Cuentos para el andén Nº49

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andénuno

infeliz confirma con cierta precipitación que soy un cliente habitual y que no tiene de qué preocuparse. Y se dirige a una mesa demasiado cerca de la chica adolescente. El hombre al que persigo es un tipo raro y no resultará fácil asustarle. Así me lo han advertido: «Está un poco loco y le gustan las excentricidades. Tienes que ser prudente. Te estás haciendo viejo, Lobo, lo mismo que tu vestimenta». Mi patrón no anda descaminado. Ayer se presentó Corbacho en la cafetería con una camiseta negra de tirantes, enseñando multitud de tatuajes de marinero de tierra firme; hoy, que la temperatura rondará al mediodía los cuarenta grados, se ha puesto un abrigo gris, tan desgastado como mi disfraz y lleno de lamparones. Huele desde aquí a naftalina. También lleva la bragueta desabrochada, de donde le sobresale una larga y estrecha calculadora. Si me quedaba algún prejuicio antes de golpearle, ya ha desaparecido. La calculadora es una Casio de modelo antiguo y de un negro descolorido por el uso. Las teclas las imagino como granos purulentos, azafranados de tanto pellizcarlos. Pero no parece preocuparle en exceso, pues nos muestra el apéndice mecánico sin recato. Al sentarse, se toca la calculadora, que emite unos sonoros pitidos a modo de saludo. Ya no tengo ninguna duda: Corbacho y la locura son amigos inseparables. Le sonrío dentro del disfraz de lobo feroz, pero como no ha debido notarlo, levanto una de mis garras de uñas corvas y afiladas y le doy la bienvenida. Pretendo con ese gesto que se confíe. Es él, ahora, quien no me hace ningún caso. En cambio, la mujer gorda, que devora insaciable la tercera porra, al advertir lo que le cuelga de la entrepierna, suelta un chillido que nos obliga a prestarle más atención que la que seguro ha tenido en toda su vida. Nerviosa por la visión de la larga y estrecha calculadora, moja mal la porra, desequilibra el tazón de chocolate y derrama sobre la mesa y su pavoroso vestido amarillo —apretado este con ganas contra la carne fofa— el liquido pegajoso que estaba engullendo. Me siento tan asqueado que miro para otra parte.

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