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cuentoscomochurros

ERA una de esas tardes plácidas de Madrid en que anidan las moscas y las señoras agitan sus abanicos. Corría el año de 1931. En esa tarde tranquila algo se quebró en la cabeza de mi padre. Se puso a proclamar a los cuatro vientos que él era el mismísimo yeti, el abominable hombre de las nieves. Al principio, la convicción con que afrontaba el personaje tuvo su gracia (los alaridos, el gesto hosco, la peluca albina y los andares de chimpancé) pero pronto todo aquello dejó de resultar pintoresco. Pasó a ser irritante. En una ocasión en que mi padre andaba encaramado encima del fregadero, golpeándose el pecho con los puños, mi madre no pudo resistirlo más y le dijo que no le quería. Le dijo cosas peores: que era un idiota y un zángano. Que deseaba poder volver a andar digna por la calles, dejar de ser el hazmerreír del vecindario; que para él la casa, el niño y el estar por ahí dando saltos y trepando por los muebles. Ese día mi madre se fue llorando a su cuarto. El desconsuelo ascendió como una nube gris hasta el ático. Bajaron unos vecinos a ver qué pasaba. Mi madre se fue con ellos y ya no volvió. A la mañana siguiente, mi padre me levantó temprano. Me anunció que había llegado la hora de partir a nuestro hábitat natural. Me dijo que me pusiera la bufanda y el gorro de lana con pompón.

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Cuentos para el andén Nº44  

La inspiración puede venir de los lugares más insospechados en Cuentos para el andén: desde un apacible barranco de Fernando Aínsa, al mismí...

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