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cuentoscomochurros

drilos —No me gustan, Fabrizio —declara Doña Filippa sin apartar la vista de la fachada del hotel. Don Fabrizio se pasa un pañuelo por la frente y vuelve a mirar hacia arriba. —¿Y qué es lo que no te gusta? —le replica. —No estoy segura -contesta ella. —¿No te gusta cómo combina el rosa con el color de la pared? —No, no es eso, Fabrizio… —Pues tu hermano Giuseppe dice que son, ¿cuál fue la palabra que empleó?... ideales, él dice que son ideales. —Pero Fabrizio, ¿tú estás seguro de que los clientes no se asustarán cuando vean un cocodrilo en el balcón? —Filippa, querida, ¿es que no te das cuenta de que son de color rosa? —Claro que me doy cuenta, no estoy ciega, Fabrizio. Doña Filippa se coloca el abanico en la frente a modo de visera. El sol del mediodía le molesta aunque mantiene a los cocodrilos inmóviles, como si fueran estatuas. —Entonces, ¿cómo puedes decir que te asustan? Porque eso es lo que has dicho. Anda, Filippa, míralos bien y dime la verdad, ¿qué te parecen? —No me gustan los cocodrilos, Fabrizio, por muy rosas que sean, qué quieres que te diga. Yo misma los he visto comerse hasta un búfalo, ¡un búfalo, Fabrizio!, que se dice pronto. —¿Y dónde has visto eso? —En los documentales que echan por televisión. —Vamos, Filippa, ¿acaso los cocodrilos que viste en el documental eran de color rosa?

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Cuentos para el andén Nº45  

Si lees este número de Cuentos para el andén iniciarás un viaje, varios en realidad, y te arriesgarás a descubrir que un beso en una estació...

Cuentos para el andén Nº45  

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