Cuentos para el andén Nº49

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andénuno

Desde la mesa en la que estoy sentado sólo veo de Corbacho su perfil izquierdo: una patilla larga y sudorosa, nariz aguileña, ceja muy poblada que oscurece aún más el único ojo visible, y rapado al cero. Le está susurrando alguna guarrada a la chica con cara de porcelana. Me fijo en ella y ella me observa a mí. A Corbacho no le hace ningún caso. Dibujo entonces, en mis retinas, su cuerpo de púber inmaduro, sentada demasiado cerca e interfiriendo en mi trabajo. Huele a lavanda y a huevo frito. Tiene un hermoso cabello castaño rojizo, que brilla bajo el mugriento fluorescente aclarando unos frutos redondos y timoratos debajo de una blusa blanca y arrugada. Y sus bragas, rojas como mi rostro clandestino. Palpo entonces con mis zarpas la porra de goma que descansa entre mis dos pieles y siento que mi corazón se acelera con una regularidad malsana. No voy a permitir sus guarradas; como siga molestando a la chica de mis ensueños, la paliza va a ser de órdago, y me iré de rositas porque nadie va a reconocerme. Sin embargo, pienso, más discreto sería si esperara a que saliera a la calle y allí machacarle el cráneo. Y eso es lo que habría hecho si la chica con frutos para comerse no se hubiera levantado de su sitio, se acercara a Corbacho muy decidida y sin la aparente repugnancia que tendría cualquiera, le cogiese, así sin más, de la larga y estrecha calculadora. —Es un momento, por favor —le dice. El apéndice mecánico se resiste a separarse de su dueño, pero la chica de la blusa blanca y arrugada, con seguridad experta en el manejo de calculadoras mucho más nuevas e inteligentes, pega un pequeño tirón y consigue desprenderla. Yo siento una punzada en el bajo vientre, y eso que sólo lo he visto. Corbacho, sorprendido en la amputación, se queda paralizado. La chica de mis ensueños, que no muestra ni un ápice de vergüenza, se vuelve a sentar y golpea las teclas con una curiosa desenvoltura. En ese justo instante, la mujer gorda con rulos en el pelo vuelve a montar el espectáculo. Impresionada seguramente por lo que ha contemplado en estos pocos segundos, se desmaya con cierto dramatismo, arrastrando en su caída las mesas que la

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