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andénuno

Atadas al poste Alejandra Spinetta Al Gauchito Antonio Gil

VOS, que no te vas a ir así como así. Ya sé que a la larga o a la corta me voy a acostumbrar a no verte, a no escucharte, a no esperarte. Eso no importa. Pero no te pienses que es cuestión de armarse el bolsito, mandarse a mudar y dejarme así nomás como si yo no existiera. No señora, conmigo no. ¿A ver si te creíste que abrías la puerta y listo? No, mi querida, no. Porque hay algo, y entendedme bien lo que te digo, hay algo que no voy a tolerar, que no voy a permitir: no voy a permitir que te lleves tus tetas. Así que si querés, llevate los chicos, llevate el perro, llevate la camioneta, llevate el televisor, pero me dejás tus tetas. Tus tetas se quedan acá, conmigo, en Peuhajó. Vos andate a donde se te dé la gana, me importa un comino lo que hagas vos”. Cuando Ramón dijo eso, quedé pasmada. Me dio tanto miedo que hundí el pecho y me las abracé. ¿Qué quería hacer este Ramón con mis tetas? ¿Me las quería cortar? “No, no te preocupes que no te las voy a cortar. ¿Para qué quiero tus tetas muertas? No, no, no, vos te vas hoy mismo, pero tus tetas se quedan acá, en esta casa y se quedan vivas. ¡Vivas! ¿Entendiste?”. La verdad, no entendí. Yo ya sabía que Ramón era medio loco y que cuando se enojaba le daba por decir cualquier cosa, por eso pensé que lo de las tetas era una excusa para retenerme, para conmoverme. Y es lógico, que te dejen. Encontrar a tu mujer, en tu propia cama, con tu primo... Hasta ahí, yo lo entendía a la perfección. ¿Pero que yo me vaya y le deje mis tetas? Eso si que no podía ser. ¿Cómo se las iba a dejar? ¿No era más fácil insultarme y revolear mis cosas como hacía cada vez que nos peleábamos? O denunciarme por adúltera, o…

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Cuentos para el andén Nº45  

Si lees este número de Cuentos para el andén iniciarás un viaje, varios en realidad, y te arriesgarás a descubrir que un beso en una estació...

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