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nº43

diciembreenero2015/2016

elmuro [3] andénuno [5]

Estrella caída, Mariana Torres andéndos [10]

Tres microrrelatos, Miguelángel Flores andéntres [14]

Dos microrrelatos, Ester Berdor cuentoscomochurros [16] lapuertadelanevera [21] diccionariodesaturno [22] sinopsis [23] brevemente [25]

Relatos en cadena dindondin [26] decamino [27] entrecocheyandén [29]

Cumpleaños feliz, Paloma Gómez Crespo

novedades

metroligero [31]

Publicamos el relato de una lectora: Ester Berdor ganó nuestro concurso Entre coche y andén en 2014. Ahora acaba de lanzar novela y, en ella, se esconden algunos microrrelatos, dos de los cuales se han posado en el tercer andén.

Edita: Grupo Andén C/ Feijoo, 6 - 4ºA - 28010 Madrid | edicion@grupoanden.com | www.grupoanden.com Comité editorial: Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Leticia Esteban | Editora: Natalia Muñoz. Asesores de contenidos: Sergi Bellver, Juan Carlos Márquez, Kike Cherta, Juan Martini (Buenos Aires, Argentina) y Mónica Pano (Argentina) Publicidad: edicion@grupoanden.com | Diseño: www.jastenfrojen.com Ilustración: Coordinación: www.leticiaestebanilustracion.com Ilustración portada e interior: Katarzyna Surman | https://www.behance.net/kksurman

Con la colaboración de:


elmuro

Tema: Por las ramas

Ganadora: Ramas - Paula InBlue. Zaragoza (España)

Finalistas: 





Goteando - Saturnino Gálvez. Madrid (España) Sin título - Carmina Córdoba - Madrid (España) Bullicio por las ramas - Viviana M. Rosa. Mar del Plata (Argentina)

Concurso de fotografía Participa enviando tus fotos a lector@grupoanden.com Consulta las bases y mira las fotos en Facebook y grupoanden.com Tema del próximo concurso: Frío.

Te escuchamos: Cuentos para el andén @cuentosanden lector@grupoanden.com

www.grupoanden.com

En el 43 de Cuentos para el andén todo son estrenos: una estrella que se ha caído del primer libro de relato de Mariana Torres, tres microrrelatos que saltan del primer libro de Miguelángel Flores, a quien ya hemos leído en alguno de nuestros concursos y dos perlas más que se escapan de la, también primera, novela de otra ganadora de concurso CpA, Ester Berdor. Escucharemos nacer a MovinSides, un proyecto Youtuber que versiona canciones a las mil maravillas. Y más cosas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

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andénuno

Estrella caída Mariana Torres

LA carrera al mar fue nuestro juego favorito durante tres veranos seguidos. Andrea y yo éramos grandes corredores. Ella era rápida para ser una chica, me ganaba todas las veces, a pesar de ese problema que tenía en los huesos corría más rápido que nadie. La carrera al mar nos divertía mucho más que las canicas, la peonza o las chapas; madrugábamos solo para la carrera, el momento perfecto era el amanecer o la última hora de la tarde cuando al sol rojo ya se lo había tragado el mar y no podía cegarnos. Fue nuestro juego favorito hasta que pasó lo de la estrella. Entonces cambiamos de juego. Andrea tenía un problema en los huesos, le crecían bultos al final de los huesos buenos, como los brotes de un árbol. Algunos ni se notaban de lo pequeños que eran. Tenía esos huesos raros sobre todo en los brazos y las piernas, el más grande lo tenía en la rodilla derecha. Ese sí podía verse a poco que te fijaras en sus piernas. Era del tamaño de un limón y crujía cuando Andrea se agachaba, sonaba como si estuviera a punto de romperse. Solía decir que los huesos raros le daban superpoderes, y lo decía muy en serio. Todo lo que salía de su boca era verdad universal. No había manera de discutir con ella. A veces hacía crujir el hueso de la rodilla solo para impresionarme. Creo que no le dolía. —Nada de nada —decía con una sonrisa firme, indiscutible—. Nunca me duele. Y después de hacer crujir su hueso de la rodilla seguía corriendo, tan rápido como siempre, y me ganaba, llegaba al mar varios metros antes que yo. Entonces la odiaba un poco, pero solo un poco. Al fin y al cabo todo eso de las carreras al mar se lo había inventado ella, y nos servía tan bien como cualquier otra cosa para pasar el rato.

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andénuno

Andrea vivía en la casa de enfrente, nuestras casas tenían jardines gemelos y estaban rodeadas por el mismo muro de piedra, un muro que no llegaba al medio metro de altura. Una carretera mal asfaltada separaba nuestras casas. En esa carretera estaba la posición de salida, la marcábamos con tiza cada noche. Una raya en el suelo. Muy recta. Gruesa y blanca. Nuestros ritos eran claros. A las seis en punto salíamos a calentar al jardín, cada uno al suyo. Andrea se ponía una cinta de corredora en la frente y se recogía el pelo en una cola de caballo. La cola de caballo se le movía de un lado a otro mientras saltaba a la cuerda. Un, dos, tres. Flexiones, estiramientos. Todos los ejercicios de calentamiento me los había enseñado ella; decía que no podíamos echar a correr sin calentar, que era malo para los tendones. Saltábamos el muro de piedra, siempre a la vez, hasta colocarnos en la marca de tiza, las yemas de los dedos bien apretadas sujetando el suelo, la mirada hacia el frente, la rodilla izquierda algo doblada. A la de tres echábamos a correr. La carretera a esas horas estaba vacía y al fondo, detrás de las dunas, nos esperaba el mar azul. En un punto exacto el mar se escondía del todo detrás de una duna, para dos zancadas después resurgir, más azul aún que antes. Todas las carreras las ganaba Andrea. Después de la carrera nos quitábamos las zapatillas y caminábamos descalzos hasta el final de la playa, con los pies dentro del agua. Los mejores días eran los de marea baja, cuando el mar estaba lejísimos y sobresalían del agua montículos de piedra cubiertos de conchas, y en la arena, de tan dura, no se quedaban marcados nuestros pasos. Nadie podía saber que habíamos estado allí. Cuando Andrea encontraba alguna cosa traída por el mar -por supuesto siempre las encontraba ella, siempre las veía antes que yo-, se acercaba al objeto con el dedo índice bien estirado, como si de un zahorí se tratara. Fueran algas, botellas de plástico o pescados negros, cualquier cosa rescatada por la marea le servía. Trazaba un círculo de arena firme y redondísimo alrededor del objeto, como si su dedo fuera parte de un compás perfecto y la arena una lámina fina de papel. Se tomaba su tiempo. Y después se inventaba una

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andénuno

historia de la vida del objeto traído y de cómo había acabado en la orilla, dónde y con quién había estado antes, si alguien se lo había comido, si había sido el arma de algún asesinato. Historias así. Una de esas mañanas encontramos la estrella de mar. Era la primera estrella del verano. Otros veranos eran comunes, pero estábamos ya en la última semana y aún no había aparecido ninguna. La que encontramos estaba muerta, era solo cascarón. Estoy seguro de que la vi antes que Andrea. Pero hice como si no la hubiera visto, y a punto estuve, con la tontería, de pisarla y partirla en dos. Andrea me apartó justo a tiempo, casi me caigo al agua del empujón. Estaba a punto de empezar a contar la historia de la vida de la estrella cuando se puso seria y me pidió que me agachara. —Mírala bien —me dijo. Yo la miré todo lo bien que pude. Estábamos los dos, en cuclillas, con las rodillas dobladas y el culo en el aire, mirando una estrella de mar vacía. —¿Lo ves? —me dijo, y se agachó un poco más, sin llegar a tocar la estrella. Yo no veía nada. —¿Qué hay que ver? —¿No lo ves? Negué con la cabeza. Seguimos los dos ahí un buen rato, agachados como un par de tontos. Callados. Andrea se había quedado en blanco por primera vez. Así que dije lo primero que se me ocurrió. -Se habrá caído de ahí arriba. Y señalé el cielo. Andrea me miró satisfecha, cogió la estrella vacía, se la guardó, y empezó a contar una historia absurda de estrellas caídas del cielo que se transforman en estrellas de mar. Desde ese día la llevó siempre, bastaba que nos sentáramos en el muro, en el jardín o al final de la playa para que sacara la estrella. Le daba vueltas, y vueltas, y vueltas, sin dejar de hablar de cualquier cosa. Poco después gané la carrera. Pasada la última duna cogí velocidad. Cuando sentí que adelantaba a Andrea, aceleré. Quería ganar y, por primera vez, sentí que podía conseguirlo. Iba tan deprisa que tropecé con las olas y me empapé por completo. Me levanté como pude,

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andénuno

y me giré, feliz, con los brazos hacia arriba en señal de victoria. Solo entonces me di cuenta de que Andrea no me había seguido. Estaba sentada varios metros por detrás, agachada, con la vista clavada en la arena y las rodillas encogidas sobre la tripa. Se balanceaba levemente. Me acerqué. No se veía nada allí a lo que mirar fijamente, nada más que arena, nada que justificara abandonar la carrera. Andrea, al notar mi sombra encima de ella, dejó de balancearse y empezó a cavar, con decisión. Hizo un gran hoyo. —Me he cansado de ganarte. Menuda excusa. Pero eso fue lo que dijo, era una de sus verdades universales e indiscutibles. Después sacó la estrella y la metió en el hoyo, la enterró bien al fondo sin dejar rastro. Cuando terminó se quedó ahí sentada, en la arena. Le tendí una mano. —Levanta. Un, dos. —Tiré de ella con todas mis fuerzas—. Tres. Andrea pesaba mucho. Pensé que sería por esos huesos de más que tenía, aunque no se lo dije. Le costó ponerse de pie, estirarse, acomodar el cuerpo, caminar. La obligué a apoyarse en mi hombro. Subimos a casa despacio, como pudimos, Andrea estaba muy callada. Así que empecé a hablarle sin parar, y no cerré la boca durante todo el camino a casa, le conté una historia que recordaba haber leído en invierno sobre los romanos y los acueductos, y las calzadas que construyeron, y los puentes, y el material que utilizaban para que unas piedras se quedasen bien pegadas con las otras.

tw Del libro El cuerpo secreto. Ed. Páginas de Espuma, 2015. Mariana Torres (Angra dos Reis, Brasil, 1981). Empezó a impartir clases de escritura en 2004 y continúa haciéndolo en la actualidad en Escuela de Escritores, de la que es parte desde su fundación. Se puede acceder a los blogs en los que escribe habitualmente desde su web marianatorres.com. El cuerpo secreto es su primer libro de cuentos.

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andéndos

Tres microrrelatos Miguelángel Flores

Ajustando cuentas A mi marido me lo trajo una tormenta. Y no es un decir, me lo entregó envuelto en lluvia. Estaba de romería con mis amigas, las pocas que quedamos, cuando empezó a caer un chaparrón de los que empapan el ánimo. Salimos corriendo mientras nos tapábamos con las sillas plegables. Y al pasar por el abrevadero viejo lo vi allí tirado. Hice como si no lo hubiera visto, seguí mi camino con ellas. Cuando llegamos a casa, esperé prudentemente a que cada una llegara a la suya. Me puse la gabardina y salí a buscarlo. Estaba empapadito. No hablaba. Me lo llevé a casa, lo bañé, le di de comer, y hasta hoy. Lo llamo Paco, y él a mí, vida mía. No sabe de dónde viene, y ni falta que me hace. A ellas les he dicho que lo conocí en el Carrefour de la capital y que se quedó prendado de mí. Yo no sé si me creen, pero tampoco me importa. Que se alegran, me dicen. Ya, les digo yo. Ahora a la romería voy de su brazo. Y si llueve, nos quedamos en casa, recuperando lo que la vida me debe.

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andéndos

La perdonamuertes MI padre fallecía cada poco. Pero no lo hizo nunca por llamar la atención ni por fastidiar a nadie; simplemente se moría y ya está. Recuerdo que justo antes de expirar sonreía con cierta beatitud y, diciendo adiós con su mano velluda, dejaba de respirar. Lo mismo que la lavadora cuando para de centrifugar, poquito a poco y sin más. Mamá se ponía de luto, se apagaba la tele, porque era alegre, y todos llorábamos su partida. Luego, al volver a la vida, mamá lo recibía enfurruñada por su ausencia; con ese mohín que, según él, la ponía tan guapa. Entonces él la abrazaba y le hablaba al oído de angelitos, ánimas y purgatorios. Ella cedía, nos mandaba a la cama y se les oía cuchichear mucho rato. Papá era un vividor en eso de morir. Y mamá siempre se lo perdonó. Lo hizo hasta la muerte.

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andéndos

Mesa compartida CUANDO la camarera me ha traído la cuenta, me he sorprendido. Me ha explicado que ha sumado también lo de mi madre, que se lo ha indicado antes de marcharse. Entonces me he acordado de la mujer entrañable, de pelo blanco y mirada astuta, que ha merendado junto a mí en esa cafetería abarrotada. No he puesto objeción, he pagado y he salido. Ya en la calle, he pensado que no ha sido caro. He pagado diecisiete euros por la ilusión de haber merendado otra vez con mi madre, cuando hace tanto que la perdí. Y eso no tiene precio.

tw Del libro De lo que quise sin querer. Ed. Talentura, 2014 Miguelángel Flores (Córdoba, 1967). Escribo desde hace años de oído y sin mala intención, microficción y teatro. Sus relatos han sido antologados en De antología, la logia del microrrelato (Talentura) y Relatos en Cadena (Alfaguara). Ganador de la Convocatoria abierta 3x200 y finalista del I Concurso colaborativo, ambos organizados por Grupo Andén. De lo que quise sin querer es su primer libro de relatos.

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andéntres

Dos microrrelatos Ester Berdor

Noviembre caluroso LLEVO aquí diez minutos y nadie ha llamado a la Policía aún. Hace mejor día del que me esperaba para ser finales de noviembre. Las hojas doradas caen al suelo jugando a esquivar los rayos de sol, que mantiene el frío a raya. He salido con el cuello de la gabardina subido y las manos refugiadas en los bolsillos. He caminado escuchando mi taconeo hasta el quiosco de la plaza y he subido hasta él por la escalinata. He posado las manos sobre la barandilla y, al levantarlas, varias gotitas de agua han resbalado entre mis dedos. Me he desabotonado el gabán despacio. Al terminar, me he quitado la prenda con un movimiento preciso y la he dejado deslizar por mi espalda hasta el suelo. En ese instante, el viento ha suspirado y he sentido una brisa helada entre mis muslos. He notado cómo el aire golpeaba contra la parte interna de mis codos y cómo se colaba indiscreto entre la maraña de mi pelo suelto. Los pezones se han contraído de súbito causándome un nimio dolor y mi piel se ha transformado en erizo. Observo cómo me observan. Siento sobre mí sus miradas viscosas, atónitas, descaradas, admiradas, viciosas, sorprendidas, ruborizadas, celosas. Agresivas. Me pregunto cuándo caerá el telón. 

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andéntres

En la piel del funámbulo IMAGINA que caminas sobre una cuerda, a veinte metros del suelo. No. Olvida la cuerda. Imagina que caminas ante la mirada nerviosa y demandante de miles de espectadores. Pisas suelo. Esperan que camines en perfecta línea recta, sin error, a paso milimétrico. Un pie delante del otro. Desean el fracaso y, al mismo tiempo, el éxito, aunque son incapaces de ver el fallo o el acierto. Pero osas mostrarte y ellos tienen ahora el poder. No puedes, ¿verdad? Te asfixian sus miradas exigentes. Has caído y ni siquiera ha hecho falta subirte a la cuerda. 

tw Microrrelatos recogidos en la novela Caminar sobre la cuerda. Ed Anorak, 2015. Ester Berdor Corrales es periodista y ha trabajado en varios medios de comunicación y en distintas ciudades. Ahora vive en Fago (Huesca), un diminuto pueblo pirenaico donde huele a tierra. Allí lee, escribe, imparte talleres literarios y en definitiva, es feliz, aunque a veces le cueste trabajo. Caminar sobre la cuerda es su primera novela.

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cuentoscomochurros

Los hombres

lobo

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cuentoscomochurros

NO sé exactamente cuándo empezó todo. A mí me los mencionó por primera vez la señora Valenzuela. Vino a la botica a comprar unos supositorios, esperó a que no hubiera otros clientes, se apretujó contra el mostrador y, en voz bajita, dijo: —Tenga cuidado por las noches, mi marido dice que hay hombres lobo en el pueblo. Luego me habló de ellos Gerardo, el dueño de la conservera. Estábamos en la taberna, un domingo en el que, como todos los domingos, se jugaba al mus. Yo sustituía a mi padre, que estaba en casa con un ataque de gota, y había envidado a chica cuando Gerardo dijo: —Mi hija va a ir de día a las fiestas. Ya se lo he avisado a su madre. No me gustan nada esas amistades con las que anda últimamente. Y le dio un buen sorbo a su copa. Don Manuel, que es el cura y la pareja de mus de mi padre, asintió con la cabeza y todos nos quedamos callados. Mi envite a chica pasó de puntillas así que me anoté una piedra. —Eso es todo mentira —dijo Julio desde una esquina del bar. Pero nadie le hizo caso. Julio me es simpático pero siempre ha sido un poco raro, con su voz ronca y sus dedos sucios de tierra. Con paso lento, el miedo ha ido llamando de puerta en puerta. Los más viejos, más viejos que el cura don Manuel, incluso, hablan de los

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cuentoscomochurros

muertos que hubo hace mucho tiempo, de los cuerpos desmembrados que aparecían en la cuneta del camino o en la linde del bosque. Nosotros lo hemos visto, dicen. El día que anunció el programa de las fiestas del pueblo, el señor alcalde aseguró que todo iría bien. Yo me fío del señor alcalde porque siempre está tranquilo. Sin ir más lejos, hace unas semanas ardió su automóvil. Dicen que alguien le prendió fuego y sólo quedó un esqueleto de hierro, pero el alcalde ni se inmutó, como tampoco se ha inmutado desde que hay rumores y sonríe a las señoras que se asustan por los hombres lobo que se transforman con la luna llena y salen de caza. —He hablado con el alguacil, vamos a redoblar la vigilancia durante las fiestas —dijo aquel día junto a la fuente de la plaza. Y aunque me fío del señor alcalde y de su sonrisa, noté algo así como el arañazo de una garra en el espinazo. Hace unos días empezaron las sospechas en susurros. Tras ellas, llegaron las acusaciones en voz alta. El lunes, sin ir más lejos, la señora Valenzuela me aseguró que había visto a Alberto pasear de noche por su calle. Alberto es el maestro y lo trasladaron hace poco tiempo al pueblo. —¿No te has fijado que tiene algo raro en la mirada? Ese chico no es de fiar - dijo. Y, esta vez, la señora Valenzuela no fue tan prudente, lo dijo sin ningún tipo de prevención delante de Julio, que esperaba su turno. Así que, cuando la señora Valenzuela se fue con sus hierbas para el insomnio, Julio me dijo: —No hagas caso, no hagas caso. Es todo un engaño. —Lo siento, Julio, no ha llegado el jarabe para tu mujer. Julio se fue cabizbajo porque su pobre mujer está enferma de tuberculosis. Ya digo que a mí Julio nunca me pide que le fíe, me paga sus medicinas al momento,

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cuentoscomochurros

pero hay algo en su voz cascada y su cuerpo enjuto que siempre me ha parecido extraño. Al día siguiente me lo encontré en la calle, en una escena que no entendí muy bien. Uno de los trabajadores de Gerardo, el de la conservera, estaba tendido en el suelo. Le sangraba el labio y sollozaba. Julio estaba de rodillas, junto a él, con gesto preocupado. —¡Nos vais a dejar sin nada! ¡Nos vais a dejar sin nada! El trabajador de Gerardo gritaba al vacío, allí no había nadie más aparte de nosotros. Al final, Julio lo ayudó a ponerse en pie y se alejaron. En cualquier caso, hoy el alguacil ha anunciado que han detenido a Pablo, el chico de los Zapata. Nunca he hablado mucho con él porque casi no viene por la taberna, siempre está en el campo, con la azada, o ayudando a su padre en la carpintería. Dicen que lo pueden fusilar si se demuestra que es un hombre lobo. Sería una pena, pero quizás así se acaben los susurros y las acusaciones, y sobre todo así podremos tener las fiestas del pueblo en paz. 

tw Colaboración mensual con Cuentos como Churros: ellos eligen una de las cuatro fotografías seleccionadas de El muro y cocinan con ella un rico churro que publicamos aquí. La fotografía es de Carmina Córdoba, finalista de nuestro Concurso de Fotografía de este mes.

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lapuertadelanevera

Normal Ana M. Teníamos un se ñor viviendo tras la nevera. Para el gobierno es normal, pero me daba cosa: estamos en el bar.

Mentir alo Florentino G cierro la Cada vez que g re unto, ¿por nevera me p del árbol? os qué bajam

Clara Sabremos que todo ha vuelto a ser normal cuando nos lo diga la nevera.

Rosi García Mentir está co ntraindicado. Se ruega no usar, salvo en situaciones d e extrema necesidad.

http://dibujandounpensamiento.blogspot.com.es/

Miedo Laura A ¿Quién dijo miedo? Tengo turrón y polvorones para desayunar hasta primavera.

Grace Black Friday, cam paña electoral, campa ña de Navidad... La pa labra “miedo” se qued a corta: vuelvo en ener o.

Déjale una nota al mundo en La puerta de la nevera: www.grupoanden.com

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diccionariodesaturno

Una nueva civilización está empezando de cero en Saturno, aún no tienen claros algunos conceptos, ¿les echas una mano con el diccionario? Participa en www.grupoanden.com

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s cho ntira i r cap me los de la o AL nd io OR lacie amb B A p L ac DA ía comosos A N d er ra s/ JOR sar el s pod Sand ot.com.e s. a á d. gsp ien z 1. P los m nida ines.blo p a s o de la dig rtosyjard omo Muñ .es/ ie h e o o s c l e . d ://d d ot m e p a d ldona o.blogsp ay l htt u lm ja Ma erber a a l e 2. L tonio odelcanc e ro, eb es r uev An //elpase e m c v r l p: ces htt e e ue ntr ez Q as ve e A oro Góm ue un s. A SIC son Alba q ne Ú e M ma ocio om.es/ ac bro. l l a n l c m o. 2 1.eEl asom uaje dreas las ero.blogspot. lsill o e t g b b r en y o nce un 2. L pies seodelca de s s a lo p://elp jero o. htt agu sm s i l o l a A pit MÍ de l ca NO gran e O ás cía ad EC l m r Gar rus E a . ñ 3 1 écto nta es o v H a m Nie 2. L iot F. Ell


sinopsis

«El juicio» Tras meses de tropelías en el Congreso, el diputado se bate en un duro duelo contra la Administración de Justicia. El tiempo corre en su contra ¿conseguirá evadir de nuevo a los jueces? Esta novela de final previsible no tiene demasiada intriga, pero está de rabiosa actualidad.

Clavel

La humanidad, cansada de tanto dolor y de tanta miseria, inicia acciones legales contra Dios, quien recurre a todo su poder para plantar evidencias, amenazar a testigos y comprar magistrados. Una historia inquietante y un final apocalíptico que te revelará lo peor de las mafias celestiales.

Héctor García

El Juicio Final se acerca y el Cielo y el Infierno, están saturados. Los subdirectores de Recepción de Almas del Cielo y del Infierno son enviados al mundo para tratar de mandar almas al campo contrario. Sin embargo, pronto descubrirán que tienen que trabajar juntos para resolver el problema.

Perseida | http://perseida14.blogspot.co.uk/

Tenemos el título del próximo éxito editorial, nos falta la sinopsis ¿nos ayudas? Participa en www.grupoanden.com

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noviembre

brevemente

En la boca, no Semana 10 de concurso: 23 de noviembre de 2015 Ganador: Javier Palanca Corredor Abandonan, primero uno y luego el otro, la habitación del hotel donde ella ha vuelto a dejar la flor sobre las sabanas revueltas como una firma de lo acontecido. Cuando llega a casa, abraza a su madre y la ayuda a preparar la cena. Su padrastro llega a mesa puesta y las besa con suma conciencia para no equivocarse.

Patera

diciembre

Semana 11 de concurso: 7 de diciembre de 2015 Ganadora: Carmen Quinteiro Las besa con suma conciencia para no equivocarse entre tantas cabezas. Puede que sea la última vez que besa a sus niñas pero la idea ha dejado de dolerle hace días. Ellas, ajenas, juegan a sacar con un pequeño vaso de plástico el agua que va entrando gota a gota en la balsa. Y ella, jugando también a no morir, les dice que cuando lleguen, ya verán, van a ir a comprarse un vestido nuevo y un helado.

Sol naciente Semana 12 de concurso: 14 de diciembre de 2015 Ganador: Sergio Sancho Alías Van a ir a comprarse un vestido nuevo y un helado cuando, de manera súbita, el calor del verano se multiplica por mil. Las ropas se volatilizan, los anhelos se derriten… y los habitantes de Nagasaki desaparecen, como sombras disipadas por un nuevo amanecer.

tw Relatos finalistas de nivuembre y diciembre de 2015 del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena SER y Escuela de Escritores. Puedes leer todos los seleccionados en www.escueladeescritores.com o www.cadenaser.com.

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dindondin

Mujeres en vanguardia Hasta el 27 de marzo Residencia de Estudiantes. Madrid Entrada gratuita http://www.residencia.csic.es/

XXII Certamen de cartas de amor y desamor y V certamen de tuits de amor y desamor Premio: 800€ Presentación de trabajos: Hasta el 15.1.2016 Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Almuñécar. Granada (España) http://www.escritores.org/

Oaxaca, tierra de dioses inmortales Hasta el miércoles 20 de enero Galería Abierta de las Rejas de Chapultepec http://www.cultura.df.gob.mx/

Salón del Libro Infantil y Juvenil de Madrid Hasta el 3 de enero de 2016 Calle Conde Duque, 11. Madrid http://www.esmadrid.com

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decamino

http://www.movinsides.com

MovinSides es una formación musical que produce sus propios contenidos mediante un modelo de colaboración flexible, donde se conjugan la frescura interpretativa de los artistas noveles, que se van incorporando en cada nueva producción, y la experiencia artística, técnica y empresarial del equipo fundador y promotor. En MovinSides producen vídeos de temas propios o covers de gran reconocimiento en el panorama musical y los difunden en redes sociales y plataformas musicales en la red.

tw Nuestro core lo representa la dirección artística y la dirección ejecutiva de la producción. Ya tenemos en proyecto dos nuevas producciones con dos excelentes cantantes, que pronto verán la luz.

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entrecocheyandén

Cumpleaños feliz Paloma Gómez Crespo Alumna de Talleres de Escritura Creativa Clara Obligado

HACÍA rato que José Luis no dormía. Pensaba en el transcurso previsible de aquel lunes. Cuando llegase a casa después del trabajo, fingiría entusiasmarse con la fiesta de cumpleaños preparada en secreto por Merche. Mostraría una ilusión impecable al abrir cada obsequio. Y, luego, al irse a dormir, el regalo de su mujer: Merche con algún camisón sugerente, algún aroma excitante… Por fin sonó el despertador. Fue al cuarto de baño. Después se puso la ropa sin hacer ruido. No quería que Merche se despertase y se empeñara en adelantar parte de su regalo. No estaba de humor. En realidad, hacía años que no estaba de humor. Este pensamiento fue con él durante todo el día. Y no lo abandonó al sorprenderse por su fiesta, ni al soplar las velas. Su mujer lo animó a que formulara un deseo. José Luis, en cambio, tuvo una revelación: jamás había estado de humor, ni siquiera en los encuentros previos al matrimonio, ni recién casados, ni nunca. Ahora cumplía cuarenta y cinco años y Merche habría preparado algo muy especial para la noche. Tembló. Quiso prolongar la fiesta todo lo posible. Quizás, con suerte, ella estaría tan cansada, o tan bebida… ya se encargaba él de llenarle continuamente la copa. Pero Merche era incombustible. Al contrario, cada vez derrochaba más vitalidad. Entonces empezó a beber él, pensando en perder el sentido. No hubo manera, así que insistió en recoger todo cuando se fueron los invitados. Después, por alargar un poco más, propuso a Merche un té, que ella preparó encantada. Lo hizo sentarse en la cocina y lo mimó, con esa sonrisa premonitoria de supuestas delicias carnales. Perdido en pensamientos oscuros casi no la oyó. —¿Qué dices? —Que no me apetece té. Me apetece algo frío. ¿Sabes, José Luis?, hoy se me ha antojado comprar polos de limón.

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entrecocheyandén

Mientras hablaba, Merche sacó un helado del paquete. Al tiempo que forcejeaba con el envoltorio, dijo. —Yo creo que no he comido ninguno desde que era niña. Rasgó el papel y comenzó a chuparlo. —Hmm… José Luis intentó concentrarse en su té, pero algo en ese polo lo atraía y no era la boca de Merche. Ni su lengua, regodeándose arriba y abajo alrededor del hielo amarillo. De vez en cuando, un mordisco esculpía la huella de sus dientes hasta que la lengua lo redondeaba otra vez. Cuando solo quedó un poco de hielo junto al palo de madera, ella lo introdujo casi completamente en la boca. Sus mejillas se estrecharon al succionar. Después, comenzó a separar plaquitas de helado con los dientes, ayudándose con la punta de la lengua. Fue entonces cuando sucedió. José Luis pudo ver cómo Merche se estremecía en el momento en que su lengua tocaba el palo y él se estremeció también. Ella repitió la operación dos, tres veces, y él se estremeció al unísono. Antes de que lo tirase a la basura, arrebató el palo a su mujer y, allí mismo, José Luis abrió la boca, sacó la lengua y fue rozando con ella, rítmicamente, la superficie áspera de la pequeña plancha de madera, penetrando cada vez más, unas veces retrocediendo, otras avanzando, en un encadenamiento de múltiples escalofríos, hasta llegar a ese punto, en el nacimiento de la lengua, donde ésta se rebela con una arcada. Cuando todo acabó, no tenía ante sí a la doctora de su infancia que le diagnosticaba unas anginas, sino los ojos de Merche, entre el desconcierto y el espanto, fijos en él. Sólo entonces José Luis fue consciente de las gotas de sudor que se deslizaban por su rostro congestionado y de sus últimos jadeos de éxtasis. Aquella noche no hubo regalo especial de Merche. Ella se fue a dormir en silencio. Él, a soñar con lenguas, palitos de madera y deliciosos espasmos. 

tw Del libro: Estado crítico. Colección El pez volador, nº 8 Paloma Gómez Crespo es profesora de Antropología Social. En mayo de 2015 publicó el libro Estado crítico, al que pertenece este relato, dentro de la Colección El pez volador de los Talleres de Escritura Creativa de Clara Obligado.

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metroligero - holakokoro

Š Jasten FrÜjen

tw Kokoro es un personaje singular, que se cuela en CpA, para contarte historias en pocas palabras.

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Cuentos para el andén Nº43  

En el 43 de Cuentos para el andén todo son estrenos: una estrella que se ha caído del primer libro de relato de Mariana Torres, tres microrr...

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