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entrecocheyandén

Ha llegado la hora de descansar, pero con toda esta ansiedad y emoción, dudo poder pegar un ojo, y lo digo figuradamente, claro. Después de un rato pensando, noto el cansancio en las cuencas de mis ojos y en cada una de mis articulaciones, las grietas de mis huesos han empezado a crujir y caigo en un sueño profundo que me mantendrá dormida todo el día de mañana. ¡Hoy es el gran día! Ayer, primero de noviembre, fue el turno de los niños, ellos ya han tenido el privilegio de visitar y disfrutar la ofrenda que sus familiares les han puesto con tanta devoción. Todo el día y parte de la noche han podido saborear cada platillo, cada fruta y dulces que se han colocado en dicho altar. Ya pudieron deleitarse con el olor a cempasúchil e incienso. Tuvieron ya la dicha de observar todos los adornos de calaveras y papel picado que se extienden a lo largo de la ofrenda y alrededor de la misma… Ahora es el tiempo de los grandes. Muevo la parte superior de mi cripta para poder salir y tomo un trapo que he encontrado colgado de un árbol. Desempolvo mis cortos y huesudos brazos al igual que mis piernas, cráneo y todo mi esqueleto. Me visto, tomo mi bolso y observo que cada hueso esté en su lugar. Qué bien me sienta esto de la muerte. Que simpática me veo. Lo noto por el gesto de las cuencas de mis compañeros cuando paso al lado de ellos hacia la salida del panteón, rumbo a una calle larga que desciende desde la entrada del campo santo hasta el centro de mi querido pueblo de Ozumbilla, aquí, en Tecámac. Llego a la entrada de mi casa y una emoción enorme recorre el tuétano de cada uno de mis huesos. Miro el camino hecho con los pétalos de cempasúchil… Traspaso el zaguán, subo las escaleras sin dejar de seguir el sendero de pétalos naranjas y entro… Me sigue maravillando, como antaño, cada calaverita de azúcar y de chocolate que se encuentran en el altar. Las velas encendidas me hacen sentir en paz. Me hacen sentirme como lo que soy, una muerta, un esqueleto que un día, en vida, también colocó ofrendas cada año de la mano de su madre, abuela y hermanos. Los adornos que cuelgan de las paredes y el papel picado, hacen que la ofrenda tenga un toque único, el olor a incienso me hace sentir plena. Este tributo es para mí y para todos aquellos que se han ido. Y me alegro de que mis hijos hayan aprendido de mí esta tradición y que la lleven a cabo; que no dejen que desaparezca, así como lo aprendí de mi madre, y ella de la suya. Así deseo que siga siendo siempre. Que se trasmita de generación en generación y no permitan que el Día de Muertos muera. Mantengan siempre viva esa cruz hecha de pétalos naranjas, para que cuando yo quiera volver, no me sea tan difícil retornar a casa. tw Mariana Soriano Ortega. Joven estudiante, le fascina leer y escribir, crea textos plenos de frescura y sensibilidad. Ama la naturaleza y se preocupa por el bienestar de todos los seres que la habitan. Es alumna del Taller de creación literaria: Historias para contar del Centro Regional de Cultura de Tecámac, Estado de México.

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Cuentos para el andén Nº48  

Aquí dentro te esperan: un relato que escapó de una prisión, escrito por un autor que entró y salió varias veces de ella: Edward Bunker; un...

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