Cuentos para el andén Nº48

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andénuno

habitaciones. Era la hora de la limpieza y las puertas estaban abiertas. Un conserje chicano estrujaba una fregona mojada en el escurridor del cubo de la fregona. La primera puerta daba al puesto de las enfermeras. Estaba abierta y había una enfermera dentro. —¿Dónde está la rata? —le preguntó Clemens a Buford. —En el fondo, al girar la esquina. —¿Cómo vamos a pasar por delante de la enfermera? —Para eso sirven estos monos verdes. —Vamos a darle lo suyo. Pasaron por delante de la oficina de las enfermeras sin ningún problema y saludaron con la cabeza al chicano que fregaba el suelo. Los hombres de las habitaciones, vestidos sobre todo con batas y vaqueros, levantaron la vista al verlos pasar pero nadie sospechó ni dijo nada. La tensión de Clemens aumentaba a cada paso. Cuando giraron la esquina y vieron al guardia leyendo el periódico, Clemens se mareó por un momento. Expulsó todo el aire de los pulmones. El agente notó su presencia o simplemente los escuchó en cuanto doblaron la esquina. Se levantó y dejó el periódico al ver cómo se movían. Vio los monos verdes que indicaban que pertenecían a aquel lugar, pero el pasillo era un callejón sin salida. —Esperad. ¿Adónde vais? Clemens perdió la cabeza, literalmente. La tensión era demasiado fuerte y explotó. —Dame las putas llaves, cerdo. No esperó ninguna respuesta, sacó el pincho y se lo clavó al agente en el estómago, a pocos centímetros por debajo de las costillas. —¡AAAAAAGGGHHHH Dios! Buford dio un paso adelante y le puso una mano en el pecho a Clemens. —Tranquilo —dijo, y después le habló al guardia—. Será mejor que nos des las llaves. —No las tengo —dijo el guardia, mientras le manaba sangre de la boca.

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