Cuentos para el andén Nº48

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los pases, tenían prioridad sobre los que hacían cola por iniciativa propia. Cogió sus identificaciones y las colocó con las de los demás; se las devolverían al salir del hospital. En la puerta al otro lado de la enfermería, dieron sus pases a través de los barrotes. El guardia abrió la puerta. —¿Sabéis adónde vais? Asintieron y él les dejó pasar. El pasillo era largo. Algunos presos y personal libre iban y venían. La unidad de psiquiatría estaba en mitad del pasillo. En vez de entrar, siguieron avanzando hasta el fondo. A la izquierda había un ascensor. Los presos lo utilizaban si eran pacientes o si les habían asignado alguna tarea que así lo requiriera. Otros utilizaban la escalera, que fue el camino que tomaron Buford y Clemens, subiendo los peldaños de dos en dos o de tres en tres. En la segunda planta, entraron y se dirigieron a la unidad de rayos X. Se quitaron las camisas rápidamente y las tiraron debajo de un banco. Ahora vestían los monos verdes. Cualquiera que no los conociera pensaría que pertenecían al grupo de presos que trabajaba en el hospital. Clemens le dio una palmada a Buford en la espalda. —Vamos allá, hermano. Abrió la puerta del pasillo y salieron. Al llegar al rellano de la tercera planta, giraron y vieron a un anciano funcionario de prisiones que salía en ese momento y casi choca con ellos. —Tranquilos. ¿Dónde está el fuego? —Lo siento, jefe —dijo Buford—. Llegamos tarde. Si el funcionario hubiera preguntado "¿para hacer qué?" no hubieran sido capaces de responder, aunque la mano sudorosa de Clemens sujetaba con fuerza el mango cubierto de cinta adhesiva del pincho que llevaba en el bolsillo. Tenía cuarenta centímetros, la punta de la cuchilla había atravesado el fondo del bolsillo y el acero le tocaba la piel. —Muy bien, continuad. Pero con calma —les dijo el guardia antes de desaparecer escaleras abajo. Cruzaron la puerta y giraron a la izquierda, en dirección a las

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