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entrecocheyandén

Mi abuela Amparo Eugenia Mateos Alumna del taller de escritura de Grupo Andén en la biblioteca Central de Móstoles.

MI abuela Amparo siempre fue diferente. Tenía una tez blanquísima y los ojos del color del mar en día nublado. En el mercado, detrás del mostrador, más parecía una princesa venida a menos que la pescadera. Amparo llevaba el cabello dividido por una raya central y trenzado en dos rodetes, al según el peinado tradicional valenciano. Me contaron que, desde su posición privilegiada tras las merluzas, las sardinas los calamares y las clóchinas, sembraba el desconcierto en los corazones masculinos, con su juventud y su simpatía. Así fue como en solteros y casados se despertó una insólita afición por colaborar en el trabajo familiar haciendo la compra en el mercado. Ella prefirió a mi abuelo. Mi prima Elvira, que me lleva unos años, me contó que había tenido una juventud provocadora, que en su época se tenía por disipada, y que había sido la vergüenza de la familia; como cuando se compró en Valencia un bañador de pantalón ajustado, mientras que las otras chicas se bañaban con trajes de baño que parecían vestidos, con unos redondelitos de plomo cosidos en el bajo de la falda para que no se ahuecara al entrar en el mar. Ella, desoyendo la prohibición paterna y burlando la vigilancia de sus hermanos varones, se iba a la playa exhibiéndose con aquel traje de baño de pantalón ajustado, rodeada de moscones en los que infundía vagas esperanzas que nunca se cumplían. Yo, de mi abuela, lo que más recuerdo es su risa, la más alegre que jamás haya oído, y su inagotable ternura. No me extraña que el abuelo la mimase tanto, porque era adorable. La llamaba "La Hormiguita", su hormiguita, porque pensaba el hombre que administraba los dineros de la casa con suma prudencia, mientras que mi madre y mis tías comentaban riendo que tenía un agujero en cada mano. Murió siendo yo todavía niña, después que mi abuelo. A mí me mandaron unos días a casa de una tía por parte de mi padre y cuando regresé a la mía todo estaba impregnado de una inmensa ausencia. Elvira, mi prima preferida, ejerció de hermana mayor y se encargó de consolarme. Una tarde de lluvia, cuando todos estaban sesteando frente al televisor, me llevó al que había sido su cuarto. Cuando abrió la puerta

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Cuentos para el andén Nº46  

En este número de Cuentos para el andén leeremos teoremas poéticos venidos de Rumanía, con Basarab Nicolescu; viajaremos por el interior de...

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