Cuentos para el andén Nº48

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andénuno

—Sí. ¿Qué vamos a hacer? —¡Vamos! Clemens dirigió el camino de vuelta y entró en la segunda planta. —Será mejor que recemos aquí. —Rezar. ¡Qué cojones…! —Sí, rezar para que vayan directos a la tercera planta. Escucharon las pisadas y las voces alteradas. —Vamos. Vamos. A la de tres. Cuatro agentes fueron directos a la tercera planta. Sin decir una palabra, Clemens tiró de la manga de Buford y lo llevó hasta la primera planta. En el pasillo principal había un buen número de presos que miraba hacia la puerta de las escaleras. El pasillo era largo. La puerta de salida estaba más allá de la puerta de barrotes y la enfermería. —Aguanta, hermano. Vamos —le dijo y echó a andar seguido de Buford. El guardia anciano de la puerta de barrotes se peleaba con los presos al otro lado. —Nos van a necesitar —dijo el preso—. Trabajamos en el quirófano. Nos llamarán por megafonía. Mira. —Sacó una tarjeta amarilla que indicaba el trabajo que tenía asignado. Decía HOSPITAL. CIRUGÍA. —Esperad —dijo el guardia que se acercó al teléfono y llamó a Control, en voz baja—. Quedaos a un lado. Ya os llamarán si os necesitan. En ese mismo momento, miró por encima del hombro y vio a Clemens y a Buford vestidos con sus trajes verdes de trabajadores del hospital. El guardia asintió y giró la llave de la puerta con barrotes. Buford y Clemens salieron al patio grande. "¡CIERRE! ¡CIERRE!", se escuchaba a todo volumen por los altavoces. Los presos se miraron los unos a los otros, se encogieron de hombros y formaron filas que avanzaban lentamente hacia los enormes bloques de celdas. En las horas oscuras antes del amanecer, el sonido de las pisadas de botas y las altas sombras que proyectaban los guardias

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