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nº48

junio2016

elmuro [3] andénuno [5]

Muerte de un soplón, Edward Bunker andéndos [8]

El injerto, Miguel Ángel Carmona del Barco andéntres [10]

Tres microrrelatos de Luz Leira cuentoscomochurros [20] lapuertadelanevera [24] diccionariodesaturno [26] Sttorypics [27] sinopsis [29] VI Concurso de relato de Sttorybox y Cuentos para el andén [30] brevemente [41]

Relatos en cadena dindondin [42] decamino [43] entrecocheyandén [44]

novedades

La fiesta de los huesos, Mariana Soriano Ortega

Publicamos a los seleccionados del VI Concurso de relato de Sttorybox y Cuentos para el andén: relato ganador, dos accésits y mención a otros dos finalistas entre estas páginas. ¡Enhorabuena para esos cinco entre más de mil!

Edita: Grupo Andén C/ Feijoo, 6 - 4ºA - 28010 Madrid | edicion@grupoanden.com | www.grupoanden.com Comité editorial: Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Leticia Esteban | Editora: Natalia Muñoz. Asesores de contenidos: Sergi Bellver, Juan Carlos Márquez y Kike Cherta (España), Juan Martini y Mónica Pano (Argentina), Mª Luz Carrillo (México) Publicidad: edicion@grupoanden.com | Diseño: www.jastenfrojen.com Ilustración: Coordinación: www.leticiaestebanilustracion.com Ilustración portada e interior: Alejandro Uscategui | http://uscateguialejandro.wix.com/alejandrouscategui

Con la colaboración de:


elmuro

Finalistas: 





Tema: Vías

Vía de salud - Inma Núñez Madrid (España) Vías de Lisboa - Carmina Córdoba Madrid (España) Underground - Enrique Pérez Madrid (España)

Ganador: Sin título - Antonio Ruiz - Córdoba (España)

Concurso de fotografía Participa enviando tus fotos a lector@grupoanden.com Consulta las bases y mira las fotos en Facebook y grupoanden.com Tema del próximo concurso: Fauna doméstica.

Te escuchamos: Cuentos para el andén @cuentosanden lector@grupoanden.com

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Aquí dentro te esperan: un relato que escapó de una prisión, escrito por un autor que entró y salió varias veces de ella: Edward Bunker; un texto de Miguel Ángel Carmona del Barco que hace equilibrios entre este y el otro lado; tres microrrelatos de Luz Leira que hablan de hermanas, reformas y desafíos; los seleccionados del VI Concurso de relato que organizamos junto con Sttorybox; el texto de una alumna de taller colaborador que se sube a este tren desde México; teatro para niños de la mano de Kazumbo. Y más cosas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

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Muerte de un soplón Edward Bunker

UN testigo del asesinato del guardia de Soledad fue llevado a San Quintín a la espera del juicio. Lo alojaron en la tercera planta del hospital. Para poder llegar hasta él, había que pasar por la entrada del hospital tras enseñar una tarjeta de identificación con foto, nombre y número. Facilitando esa documentación se podía entrar a la enfermería, que normalmente se utilizaba para tratar cortes y dispensar pastillas para el resfriado. Al otro lado de esta primera sala había una puerta de barrotes de acero pintados de blanco. Un guardia esperaba al otro lado y comprobaba las identificaciones y los pases. Había un panel colgado de una pared con ciento cincuenta y dos etiquetas con nombres de presos que trabajaban en algún lugar del hospital, desde la lavandería a los enfermeros de quirófano, desde el recepcionista del psiquiatra de la cárcel al del jefe médico. Los presos que trabajaban en el hospital vestían monos verdes que los diferenciaban de los que no trabajaban allí, vestidos con camisas azules. Un par de semanas más tarde, el psicólogo principal de la prisión le dio a su recepcionista una lista de los hombres que quería ver. El preso escribió obedientemente una lista de "petición de entrevista". La dejó en el escritorio del psicólogo, quien la firmó y se la devolvió al preso para que la entregara a la oficina de custodia, que es donde se preparaban los pases que el turno de noche repartía por todas las celdas. Sin embargo, en esta ocasión, cuando el preso recibió la lista firmada de su jefe, la colocó de nuevo en la máquina de escribir Underwood y añadió dos nombres y números, Clemens, B13566, y Buford, B14003. Ambos eran dos jóvenes "alevines", de diecinueve y veintidós años, y ninguno había pasado más de un año en la Casa de Drácula, como se conocía a San Quintín. Folsom era el Hoyo, y Soledad, la Escuela de Gladiadores. Ninguno lo admitiría, pero los dos querían ser carne de leyenda en el submundo

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de la prisión. Durante la noche, un guardia recorría las galerías del bloque de celdas, colocando los pases (llamados "ducados") entre los barrotes de los presos que eran requeridos por alguien en algún sitio. Clemens estaba totalmente despierto y a la espera cuando el guardia pasó por su celda. Buford recogió el suyo cuando se despertó. Se encontraron en el patio grande después del desayuno. Ninguno de los dos tenía apetito. En lugar de hambre, lo que sentían era el vacío del miedo en el estómago. Normalmente, se habrían reunido con algunos de sus amigos para pasar el rato bajo el sol cerca del bloque norte hasta que el comedor quedara vacío y sonara el timbre que los llamaba a trabajar. Aquella mañana querían pasar el rato tranquilos, hasta que llegara el momento de hacerse cargo del tema. —¿Van tarde para tocar el timbre? —preguntó Buford. Clemens se encogió de hombros. —No tengo ni puta idea. No sé ni en qué puto año estamos. El timbre del trabajo rompió la mañana y provocó una explosión de palomas y gaviotas. Estas últimas volaron sobre el patio y dejaron caer su mierda sobre los presos, como si se vengaran por el sonido del timbre. Los presos las insultaron. —Malditas ratas voladoras —dijeron. En un intento de represalia, algunos presos metían pastillas de Alka Seltzer dentro de trozos de pan. Los pájaros se lanzaban en picado, comían y se volvían locos poco después cuando las pastillas efervescían en su interior. La puerta del patio grande se abrió y los presos se dirigieron hacia sus trabajos en las fábricas del patio que quedaba más abajo. En pocos minutos, el patio quedó vacío excepto por los presos del equipo de limpieza y los que tenían trabajos nocturnos. Alineados cerca del bloque sur estaban los enfermos. Un guardia recogía las tarjetas de identificación. Cuando llegó hasta Clemens y Buford, estos le enseñaron el ducado y sus identificaciones. —Seguidme —les dijo. El guardia los llevó hasta la puerta de la enfermería. Gracias a

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los pases, tenían prioridad sobre los que hacían cola por iniciativa propia. Cogió sus identificaciones y las colocó con las de los demás; se las devolverían al salir del hospital. En la puerta al otro lado de la enfermería, dieron sus pases a través de los barrotes. El guardia abrió la puerta. —¿Sabéis adónde vais? Asintieron y él les dejó pasar. El pasillo era largo. Algunos presos y personal libre iban y venían. La unidad de psiquiatría estaba en mitad del pasillo. En vez de entrar, siguieron avanzando hasta el fondo. A la izquierda había un ascensor. Los presos lo utilizaban si eran pacientes o si les habían asignado alguna tarea que así lo requiriera. Otros utilizaban la escalera, que fue el camino que tomaron Buford y Clemens, subiendo los peldaños de dos en dos o de tres en tres. En la segunda planta, entraron y se dirigieron a la unidad de rayos X. Se quitaron las camisas rápidamente y las tiraron debajo de un banco. Ahora vestían los monos verdes. Cualquiera que no los conociera pensaría que pertenecían al grupo de presos que trabajaba en el hospital. Clemens le dio una palmada a Buford en la espalda. —Vamos allá, hermano. Abrió la puerta del pasillo y salieron. Al llegar al rellano de la tercera planta, giraron y vieron a un anciano funcionario de prisiones que salía en ese momento y casi choca con ellos. —Tranquilos. ¿Dónde está el fuego? —Lo siento, jefe —dijo Buford—. Llegamos tarde. Si el funcionario hubiera preguntado "¿para hacer qué?" no hubieran sido capaces de responder, aunque la mano sudorosa de Clemens sujetaba con fuerza el mango cubierto de cinta adhesiva del pincho que llevaba en el bolsillo. Tenía cuarenta centímetros, la punta de la cuchilla había atravesado el fondo del bolsillo y el acero le tocaba la piel. —Muy bien, continuad. Pero con calma —les dijo el guardia antes de desaparecer escaleras abajo. Cruzaron la puerta y giraron a la izquierda, en dirección a las

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habitaciones. Era la hora de la limpieza y las puertas estaban abiertas. Un conserje chicano estrujaba una fregona mojada en el escurridor del cubo de la fregona. La primera puerta daba al puesto de las enfermeras. Estaba abierta y había una enfermera dentro. —¿Dónde está la rata? —le preguntó Clemens a Buford. —En el fondo, al girar la esquina. —¿Cómo vamos a pasar por delante de la enfermera? —Para eso sirven estos monos verdes. —Vamos a darle lo suyo. Pasaron por delante de la oficina de las enfermeras sin ningún problema y saludaron con la cabeza al chicano que fregaba el suelo. Los hombres de las habitaciones, vestidos sobre todo con batas y vaqueros, levantaron la vista al verlos pasar pero nadie sospechó ni dijo nada. La tensión de Clemens aumentaba a cada paso. Cuando giraron la esquina y vieron al guardia leyendo el periódico, Clemens se mareó por un momento. Expulsó todo el aire de los pulmones. El agente notó su presencia o simplemente los escuchó en cuanto doblaron la esquina. Se levantó y dejó el periódico al ver cómo se movían. Vio los monos verdes que indicaban que pertenecían a aquel lugar, pero el pasillo era un callejón sin salida. —Esperad. ¿Adónde vais? Clemens perdió la cabeza, literalmente. La tensión era demasiado fuerte y explotó. —Dame las putas llaves, cerdo. No esperó ninguna respuesta, sacó el pincho y se lo clavó al agente en el estómago, a pocos centímetros por debajo de las costillas. —¡AAAAAAGGGHHHH Dios! Buford dio un paso adelante y le puso una mano en el pecho a Clemens. —Tranquilo —dijo, y después le habló al guardia—. Será mejor que nos des las llaves. —No las tengo —dijo el guardia, mientras le manaba sangre de la boca.

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En la celda, el testigo, una reina negra, escuchó al agente chocar de espaldas con la puerta cuando Clemens lo apuñaló. La reina se levantó y miró por la ventanilla de observación. Vio lo que estaba ocurriendo y corrió a la ventana que daba al espacio abierto en el centro del edificio para gritar. —¡AYUDA! ¡AYUDA! ¡ASESINATO! ¡DIOS, AYUDA! Desde ventanas cercanas, le respondieron otras voces, pero no para ayudarle. "Cállate, cabrón", "Cierra el pico, chupapollas, negro soplón de mierda". En el pasillo, Clemens y Buford sentaron al guardia en su silla. Era incapaz de resistirse, la sangre le manaba de la boca y le empapaba la camisa. Se sujetó el estómago y se dobló hacia delante. —No tengo las llaves —dijo. —Sí, sí… Buford le hurgó en los bolsillos. Nada. De repente, la enfermera con su uniforme blanco giró la esquina. Dio un par de pasos antes de darse cuenta de lo que ocurría. Entonces se dio la vuelta y corrió, con Buford pisándole los talones. Los pacientes asomaron la cabeza pero, al ver a la enfermera corriendo y gritando, se metieron adentro y cerraron las puertas. Cuando les interrogaran, cosa que ocurriría, responderían como era habitual entre los presos: "No vi nada, no escuché nada. No sé nada". La sala de las enfermeras tenía un botón de emergencia, pero Buford la seguía de cerca con su pincho para que no tuviera tiempo de entrar ahí. En vez de eso, salió a las escaleras sin dejar de gritar "¡AYUDA! ¡AYUDA!" al tiempo que saltó, se cayó y rodó escaleras abajo. No se rompió ningún hueso de milagro y no dejó de gritar con todas sus fuerzas. En el momento en que Buford se disponía a bajar por las escaleras, la convicción dejó paso al miedo y sus fuerzas menguaron. La enfermera llegó al primer piso y corrió por el pasillo principal. Clemens apareció detrás de Buford. —¿Ha escapado?

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—Sí. ¿Qué vamos a hacer? —¡Vamos! Clemens dirigió el camino de vuelta y entró en la segunda planta. —Será mejor que recemos aquí. —Rezar. ¡Qué cojones…! —Sí, rezar para que vayan directos a la tercera planta. Escucharon las pisadas y las voces alteradas. —Vamos. Vamos. A la de tres. Cuatro agentes fueron directos a la tercera planta. Sin decir una palabra, Clemens tiró de la manga de Buford y lo llevó hasta la primera planta. En el pasillo principal había un buen número de presos que miraba hacia la puerta de las escaleras. El pasillo era largo. La puerta de salida estaba más allá de la puerta de barrotes y la enfermería. —Aguanta, hermano. Vamos —le dijo y echó a andar seguido de Buford. El guardia anciano de la puerta de barrotes se peleaba con los presos al otro lado. —Nos van a necesitar —dijo el preso—. Trabajamos en el quirófano. Nos llamarán por megafonía. Mira. —Sacó una tarjeta amarilla que indicaba el trabajo que tenía asignado. Decía HOSPITAL. CIRUGÍA. —Esperad —dijo el guardia que se acercó al teléfono y llamó a Control, en voz baja—. Quedaos a un lado. Ya os llamarán si os necesitan. En ese mismo momento, miró por encima del hombro y vio a Clemens y a Buford vestidos con sus trajes verdes de trabajadores del hospital. El guardia asintió y giró la llave de la puerta con barrotes. Buford y Clemens salieron al patio grande. "¡CIERRE! ¡CIERRE!", se escuchaba a todo volumen por los altavoces. Los presos se miraron los unos a los otros, se encogieron de hombros y formaron filas que avanzaban lentamente hacia los enormes bloques de celdas. En las horas oscuras antes del amanecer, el sonido de las pisadas de botas y las altas sombras que proyectaban los guardias

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alertaban de que estos se encontraban en las galerías. Se llevaron a Buford primero y después volvieron a por Clemens. Mientras bajaban por las escaleras traseras de acero, las porras subían y bajaban. Un golpe provocó un sonido similar al de un huevo al romperse. Fue el cráneo de Clemens al abrirse. Permaneció en coma durante una semana y se convertiría en un imbécil que solo podía murmurar durante el resto de su vida. Eso salvó a Buford, ya que los guardias se asustaron ante lo que habían hecho. Sus informes dijeron que se había caído por las escaleras y golpeado la cabeza contra el suelo de cemento. El sol se elevaba y las crías de paloma y otros pájaros provocaban un jaleo desordenado que muchos presos no escuchaban, dormidos, mientras Buford caminaba a través de la prisión hacia el centro de readaptación. Se escuchó el sonido de las puertas al abrirse y cerrarse de golpe hasta que lo metieron en una celda en la planta baja de la zona norte del centro, junto con el grupo de media docena de hombres que los agentes consideraban los presos más peligrosos entre los sesenta y ocho mil que albergaba el sistema de prisiones.

tw Del libro: Huida del corredor de la muerte. Sajalín Editores, 2014. Edward Bunker (Los Ángeles, 1933 - Burbank, 2005): Escritor, guionista y actor ocasional. Pasó gran parte de su vida entrando y saliendo de prisión, llegó a figurar en la lista de los diez fugitivos más buscados del FBI. Fue Mr. Blue en Reservoir Dogs y candidato al Oscar por su guion de El tren del infierno. Autor de culto en Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia.

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El injerto Miguel Ángel Carmona del Barco

CONDUZCO con cuidado por la M-40. No quiero volver a morir. Las indicaciones de la autovía quedan atrás mientras los coches me adelantan con rabia. Me incorporo a la A-2. ¡Habrás hecho tantas veces este camino y, sin embargo, me resulta tan nuevo! Intento dejarme llevar por una suerte de memoria genética que imagino que tengo y, en lugar de recuerdos, afloran las lágrimas. Quizás las células no almacenen datos, sino emociones. Por eso al ver la salida no siento nada especial, pero sí al tomarla. Algo tan familiar. Algo en lo que ni siquiera reparamos hasta que es demasiado tarde. ¿Te gusta que hayamos venido? Es curioso. Nunca había estado aquí. Me detengo en el arcén, justo antes de la rotonda. Necesito caminar. A pocos kilómetros de Guadalajara, el invierno es cosa seria. Ahora entiendo por qué llevo peor el calor de mi tierra. Este verano lo hemos pasado mal. Echaba de menos un frío desconocido y antipático. Meto las manos en los bolsillos del abrigo y camino engurruñado hasta la gasolinera. Respiro lento, reabsorbiendo el vaho que exhalo. Un hombre mayor con mono de trabajo hace visera con la mano e intenta descubrir mis intenciones. El sol en mi espalda le ciega por un momento. Después parece renunciar a reconocerme. Saludo, parco y congelado. El viejo contesta a mis buenos días con un gruñido y me sigue a la minúscula tienda donde una estufa cuadrada alumbra más que calienta. Cuando le pregunto por los servicios el hombre pierde interés en mí. Señala con desgana una puerta de la tienda aunque ya tiene la mirada puesta en otro vehículo que se acerca a los surtidores. Viste un chaleco amarillo, sucio y con el velcro descosido. Las tiras reflectantes están desgarradas por la espalda. Probablemente se ha metido debajo de más de un coche con él. Tiene las uñas negras y lleva botas de trabajo. En los laterales la piel se ha agrietado de tanto doblarse.

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Tengo que dejar de pensar en si, alguna vez, estuviste justamente aquí, haciendo exactamente esto. Tengo que dejar de hacerlo, pero no puedo. Me siento como un niño pequeño que juega a caminar sobre las pisadas de su hermano mayor. Parado frente a la nevera de refrescos asumo que no puedo tomar café. Incluso esta bazofia de gasolinera se me antoja ahora un lujo prohibido. Nada de excitantes. Si el cardiólgo supiera dónde estamos. Cojo un batido y espero junto a la caja. El hombre regresa metiendo un par de billetes ordenados dentro de una riñonera con el logotipo de Jack Daniels. Me pregunta si soy de por aquí. Es extraño. No parece el tipo de hombre al que se le escapa una cara. Le digo que sí. Que viví por aquí un tiempo, pero que ya no. Me cobra el batido intentando acordarse de qué me conoce. Cuando estoy a medio camino del coche le oigo llamarme. Me giro nervioso, como si hubiera alguna posibilidad de que nos reconociera, pero sólo me pregunta si no iba a los servicios. Le despido con la mano por toda respuesta. Sólo quería verme otra vez la cara. Ánimo que ya estamos ahí. Tengo sudores fríos. Esto que estoy haciendo es importante. Nunca me había considerado muy valiente que digamos, pero aquí y ahora me estoy demostrando que lo soy. Para ti también debe de ser la hostia, para ser francos. Espero que me perdones por venir aquí, y ojalá te guste. Arranco y dejo que el coche se deslice en punto muerto por la pendiente que conecta la rotonda con la vía de servicio. Meto segunda y recorro lentamente el kilómetro que nos separa del stop. Las nubes se han apartado del camino de la luz. El sol atraviesa la atmósfera helada y convierte el paseo hasta la cuneta en una secuencia de película mal iluminada. Le hubiera pegado más la lluvia. Un cielo irlandés o patagónico. La tengo delante. Es la típica cruz hecha con flores de plástico. Clavo mi rodilla en la tierra húmeda y acaricio los objetos que tus seres queridos depositaron ahí. Un cepillo de dientes de un niño pequeño, un libro castigado por la lluvia cuyo título es

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ilegible y una radio. Un hombre de familia, culto y casero. No esperaba menos de ti. Me sobresalta una voz a mi espalda. Un muchacho me mira entrecerrando los ojos. Por los rasgos debe de ser familia del gasolinero, su hijo casi seguro. —¿Le conocía? Me incorporo sacudiéndome el barro de los pantalones. Niego con la cabeza y después con una voz quebrada. Es la segunda vez en pocos minutos que me miran así. Intento disculparme por mi comportamiento pero el hombre le quita importancia. —No hacía usted nada malo. Estas cosas le impresionan a uno. Vuelve a arrancar la moto de la que no se ha bajado para hablarme. Sin embargo, no se decide a irse. —Era un buen tipo. Algo bohemio, pero honrado. Y muy educado. Reparo en su atuendo por primera vez. Pantalón de pana verde, botas de agua hasta las rodillas, el cuello de una camisa de cuadros asomando bajo el chándal. Lleva una funda de escopeta cruzada a la espalda. —Ahí mismo se murió. Había hecho el stop mil veces, pero ese día... Le pregunto al motorista si eras alguien querido en el pueblo. Se encoge de hombros y escupe en la carretera. —Todos le respetábamos. Era un hombre de letras, ¿sabe? No hablaba mucho con la gente del pueblo, pero no se metía con nadie. Tenía un buen corazón. Le digo al motorista que doy fe, que hace seis meses que lo llevo dentro y late como si fuera nuevo. Mientras conduzco hasta Madrid decido fumarme el verdadero último cigarro. Busco el paquete en mis bolsillos pero solo encuentro un pequeño cepillo de dientes. ¿Cuándo demonios lo has cogido? tw Del libro: Manual de autoayuda. Ed. Salto de Página, 2016. Miguel Ángel Carmona del Barco (Badajoz, 1979) es licenciado en Humanidades y diplomado en Biblioteconomía y Documentación. En 2013 publicó su primera novela La dignidad dormida. Actualmente dirige el Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez (CELARD), donde imparte talleres y cursos de escritura.

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Tres microrrelatos de Luz Leira

Hermanas ERAN idénticas nuestras facciones taciturnas, nuestro carácter sombrío y hasta los pensamientos que compartimos arrebujadas en la misma cama. Por eso pregunto, desesperada, si fue ella o fui yo la que falleció mientras dormíamos. Porque ni mamá puede distinguir ahora a la gemela fantasma de la que aún sigue viva.

Pequeñas reformas CON la edad se encoge, dicen. Y los viejitos usaban ya diez tallas menos. Por comodidad, fueron cambiando la vajilla de la boda por otra con platillos y cubiertos de té. El colchón por una esponja. La mesa por un dado de parchís. Con el transcurrir feliz de muchos años juntos no tuvieron más remedio que mudarse. Pero no a un dedal ni a una cajita de cerillas, sino a una casa más grande. En aquella no cabía tanto amor.

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andéntres

El desafío ¡CUÁNTA fuerza y qué poca puntería tuvo el camello, para privarse de agua hasta desinflar sus gibas, para enroscarse el pescuezo, para arrancarse los dientes y retorcerse e introducir en su boca no solo el rabillo piloso sino también, una por una, sus cuatro zancas unguladas, para en esta sufrida posición de contorsionista chino apretarse y fruncirse y plegarse a sí mismo tantas veces doloridas que perdió la cuenta entre estertores, para convertirse en raquítico, en migaja, en miniatura, en pigmeo artiodáctilo, en microscópico átomo de camello exultante y conseguir contra cualquier pronóstico divino inadmisible traspasar de una maldita vez el puñetero ojo de la cerradura!

tw Luz María Leira Rivas es profesora de Lengua Castellana y Literatura en su ciudad natal, Ferrol. Ha sido finalista o ganadora de concursos de microrrelatos como R.E.C, La Microbiblioteca o Esta Noche Te Cuento. Publica sus textos en revistas literarias y antologías de género, además de en su blog Suponqueesunacalandria.blogspot.com

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cuentoscomochurros

Over the

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rainbow EL hombre de lata está impaciente. Hay una cola de domingueros detrás de Dorothy y ella no termina de decidirse. A él le han puesto ahí en la taquilla para hacer caja. Le dice a Dorothy que no se lo piense tanto, que pague y eche a andar de una vez por el camino de baldosas amarillas. Alarga la palma de la mano con un chasquido metálico. Espera las tres monedas, entregar el ticket a la niña y que el día siga avanzando. Hace calor y los visitantes llevan cantimploras con agua helada y se cubren la cabeza con sombreros de papel. Se abanican con hojas de acacia que facilitan en el área de aparcamiento. Pasada la taquilla, la sucesión de baldosas se extiende hasta el horizonte. Un arcoíris, que parece pintado con témpera, cubre el cielo de este a oeste por encima del camino. Las lomas verdean, hay pajarillos que cantan, mariposas, lagartijas de cola morada ocultas entre el musgo. Un sinfín de seres hermosos capaces de engañar a cualquiera. Existen servicios complementarios para que la excursión resulte más grata: bicicletas individuales y en tándem, algunas eléc-

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tricas para aquellos que no aman el pedaleo, calesas decoradas al gusto de otras épocas para grupos de turistas de cuatro a seis miembros. A los viajeros que emprenden el camino de baldosas amarillas se les avitualla en las cantinas que salen al paso. Bocadillo de pavo ahumado con mostaza. Es menú fijo, la especialidad local. Recorrer el camino de baldosas amarillas es toda una aventura para cualquier familia. Apenas cuesta tres nickels. Todo el que no esté en la indigencia puede permitirse el dispendio. El hombre de lata sigue esperando, mira a la niña y sonríe. A Dorothy le irrita esa sonrisa rígida. Es impostada. No le gusta. Tampoco le gusta recibir órdenes. Ella es muy independiente y prefiere elegir su propio destino. Es entonces cuando gira noventa grados, abandona la fila y echa a andar por otro camino. No hay baldosas, no hay tartas de merengue ni tiernas baladas en la ruta alternativa que Dorothy ha escogido. No hay facilidades de ningún tipo. Ni bicis eléctricas, ni calesas. Ninguna indicación que adelante un destino. El terreno se vuelve escarpado y van aflorando los peligros. Dorothy rasga la falda con los dedos porque es difícil sortear esos peligros con un vestido de tanto vuelo. A veces se engancha en los arbustos o se hace sangre con un cardo. Pero ella no se arredra, que siempre hay un caracol a mano. Con la baba sobre la piel cualquier herida cicatriza. En las primeras jornadas se prodigan los salteadores, maleantes con olor a tabaco y whisky en garrafa que Dorothy se afana en esquivar. Pasan unos días hasta que en un recodo conoce a un hombre manco. Que sea manco da igual. Es un hombre de buen carácter que no apesta a alcohol. Eso es lo que importa. Acuerdan continuar juntos al menos un tiempo. Hablan de sus cosas. Poco más se puede hacer además de hablar. Existen pocos entretenimientos en ese sitio. Así que Dorothy y el hombre manco no tardan en intimar y en tener un primer hijo. Lo tienen allí mismo, en un descampado. Está la hierba reseca y ella se siente muy incómoda con las piernas tan abiertas, el cuerpo expuesto y jadeando como una vaca. Es un parto difícil. El niño llega con algún problema, la cabeza tiene un tamaño desproporcionado. Además está un poco achatada. Deciden

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llamarlo Melón porque eso es lo que parece la cabeza del niño, un melón imperfecto de esos que venden los aldeanos en las entradas de los pueblos. Forman una curiosa familia, Dorothy, con su vestido rasgado, el hombre manco y Melón. Se turnan a Melón. Lo llevan a hombros, primero él, luego ella. Es una vida complicada pero de algún modo se quieren y juntos salvan muchos peligros. Cada jornada, al caer la tarde, Dorothy hace un receso. Le dice al hombre manco que continúe y deposita en sus brazos a Melón. Añade que sólo necesita tomar un respiro pero que no deje de caminar por su culpa. Son sólo un par de minutos. Luego los alcanzará. Dorothy siempre cumple su palabra. En esos dos minutos de soledad, respira profundo y gira la cabeza. Otea el camino recorrido. En los días despejados aún se aprecian allá abajo unos destellos. Es el reflejo del sol sobre el cuerpo plateado del hombre de lata. Sigue en el cruce señalando a los paseantes el camino de baldosas amarillas. Recauda de tres en tres las monedas. Dorothy se pregunta si existirá algún otro visitante que no le haya hecho caso y haya elegido una ruta alternativa. Piensa que es muy probable que no, y eso, por alguna razón, le hace sentirse contenta.

tw Colaboración mensual con Cuentos como Churros: ellos eligen una de las cuatro fotografías seleccionadas de El muro y cocinan con ella un rico churro que publicamos aquí. I Inma Núñez, finalista de nuestro Concurso de Fotografía de este mes.

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lapuertadelanevera

Calamidad Miel Contigo todas las calamidades se reparten en mitades; aunque las felicidades las comes solo por ti mismo.

nta Juan Carlos Sa no e aj vi En este etas. Es un necesito mal Búscame viaje interior. dos. entre los hela

LA Mª Antonia ron ie d Al final se era ue q e d cuenta y ad me una calamid hicieron jefe.

Maletas

https://fotosdesdelabase.wordpress.com/

Nudo Valentín Bayon Sigue robando y echándoles la culpa a los pobres, pero no olvides hacerte bien el nudo de la corbata.

José María Ia russi En la helader a hay dos maletas enfr iando tu partida que ta nto va a dolerme. http://www.letracero.com.ar/

Ángeles Castella nos Desato, nudo po r nudo, el paisaje desnudo de tu sonrisa. Emilia Vidal abrazo Nudo dudoso el tidos, el la sin , so flaco, poro y medido choque casual tibios. de dos pechos

http://www.sttorybox.com/users/valentinbayonmuntaner http://mariavidaldom.wix.com/emilia-vidal

Déjale una nota al mundo en La puerta de la nevera: www.grupoanden.com

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diccionariodesaturno

Una nueva civilización está empezando de cero en Saturno, aún no tienen claros algunos conceptos, ¿les echas una mano con el diccionario? Participa en www.grupoanden.com

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y e do do a d ezan calan e én p es rog an tro ros y Ruiz e t ul ot ra he AD ción eamb con o. Cla D E s d ra in o CI de SO lome , que ra un el vec vas i t s t g a d o n ct 1. A ividu o co ldas .com.es/ xpe a e ind cand s esp blogspot on oc cho re la lbosque. d n. i t r b rre a o so //iraene p c e p: com htt qu so rmen os a p c o ra Ca em uch 2. F jora. s ti m o l e n a m co IDA os os ÁP ptad n i R rm da DA s té MI ares a nez o l O é C en anj im 2 1. Mlisabet J adicción E tr on p. ria. C . mo o. 2 tchu e be e m ras de a ké vestr l e E r qu po ña Sil da r da Espa e a N i u IÓ vic er ac DIC ición xand un / A o .es t TR com pe n Ale etand . e ot. p R j s a r 3 1. onath nar su luga bero.blog n i J er am algú delcanc C . o 2 var a lpase lle http://e A.


Sttorypics @7mo31 Entre fábulas y epístolas la abuela siempre acompañó ese breve instante cuando rendido de sueño, tomado de la mano por el gato con botas, me embarcaba en un viaje interespacial tras las huellas del mago de Oz, o quizás, para reencontrarme con tío Conejo, huyendo de un ejército de hormigas... @Macilento —¡Nació niño —aullaban todos—, imposible! Y tenían razones para preocuparse. Uno de los hijos del Alfa había nacido niño. Lo olfateaban, lo lamían y no daban crédito de lo que sus ojos veían. Miraban a la Alfa con extrañeza y ella negando con la cabeza parecía sincera. Al final lo dejaron entre los hombres... lo llamaron Pedro. @Demons Esta vez te lo prometo, siempre jóvenes, al menos por dentro.

Cada mes Sttorybox elige una imagen de nuestro concurso de foto, sus usuarios escriben microhistorias en Sttorypics sobre ella, y nosotros publicamos las mejores aquí. I Alba Contreras - Arroyomolinos, Madrid (España)

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sinopsis

«Calle vacía» Después de mucho tiempo, sale a la calle. Le sorprende no encontrar a nadie. Los coches están mal aparcados, como si sus ocupantes los hubieran abandonado precipitadamente. Se asoma al interior de bares y tiendas; están vacíos. No comprende que todos han huido cuando le han visto aparecer.

Plácido | http://placidario.blogspot.com.es/

La Universidad, el ruido ensordecedor de los coches, las miradas irreverentes sin dueño y la soledad de las calles mojadas; propiciarán que la tímida Selene se embarque en una trepidante aventura en pos de conseguir su más preciado sueño: alcanzar la Luna.

Clara Ruiz | http://iraenelbosque.blogspot.com.es/

"Piensa en mí...", oye María a través de su viejo transistor. Atrapada en una existencia vacía y de violencia, consumiéndose tras los barrotes de una ventana, ha estado observando cómo pasa la vida, excepto la suya, pero el pasado está a punto de llamar a su puerta, 25 años después.

A. Pereira Gallardo

Tenemos el título del próximo éxito editorial, nos falta la sinopsis ¿nos ayudas? Participa en www.grupoanden.com

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VI Concurso de relato de Sttorybox y Cuentos para el andén

Ganadora Un fiambre para Paula Paula Treides http://www.sttorybox.com/stories/40121-un-fiambre-para-paula

NUNCA pensé que esconder un cadáver fuera tan difícil. Yo tenía que deshacerme de uno, el de Ramón: pobre hombre. No es que fuera el más guapo del mundo, ni el más listo (más bien lo contrario) pero, de vez en cuando, nos divertíamos en la cama. Por suerte para mí, ni era demasiado corpulento ni pesaba mucho, y pude arrastrarlo con facilidad hasta el baño. Meterlo en la bañera fue otra cosa. "¡Hay que ver lo que pesa un muerto!" Lo dejé allí dentro, desnudo, cubierto de agua y le eché el resto de la bolsa de hielo que compré en el Mercadona el día anterior. Como me daba cosa verlo así, sonriendo, lo cubrí con una sábana. Su muerte me cogió por sorpresa. Maldito el momento en el que se me ocurrió hacerle eso del manta, tantra, cantra, o como quiera que se llame, que vi en una película X. Carmen, la que habla por los codos y siempre se mete donde no la llaman, me contó que ella ejercitaba sus músculos interiores y que a los hombres les gustaba mucho. "¿Por qué tuve que hacerle eso?" Bueno, ahora a tranquilizarme y a pensar qué hago, porque mañana llega mi Antonio y tengo un fiambre en el agua. "Piensa, Paula, piensa", pensaba yo. "¿Qué coño hago ahora con Ramón?" A la policía no la llamo ni de coña, que acabo saliendo en el telediario de Antena 3 o, peor aún, en Zapeando

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cuando se enteren cómo murió. Enseguida me viene una luz y me acuerdo de Carmen, otra vez, y de su afición al CSI (pero al de Las Vegas, que los otros no le gustan), aunque yo soy más de Mentes criminales, que hay que ver cómo resuelven los casos, qué listos son todos. Bueno, a lo que voy, ¿cómo deshacerse de un muerto? Primero, hay que relajarse, que las prisas no son buenas. Respirar, darse un baño. No, el baño no, que Ramón está en remojo. Mejor me visto, que sigo en bolas, y me fumo un cigarrito en el balcón, que también me calma. Hay que ver la cantidad de gente que se mueve por la noche. Son las tres de la mañana y, en los cinco minutos en los que me termino el cigarro, ya he visto a tres perros paseando a sus dueños por el parque. Bueno, mejor cierro ya el balcón y me meto dentro, me vuelvo a sentar y otra vez a darle vueltas al tarro. Segundo, ¿qué coño hago con Ramón? Estoy de nuevo como al principio, no tengo ni zorra idea de qué hacer con Ramón. Idea: lo envuelvo en una manta (lo típico ¿no?), lo bajo al garaje por el ascensor, lo meto en el coche, y qué, dónde voy, dónde lo tiro, qué coche cojo si el mío está en el taller y no lo recordaba. Esta idea no vale, es una mierda de idea. Otra idea: a cortarlo en cachitos (¡uy qué asco!) y dejar cada trozo por ahí, donde sea. Sí, creo qué esto último será lo mejor. ¿Cómo lo corto? Extremidades por un lado (dos o tres trocitos por pierna y un par de cachos los brazos), cabeza por otro, y el tronco, ¿qué hago con el tronco? Y otra pregunta, ¿con qué lo corto? Se me enciende una bombillita y me acuerdo del cuchillo eléctrico de sierra que me regaló mi suegra el día que me casé con su Antonio, que el Antonio ahora es mío, y solo mío, a ver si se entera de una vez. "A ella sí que tenía que haberla cortado a cachitos". Busco el cuchillo en la alacena, ni siquiera probé si funcionaba cuando me lo dio. "¡Mierda!", que el cuchillo es eléctrico, pero de pilas, y de las gordas. Será rácana mi suegra. Suena el teléfono. Es Antonio con sus mensajitos de madrugada. "Qué tal, amor. ¿Estabas dormida?" Será cabrón. Pues no,

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no dormía, me estaba zumbando al Ramón hasta que se me murió debajo mía, con lo bien que se lo estaba pasando. Otra vez el puñetero teléfono. "Vete preparando, que hace una semana que no te veo." "He adelantado el vuelo y ya estoy recogiendo las maletas. En veinte minutos estoy en casa. Nos vemos, guapa." Entro en pánico, no sé si coger a Ramón y tirarlo por el balcón, o hacer el salto del ángel. "¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?" Vuelvo al baño para comprobar si Ramón sigue allí, y sí, no se ha ido. Podría dejarlo en la alacena, que mi Antonio no pisa la cocina aunque se muera de sed. "Trae agüita, cariño" me dice siempre al meterse en la cama. Será flojo el tío. Mañana por la tarde, cuando se vaya, pienso en algo. Cargo con Ramón como puedo, no me daba tiempo ni a vestirlo, y lo dejo de pie, dentro del armario, junto a otros fiambres (un jamón, una caña de lomo y un chorizo, no vayan a pensar que mato por diversión). Recojo su ropa, la meto en la bolsa del Merca y también a la alacena. Todo recogido, todo guardado, todo asegurado. Bueno, si mi Antonio es puntual, tiene que estar al llegar, así que a la cama. No llevo ni cinco minutos acostada cuando escucho las llaves. Me hago la dormida. Escucho cómo se despelota, pero yo, ni me inmuto. Ahora silencio, mucho silencio. —¡Antonio! —grito. —Un momento, cariño, que voy a por agua —me grita desde la cocina. "Será cabrón". Corro hasta la cocina, pero ya es demasiado tarde. Ha abierto la alacena, ha visto a Ramón, Ramón se le ha caído encima, a mi Antonio le ha dado un yuyu, y ahora, tengo dos cadáveres. Pero hoy me acuesto, que estoy muy harta y cansada, y mañana será otro día.

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Accésit El night porter Valentín Bayón Muntaner http://www.sttorybox.com/stories/40931-el-night-porter

MIRÓ a aquel extraño hombre a los ojos y, sin muchas dudas, firmó el papel. Yo, sin embargo, sí que tenía dudas y daba vueltas al boli sobre mis dedos. La idea era irnos seis amigos a currar a Inglaterra, pero al final sólo nos cogieron a mí y a Adel, los únicos que hablábamos algo de inglés. Él iría a Londres, mientras que a mí me mandaban a Shrewsbury, una ciudad del centro de la isla. La insistencia del tipo con pinta de pirata de la agencia hizo que firmara. En menos de setenta y dos horas estaba en un tren que iba de Birmingham a mi destino, el Lion Hotel, completamente solo y con pocas nociones de inglés. Nada más llegar me dieron un uniforme y esa misma noche, a las once, me presentaron a Ondrus, un checo de cuarenta años que me enseñaría mi duro trabajo de night porter. Parecía quemado con su trabajo, cabreado por todo. Dijo que estaría una semana enseñándome todo y se iría, porque no aguantaba más ahí. Destrozado, dormí todo el día siguiente. Por la noche bajé y vi a Víctor, el portugués encargado del hotel. —¿Dónde está Ondrus? —le pregunté. —¿No te has enterado? —me preguntó él. Víctor me contó que esa mañana después del trabajo, Ondrus, completamente borracho destrozó su habitación y desapareció sin decir nada. Me extrañó mucho, porque el hombre no había bebido nada en toda la noche y, a pesar de decirme que no podía aguantar más en ese trabajo, parecía dispuesto a enseñarme durante la semana de formación. —¿Podrás hacer el trabajo tú solo? —me preguntó la directora del hotel saliendo de su despacho—. ¿O Víctor te ayuda esta noche?

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—No, tranquila —dije al ver la expresión de Víctor—. Tengo claro todo lo debo hacer. —Si tienes algún problema —dijo rápido Víctor, visiblemente contento de mi respuesta—, sólo tienes que llamar a mi habitación. Mi trabajo, además de abrir a los clientes que vinieran de noche y atender a las personas que quisieran beber algo en el bar, que no eran pocas teniendo en cuenta que eran ingleses y escoceses en su mayoría, consistía en vigilar el hotel. Dos veces cada noche debía hacer una ronda por todos y cada uno de los pasillos y salones, dejando constancia en unos aparatos de registro. El hotel era muy antiguo, en sus habitaciones habían pernoctado celebridades como Dickens o Paganini. Las paredes con papel pintado color crema y estampados de flores naranjas y la moqueta color granate con geometrías verde oscuro le daban un toque inquietante. Los tablones bajo la moqueta crujían con un sonido espeluznante a cada paso, haciendo de cada ronda una odisea tenebrosa. Lo peor fue cuando me tocó acceder al Salón Lion, el más grande. Era una gran sala vacía con ventanales de tres metros de altura terminados en arco con bonitas molduras y tapados por tupidas cortinas marrones. Del techo colgaban grandes lámparas de cristal. A un lado, en una de las paredes, había un gran espejo que reflejaba el centro de la sala y al fondo una pequeña tarima de unos cuarenta centímetros de altura. En ella había instrumentos musicales y, a un lado, colgaba el mecanismo de registro de mis rondas. La ocasión que entré con Ondrus no me dio mala espina, pero esta vez, solo y a oscuras, la cosa era diferente. Sentía que no estaba solo, como si hubiera una presencia. Cuando llegué al centro del salón noté un escalofrío por toda la espalda, como si unos dedos fríos se deslizaran desde la nuca hasta los omóplatos. Miré asustado a mi espalda. No había nadie. Un movimiento a mi lado me espantó de nuevo, era mi reflejo en el gran espejo. Mi cara parecía la de un espectro, totalmente pálida por la impresión. Fui corriendo hasta el registro y salí de la misma forma cerrando la puerta a

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mis espaldas. Como tenía obligación de entrar en el salón, decidí que desde ese momento nunca más lo haría sin encender las luces antes. El resto de las tareas se me hicieron amenas después de eso. Sin embargo, a la hora de hacer la segunda ronda un nudo se cerró en mi garganta. Hice todo el recorrido dejando el salón para el final, a pesar de tener que andar más al pasarlo de largo y tener que volver después. Me situé frente a la puerta y me dije a mí mismo que era una tontería, que debía ser simple autosugestión. Respiré hondo, encendí las luces y entré decidido. Fui con paso rápido hasta el mecanismo, marqué mi código de vigilancia y volví hacia la puerta. —¿Ves? Idiota —me dije a mí mismo—, aquí no hay nada. Entonces, de la nada surgió un grito desgarrador y unos golpes que me helaron la sangre. Corrí como no había corrido en toda mi vida hasta que llegué a la luz de la recepción, con el corazón golpeando mi pecho a doscientas pulsaciones. Bebí un vaso de agua y me tranquilicé. Es mi mente, me decía una y otra vez. No me atreví a moverme de ahí hasta que despuntó el día y pude volver a mi habitación. Estaba realmente cansado, pero no pude pegar ojo. A diferencia del primer día, a las doce bajé para distraerme y comer con los compañeros del hotel. Al entrar se acercó Morris, el cocinero, un inglés de sesenta años muy flaco y con sólo tres dientes. Me presentó al ayudante de cocina, Evan. Era un chico con el pelo por las mejillas y con cara de gilipollas. Se reía entre dientes mientras me decía algo que no llegué a entender. Miré a Morris en busca de ayuda. —Es que es de Mánchester —me dijo—. Hablan como si comieran patatas —se rio. Después se puso serio—. Pregunta si ya has visto al fantasma del salón. Yo sonreí con falsedad, negué con la cabeza y comí sin hablar más, aterrorizado. Después me fui a dar una vuelta por la ciudad para despejarme. Caminé por sus hermosas calles adoquinadas, admirando sus espléndidas arquitecturas, y visité su maravilloso parque repleto de fuentes y jardines preciosos. Bordeé un río en el que las terrazas de las casas colindantes se convertían en lin-

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dos embarcaderos. En algunas de ellas había pequeñas barcas de paseo. Después de la impresión que me llevé el primer día, que sólo vi a ingleses borrachos en los pubs a las siete de la tarde, esto cambiaba mi opinión sobre la ciudad. Por otra parte, había estado pensando mucho sobre lo sucedido por la noche. Tenía que enfrentarme a mis miedos, si era verdad lo del fantasma, tenía que pensar que no podía hacerme nada, sólo intentar asustarme. Pasaron varios días en los que la llegada de la noche me helaba el alma. Todo iba bien hasta que llegaba la hora de la ronda. La segunda y la tercera noche volví a oír gemidos y arañazos. Entré y salí corriendo sin detenerme a escuchar. Las tres siguientes volví a hacerlo de la misma manera, pero la séptima noche todo cambió. —Esta noche hay convite de boda en el salón Lion —me dijo Víctor—, cuando terminen limpias todo y lo dejas listo para que mañana monten otro. Me estuvieron temblando todas las partes del cuerpo hasta que llegó la noche. Antes de bajar, se me ocurrió coger un mp3 para ponerme la música más heavy y estridente que tenía mientras limpiaba. Al principio todo fue bien y cuando me disponía a irme, entre el final de una canción y el comienzo de la siguiente, se filtraron por los auriculares unos llantos y golpes mucho más tenues que los de las noches anteriores. No podía hacer como si no los hubiera oído, estaban ahí. Para convencerme a mí mismo de que todo era producto de mi imaginación, seguí los ruidos que me llevaron hasta la parte izquierda del entarimado, la parte opuesta de la que estaba el mecanismo de control de vigilancia. Me agaché en el suelo y entonces lo vi, una tabla que sobresalía del resto y a la que le faltaban dos clavos. Estiré de ella y pude ver debajo una especie de trampilla de metal con un candado. Intenté abrirla, el resto de las tablas me lo impedían. —PII, PIII —me asustó el busca, avisando que alguien llamaba a la puerta principal. Dejé todo como estaba, decidido a volver al día siguiente,

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que era mi día libre, para concluir el asunto de una vez por todas. Terminé la faena habiéndome sacado el miedo del cuerpo y me metí en la cama. Me dormí en segundos, pues la noche anterior no había pegado ojo. Por la tarde del día siguiente, en una ferretería, me compré una palanca de metal y una linterna de petaca. Al llegar la noche, cuando sabía que todos se habían ido y que Edek, el polaco que venía a sustituirme, ya había dado su primera ronda al hotel, me deslicé sin hacer ruido en el gran salón. Fui directo a la zona del entarimado sin encender la luz, alumbrándome con la pequeña linterna, y arranqué poco a poco las tablas del suelo, ocho en total hasta dejar la trampilla completamente libre. Coloqué la linterna sobre una silla de forma que me alumbrara teniendo las dos manos libres para hacer palanca en el candado que cerraba la trampilla. Tras tres intentos cedió el candado y abrí la portezuela. El cadáver blanquecino y rígido de Ondrus reposaba en el fondo cubierto de insectos y ratas que lo mordisqueaban. La trampilla por dentro estaba arañada y llena de sangre y trozos de uñas arrancadas. Temblando de miedo, tuve que contener una arcada por la visión y el olor nauseabundo que subía del agujero. Estuve a punto de desmayarme de la impresión cuando, de repente, algo se interpuso entre la luz de la linterna y yo, dejando todo en penumbra. Me incorporé lo más rápido que pude. Un golpe en la cabeza me dejó inconsciente. Me desperté con un gran dolor de cabeza, en la más completa oscuridad. El fétido olor se filtraba por mi nariz y no podía hacer nada para contenerlo, me habían amordazado y atado de pies y manos. El cuerpo de Ondrus se descomponía a pocos centímetros de mí. A las horas de estar aquí, escuché ruidos en el salón. —¡Auxilio! —intenté gritar a través del trapo que tapaba mi boca. —Nadie te ayudará, inútil —dijo una irónica voz con acento portugués. —¿Víctor?¿Eres tú? —grité—. Por favor ayúdame —como única respuesta escuché una risa y la puerta del salón cerrándose.

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No sé cuántos días llevo aquí. Supongo que tres o cuatro porque el hambre y la sed son insoportables y no creo que pueda aguantar muchos más vivo. Estoy muy débil y un profundo sopor se está apoderando de mí, sé que no van a sacarme de aquí, pero no puedo dormirme, no puedo rendirme. ¿Quién es ésta gente? ¿Por qué me hacen esto? Tengo mucho miedo, miedo a dormirme, miedo a no poder despertar más, aunque tal vez sea lo mejor. ¿Qué ha sido eso? Parece la estática de una emisora. La puerta se abre. Grito y gimo cómo puedo con esto en la boca. Nadie parece oírme. Una franja de luz aparece, están abriendo la trampilla. ¡Oh, Dios mío! La luz me hace daño en las retinas pero es maravillosa. ¡Es la policía! El agente me saca del agujero y me quita las ataduras. Salimos al pasillo y al doblar la esquina el policía ya no está, se ha esfumado. —¿Hola? —pregunto. Nada. Hay un silencio sepulcral, antinatural. No se oyen ni los coches de la calle. Las paredes comienzan a temblar, a derretirse. ¡Van a aplastarme! Despierto sobresaltado, todo era un sueño. ¡Mal... maldita sea!, sigo aquí encerrado en... este agujero pestilente y mo... mortal. El sueño vuelve a a... propiarse de mi ser. Sé que esta vez... esta vez no volveré... a... des... despertar.

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Accésit El comodoro está muy solo Neck Romancer http://www.sttorybox.com/stories/40148-el-comodoro-esta-muy-solo

LA derrota era inminente. Y, por más que el Comodoro Pérez de Albaza lo sabía muy bien, no hizo nada al respecto. Año tras año había sentido el abismo mirándole a la vuelta de la esquina. Cada mañana, desde que se había colocado el uniforme por primera vez, abría los ojos con el temor, entremezclado de malsana curiosidad, de que por fin llegara. Tanto tiempo, tanta espera, y por fin estaba aquí. Se había tomado su tiempo, sí señor. Con un suspiro que era una puerta de bisagras rotas al centro de su alma, el Comodoro se dejó caer en el sofá. Tamaña soledad. Había sido un hombre respetado, un hombre temido. Y ahora estaba solo. Porque, como dijo el filósofo, para la batalla final siempre estamos solos. Había que hacer de tripas corazón y dejarse ir. Pérez de Albaza se reclinó contra los almohadones bordados de flores ya gastadas, ajustó su uniforme, cargó su arma, y se sentó a esperar. Si iba a ser derrotado, por lo menos lo haría a su manera y en sus términos. Y no había nada que nadie pudiese decir al respecto. La ventana se abrió con un crujido, y el Comodoro se giró hacia ella, arma en mano. Allí estaba. Tal como en los sueños, tal como en las pesadillas. Parado en dos patas, luz de estrellas en sus ojos. Pérez de Albaza se sonrió. Era una sonrisa triste, de esas que están cargadas hasta los topes con resignación. Era una sonrisa de penurias aprendidas. De soledades soportadas. Un gruñido y ya estaba más cerca. El Comodoro aferró el frío metal del arma y apuntó cuidadosamente. No podía errar. No esta vez. Apretó el gatillo, presionando su dedo hacia dentro y comprimiendo toda una vida de soledad en un disparo.

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Se suele decir que mejor solo que mal acompañado, pero eso es porque no se entiende la soledad. Esta es una amante cruel. Mira y sonríe, y luego apuñala. Pérez de Albaza dejó caer el arma. El cañón humeante todavía, el hierro caliente. Y ahí estaba. La derrota. Temible y bienvenida a la vez. Porque, como el Comodoro supo mientras caía al suelo con un agujero de bala en el cráneo, ya no estaría solo nunca más.

Finalistas Las cuentas pendientes de Candela Raquel Bookish http://www.sttorybox.com/stories/40124-las-cuentas-pendientes-de-candela

Mensajes ocultos MagentaGiants 12 http://www.sttorybox.com/stories/41172-mensajes-ocultos

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brevemente

Pensamientos positivos antes de dormir

junio

Semana 31 de concurso: 6 de junio de 2016 Ganador: Javier Regalado Herrero Aquel día de verano de 1945. La hoguera en las noches de San Juan. La mañana en que Aurora me dijo que sí. El día en que tiramos juntos por el fregadero todo el alcohol que había en casa. Los tres kilos doscientos que pesó Álvaro al nacer. Mi ascenso a encargado de mantenimiento. Mi primer año sin beber. El Seat 124. La boda de nuestro hijo. Las tres veces que Aurora me abrió la puerta de casa. El kilo trescientos de acero que recogí ayer de los contenedores. Las mañanas, si no llueve.

Patio de sombras Semana 32 de concurso: 13 de junio de 2016 Ganador: Puy Moya Arina

Las mañanas, si no llueve, las pasa asomada a la ventana del patio "leyendo" entre cuerdas. Sabe que algo no funciona en el tercero desde que tienden juegos de noventa en vez de sábanas de matrimonio. Ya no hay ropa de bebé en el primero, ¡pobre niño! En cambio ahora hay baberos, gigantes, en el cuarto. Desde que está el abuelo sobra dinero… y babas. Sonríe con los nuevos sujetadores de la del segundo, tres tallas más grandes que los de antes. Y llora. Llora desde que los calzoncillos verde manzana que le regaló a Miguel cuelgan de las cuerdas de la del quinto.

Rumores Semana 33 de concurso: 20 de junio de 2016 Ganadora: Marta García Valdés Cuelgan de las cuerdas de la del quinto; saltan sigilosos hasta la terraza del cuarto piso. Descienden reptando por el tubo de la calefacción. Se deslizan de alféizar en alféizar. Hasta que al fin, alcanzan la calle, y, una vez en la acera, se dispersan en todas direcciones. Imparables, como si de una plaga venenosa se tratara. tw Relatos finalistas de junio de 2016 del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena SER y Escuela de Escritores. Puedes leer todos los seleccionados en www.escueladeescritores.com o www.cadenaser.com.

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dindondin

Exposición Antes del pop-up. Libros móviles antiguos Hasta el 4 de septiembre Biblioteca Nacional de España. Madrid www.bne.es

#SINFILTROS. Miradas al éxodo que Europa no quiere ver Hasta el 18 de diciembre Matadero de Madrid www.mataderomadrid.org

9º Festival Internacional de Cine en el Campo Hasta el 19 de agosto Fundación Todo por el Cine. México. www.cultura.df.gob.mx

Certamen Internacional de Micro cuentos Hasta el 30 de agosto Cerezo Ediciones www.1arte.com

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decamino

“ https://kazumbo.wordpress.com/

Kazumbo nace en 1998 en Madrid y desde entonces no ha dejado de crecer. Somos una productora que funciona como una compañía y viceversa. Casi siempre nos hemos centrado en las marionetas y en los infantiles, pero nos encanta hacer teatro, todo tipo de teatro. Jorge Velasco, Manuel Varela, Susana Latorre, Javier Sánchez, Alberto Romo, Gala Martínez y nuevos fichajes como Rosana Blanco son algunos de nuestros nombres. Somos un equipo creativo y que siempre quiere más. ¡Nos vemos en los teatros!

tw Durante el verano haremos funciones en campamentos, eventos, festivales, animaciones... Y en septiembre retomamos las aventuras en Madrid. El día 3 estrenamos una obra de teatro para bebés, Ratoncito y los colores, en la sala Microteatro por dinero (Metro Callao) y volvemos con En busca del calcetín perdido a la sala de teatro Bululú (Metro Palos de la Frontera).

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entrecocheyandén

La fiesta de los huesos Mariana Soriano Ortega Alumna del taller de escritura "Historias para contar". Tecámac. México

ESTOY demasiado empolvada. Pienso, mientras miro mi reflejo en un espejo roto que he encontrado en este gran tiradero de basura. Ya es de madrugada. Calculo que son como las dos o tres de la mañana. He perdido la noción del tiempo desde hace un par de años. Y es que para ser sincera, el tiempo ya no me importa. Años atrás hubiera jurado haber hecho hasta lo imposible para poder detenerlo, aunque fuera un segundo, pero todos mis intentos fueron en vano. Ahora que soy esto que tanto anhelaba llegar a ser, el tiempo… ya me tiene sin cuidado. Continúo hurgando entre el gran tiradero, caminando entre los escombros y todas las cosas en mal estado que aquí se encuentran. Estoy ansiosa por saber si puedo llegar a encontrar algo decente que ponerme, para la fecha tan especial que se acerca. El sonido del silencio hace que me sienta sola, sin embargo, no soy miedosa, sólo me siento sola. Volteo a ver el cielo y me entran unas ganas inmensas de llorar. Pero ¿cómo podría si no tengo ojos? Así que la idea desaparece rápidamente de mi mente, no de mi cerebro, pues cerebro tampoco tengo ya. Todos mis órganos se descompusieron hace ya varios años, pero a pesar de eso no me siento hueca, no me siento muerta, me siento viva, la muerte me hace sentir viva y pensar en eso, produce una gran sonrisa en mi rostro y sigo buscando algún harapo que se encuentre aquí tirado. El sol comienza a salir en el horizonte. Amanece. Observo el matiz de la mañana que empieza a cubrir lentamente el cielo, escucho el sonido de los pájaros y el ruido de mis compañeros enterrándose a sí mismos, después de una larga noche de preparativos para el gran día. Me encuentro sentada encima de mi lápida, observando las cosas que he encontrado y sin duda, en mis adentros, acepto que la búsqueda exhaustiva ha valido la pena. Encontré un bonito vestido de strapless color negro y, para mi suerte, un bolso pequeño en no tan mal estado. Me siento dichosa, pasado mañana estrenaré ropa. Hace mucho tiempo que no uso ninguna vestimenta, pues el atuendo con el que me enterraron no era de mi agrado, así que me lo quité, lo guardé y mucho antes de estas fechas decidí regalárselo a una compañera contemporánea de fallecimiento y vecina de panteón; la cual me agradeció mucho el regalo.

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entrecocheyandén

Ha llegado la hora de descansar, pero con toda esta ansiedad y emoción, dudo poder pegar un ojo, y lo digo figuradamente, claro. Después de un rato pensando, noto el cansancio en las cuencas de mis ojos y en cada una de mis articulaciones, las grietas de mis huesos han empezado a crujir y caigo en un sueño profundo que me mantendrá dormida todo el día de mañana. ¡Hoy es el gran día! Ayer, primero de noviembre, fue el turno de los niños, ellos ya han tenido el privilegio de visitar y disfrutar la ofrenda que sus familiares les han puesto con tanta devoción. Todo el día y parte de la noche han podido saborear cada platillo, cada fruta y dulces que se han colocado en dicho altar. Ya pudieron deleitarse con el olor a cempasúchil e incienso. Tuvieron ya la dicha de observar todos los adornos de calaveras y papel picado que se extienden a lo largo de la ofrenda y alrededor de la misma… Ahora es el tiempo de los grandes. Muevo la parte superior de mi cripta para poder salir y tomo un trapo que he encontrado colgado de un árbol. Desempolvo mis cortos y huesudos brazos al igual que mis piernas, cráneo y todo mi esqueleto. Me visto, tomo mi bolso y observo que cada hueso esté en su lugar. Qué bien me sienta esto de la muerte. Que simpática me veo. Lo noto por el gesto de las cuencas de mis compañeros cuando paso al lado de ellos hacia la salida del panteón, rumbo a una calle larga que desciende desde la entrada del campo santo hasta el centro de mi querido pueblo de Ozumbilla, aquí, en Tecámac. Llego a la entrada de mi casa y una emoción enorme recorre el tuétano de cada uno de mis huesos. Miro el camino hecho con los pétalos de cempasúchil… Traspaso el zaguán, subo las escaleras sin dejar de seguir el sendero de pétalos naranjas y entro… Me sigue maravillando, como antaño, cada calaverita de azúcar y de chocolate que se encuentran en el altar. Las velas encendidas me hacen sentir en paz. Me hacen sentirme como lo que soy, una muerta, un esqueleto que un día, en vida, también colocó ofrendas cada año de la mano de su madre, abuela y hermanos. Los adornos que cuelgan de las paredes y el papel picado, hacen que la ofrenda tenga un toque único, el olor a incienso me hace sentir plena. Este tributo es para mí y para todos aquellos que se han ido. Y me alegro de que mis hijos hayan aprendido de mí esta tradición y que la lleven a cabo; que no dejen que desaparezca, así como lo aprendí de mi madre, y ella de la suya. Así deseo que siga siendo siempre. Que se trasmita de generación en generación y no permitan que el Día de Muertos muera. Mantengan siempre viva esa cruz hecha de pétalos naranjas, para que cuando yo quiera volver, no me sea tan difícil retornar a casa. tw Mariana Soriano Ortega. Joven estudiante, le fascina leer y escribir, crea textos plenos de frescura y sensibilidad. Ama la naturaleza y se preocupa por el bienestar de todos los seres que la habitan. Es alumna del Taller de creación literaria: Historias para contar del Centro Regional de Cultura de Tecámac, Estado de México.

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Cuentos para el andén Nº48  

Aquí dentro te esperan: un relato que escapó de una prisión, escrito por un autor que entró y salió varias veces de ella: Edward Bunker; un...

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