Cuentos para el andén Nº48

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VI Concurso de relato de Sttorybox y Cuentos para el andén

que era mi día libre, para concluir el asunto de una vez por todas. Terminé la faena habiéndome sacado el miedo del cuerpo y me metí en la cama. Me dormí en segundos, pues la noche anterior no había pegado ojo. Por la tarde del día siguiente, en una ferretería, me compré una palanca de metal y una linterna de petaca. Al llegar la noche, cuando sabía que todos se habían ido y que Edek, el polaco que venía a sustituirme, ya había dado su primera ronda al hotel, me deslicé sin hacer ruido en el gran salón. Fui directo a la zona del entarimado sin encender la luz, alumbrándome con la pequeña linterna, y arranqué poco a poco las tablas del suelo, ocho en total hasta dejar la trampilla completamente libre. Coloqué la linterna sobre una silla de forma que me alumbrara teniendo las dos manos libres para hacer palanca en el candado que cerraba la trampilla. Tras tres intentos cedió el candado y abrí la portezuela. El cadáver blanquecino y rígido de Ondrus reposaba en el fondo cubierto de insectos y ratas que lo mordisqueaban. La trampilla por dentro estaba arañada y llena de sangre y trozos de uñas arrancadas. Temblando de miedo, tuve que contener una arcada por la visión y el olor nauseabundo que subía del agujero. Estuve a punto de desmayarme de la impresión cuando, de repente, algo se interpuso entre la luz de la linterna y yo, dejando todo en penumbra. Me incorporé lo más rápido que pude. Un golpe en la cabeza me dejó inconsciente. Me desperté con un gran dolor de cabeza, en la más completa oscuridad. El fétido olor se filtraba por mi nariz y no podía hacer nada para contenerlo, me habían amordazado y atado de pies y manos. El cuerpo de Ondrus se descomponía a pocos centímetros de mí. A las horas de estar aquí, escuché ruidos en el salón. —¡Auxilio! —intenté gritar a través del trapo que tapaba mi boca. —Nadie te ayudará, inútil —dijo una irónica voz con acento portugués. —¿Víctor?¿Eres tú? —grité—. Por favor ayúdame —como única respuesta escuché una risa y la puerta del salón cerrándose.

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