Cuentos para el andén Nº48

Page 35

VI Concurso de relato de Sttorybox y Cuentos para el andén

mis espaldas. Como tenía obligación de entrar en el salón, decidí que desde ese momento nunca más lo haría sin encender las luces antes. El resto de las tareas se me hicieron amenas después de eso. Sin embargo, a la hora de hacer la segunda ronda un nudo se cerró en mi garganta. Hice todo el recorrido dejando el salón para el final, a pesar de tener que andar más al pasarlo de largo y tener que volver después. Me situé frente a la puerta y me dije a mí mismo que era una tontería, que debía ser simple autosugestión. Respiré hondo, encendí las luces y entré decidido. Fui con paso rápido hasta el mecanismo, marqué mi código de vigilancia y volví hacia la puerta. —¿Ves? Idiota —me dije a mí mismo—, aquí no hay nada. Entonces, de la nada surgió un grito desgarrador y unos golpes que me helaron la sangre. Corrí como no había corrido en toda mi vida hasta que llegué a la luz de la recepción, con el corazón golpeando mi pecho a doscientas pulsaciones. Bebí un vaso de agua y me tranquilicé. Es mi mente, me decía una y otra vez. No me atreví a moverme de ahí hasta que despuntó el día y pude volver a mi habitación. Estaba realmente cansado, pero no pude pegar ojo. A diferencia del primer día, a las doce bajé para distraerme y comer con los compañeros del hotel. Al entrar se acercó Morris, el cocinero, un inglés de sesenta años muy flaco y con sólo tres dientes. Me presentó al ayudante de cocina, Evan. Era un chico con el pelo por las mejillas y con cara de gilipollas. Se reía entre dientes mientras me decía algo que no llegué a entender. Miré a Morris en busca de ayuda. —Es que es de Mánchester —me dijo—. Hablan como si comieran patatas —se rio. Después se puso serio—. Pregunta si ya has visto al fantasma del salón. Yo sonreí con falsedad, negué con la cabeza y comí sin hablar más, aterrorizado. Después me fui a dar una vuelta por la ciudad para despejarme. Caminé por sus hermosas calles adoquinadas, admirando sus espléndidas arquitecturas, y visité su maravilloso parque repleto de fuentes y jardines preciosos. Bordeé un río en el que las terrazas de las casas colindantes se convertían en lin-

35