Cuentos para el andén Nº49

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andénuno

rodean, entre ellas la mía. Tengo el tiempo justo de apartarme y no ser arrollado. Ha debido sufrir una angina de pecho, o quizá un orgasmo, imposible saberlo cuando me fijo en su cara abotargada. El camarero, obligado por las circunstancias, mueve las cuerdas y se aproxima diligentemente. Ordena, algo desabrido, el desbarajuste que ha causado la gorda, y decide, con mucha inteligencia por su parte, dejarla tumbada en el suelo. Mientras tanto, el hombre al que persigo, ya recuperado de la mutilación, se dirige con malas maneras a la chica del cabello casi rojo. Trata por la fuerza de recuperar la calculadora asustándola con sus gritos. Por fin ha llegado el momento de intervenir. Y aúllo como un lobo. Por la espalda, o sea a traición, le doy un porrazo en la sien que le derriba a la primera, a los pies de la mujer gorda. Aunque todos me observan por mi heroica intervención, le registro allí mismo los bolsillos. No tiene encima ni un mísero billete. Cumplo entonces con mi cometido y le pongo en la bragueta el ultimátum que llevo disimulado en una de las calvas: «O pagas o te apagan». Después, recojo a la chica que me está volviendo loco, sorprendida en su inocencia pues no entiende lo que está pasando y la saco en volandas a la calle. El contacto de mi pelaje con su suave piel endulza mis dientes como ninguna otra cosa podría hacerlo. Le agarro su mano izquierda y corro tirando de ella hasta dar la vuelta en la siguiente manzana. Allí me detengo fatigado. El disfraz de lobo feroz me está dejando sin aliento, pero todavía procuro —supongo que es el instinto del animal el que actúa— acariciarle el pelo con la zarpa. Y lo hago. Siento en mi interior que he dejado de ser humano. Como no hay nadie a nuestro alrededor, le propongo, por su seguridad, acompañarla a casa. Ella medita mis palabras, sonríe y no le importa que la acompañe; y yo empiezo a explicarle lo que ha pasado y a qué me dedico. —Te comes a la gente. ¿Es eso lo que quieres decirme? —No. Sólo los vapuleo un poco. Hasta el día de hoy no me he comido todavía a nadie.

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