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andénuno

El pastor y la luna Fernando Aínsa

ME llamo Rafael, pero me llaman Endimión desde que Hesíodo contó mi historia en el bar del pueblo. Soy uno de los pocos pastores que van quedando en Oliete. En todo caso, soy el único joven. Los demás llevan años saliendo con sus rebaños por las tardes en verano y a media mañana en invierno, cuando el sol levanta la rosada de los campos. Ellos —los viejos— se conocen los rincones de los cabezos vecinos, los olivares yermos de los alrededores, donde las cabras se encaraman en busca de brotes tiernos y las ovejas pastan a su albedrío. No se aventuran más allá. Se conforman con poco. Yo prefiero ir más lejos, adonde ya no van ellos, porque no tienen la fuerza de antaño. Me gusta perderme por los barrancos que descienden hacia el pantano de la Foradada; sentarme en una roca y, mientras como un bocadillo traído en el morral y bebo un trago de vino de la bota de mi abuelo (curada con pez, como se debe), mirar el paisaje que se despliega en la distancia. Y descubrirlo. Digo bien, descubrirlo. No es que lo vea diferente, sino que cada vez me sorprende con un detalle, un ángulo nuevo. Depende de la roca donde me siento, en tanto la perra Diana vigila las ovejas paciendo en la ladera del monte. O de la estación del año o de la hora y la luz del día en que lo contemplo. Las sombras le dan otros matices inesperados. ¡Hay que ver cómo se ve cuando llueve o los relámpagos iluminan un horizonte que parece aún más dilatado! Sin embargo, nada cambia tanto un paisaje como la noche, especialmente las noches de luna llena.

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Cuentos para el andén Nº44  

La inspiración puede venir de los lugares más insospechados en Cuentos para el andén: desde un apacible barranco de Fernando Aínsa, al mismí...

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