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andénuno

Cara de porcelana Julio Jurado

CON el segundo café con hielo a punto de expirar sobre la mesa, veo aproximarse a mi nueva víctima bajo un sol que ya empieza a ablandar las aceras. Cruza en diagonal los ventanales de la cafetería y desaparece por un instante; tres segundos después ni uno más, empuja la puerta de entrada al local y ya está dentro, dispuesto a desayunar un café con picatostes. El hombre al que persigo se llama Corbacho y no creo que sospeche nada. Por eso me disfrazo de lobo feroz, para que no reconozca, debajo de la piel de un mamífero carnívoro, mis verdaderas intenciones. Hoy sólo voy a entregar un mensaje. Si es doloroso mucho mejor, pero sin pasarme, porque los muertos no suelen pagar sus deudas. Corbacho, desde hace unos días, tiene la mosca detrás de la oreja. Sin sentarse aún en una de las mesas que quedan libres, realiza una investigación ocular de los presentes. Primero, observa al camarero canijo, un individuo con energía de títere y ocioso como un pez en su pecera, que desliza, con poca fe en su resultado, una bayeta tiesa por el mostrador. A continuación, se fija en una mujer gorda, de horrible vestido amarillo y con rulos en el pelo, que engulle casi sin aliento un tazón de chocolate con porras de treinta centímetros. Ahora le toca el turno a la chica adolescente, que prepara un examen de gramática francesa; eso me ha dicho media hora antes cuando, sin sorprenderse por mi aspecto, se sentaba en la mesa de al lado. Lleva una falda tableada y muy corta, y no puedo dejar de espiar sus encendidos muslos bajo la mesa; unas braguitas, acaso encarnadas, aparecen y desaparecen de forma espontánea. El hombre llamado Corbacho ya posa su mirada en mi pelaje pardusco con calvas de vejestorio. Yo también le miro, pero le ignoro. He sido el último en sus pesquisas y eso es un dato de suma importancia. Me atrevo a imaginar lo que piensa: «El lobo ya estuvo ayer a la misma hora y oí cómo le aullaba al camarero bajito». De este modo el pobre

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Cuentos para el andén Nº49  

Julio Jurado nos trae un lobo feroz que nos pondrá patas arriba, Silvia Fernández nos habla de los conflictos de compartir casa con el ganad...

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