Cuentos para el andén Nº49

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No se confíe. Puede que un día sienta el deseo irrefrenable de ser dueño de Napoleón. Estas cosas pasan. Enseñarle a saludar con la patita, que se haga el muerto cuando usted le dispara con la mano. Puede que, de la noche a la mañana, le asalte una especie de tristeza endémica y se descubra apiadándose de él, cada vez que lo ve parado en el portal, porque Frida Kahlo jamás lo acunó entre sus escasos pechos, porque no tuvo que esconderlo en su bolso cuando cogía un avión, porque nunca le dijo a Diego Rivera: cariño, no más lleguemos a casa, hay que sacar de paseo a Napoleón. Puede que usted piense que su vida tomará otro cariz con Napoleón a su lado. Fiestas privadas, exposiciones de arte, desfiles de moda y todo eso. Más o menos lo que todo el mundo desea. Puede que usted se decida por fin y se lo lleve a casa, y puede que merzca la pena, que vivan momentos inolvidables, fotografías en Facebook con cientos de likes, de las escapadas a las playas de Sancti-Petri, del concierto de Grigory Sokolov, sentados en primera fila. Puede que usted tarde unos años en darse cuenta, que se levante una noche cualquiera a beber agua, mientras su joven acompañante aún duerme, y encuentre a Napoleón en la sala de estar, despierto a pesar de la hora que es, mirando la oscuridad a través de la ventana con sus ojos de canica. Puede que entonces al fin comprenda que Napoleón no es simplemente un perro y sienta una leve flojera en las rodillas. O puede que no. Nunca se sabe.

tw Colaboración mensual con Cuentos como Churros: ellos eligen una de las cuatro fotografías seleccionadas de El muro y cocinan con ella un rico churro que publicamos aquí. I Carlos Rivero, ganador de nuestro Concurso de Fotografía de este mes.

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