos para el andén Nº51

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andéndos

Un dragón de azoteas Elena García

EN la azotea de mi edificio hay un dragón de Komodo. Lleva muchos días espiándome mientras tomo el sol. Al principio su presencia era un leve sonido. Luego se convirtió en una sensación. Unos ojos oscuros escudriñándome. Tengo un bikini con estampados y volantes pero nunca lo llevo puesto cuando subo a la azotea. No voy con la intención de tomar el sol. Me siento, observo, y me gusta sentir el calor de la luz sobre la piel mientras el dióxido de carbono presiona para que nada escape. Ni un ruido, ni una antena, ni un lamento, por las miles de ventanas que se abren y cierran en los edificios de alrededor. Me voy desnudando poco a poco, hasta quedarme en bragas y sujetador. Nunca casan. No importa porque no creo que despierte la atención de nadie. Todo el mundo está muy ocupado en sus propios asuntos, mientras abren y cierran las miles de ventanas de sus casas. Pero en las últimas semanas ese gran lagarto se ha instalado en la azotea y me mira. Me miró hace unos días, más intensamente y se aproximó a mí. Me pareció que estaba sediento. Sacaba la lengua de esa forma en que lo hacen los reptiles y miraba el charco que había dejado al ducharme con mi botella de agua. Aquel día hacía demasiado calor y el bicho sudaba sal. Lo rocié con el agua que me quedaba. En vez de esconderse, el dragón se tumbó a mi lado y continuó mirándome.

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