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NO sé exactamente cuándo empezó todo. A mí me los mencionó por primera vez la señora Valenzuela. Vino a la botica a comprar unos supositorios, esperó a que no hubiera otros clientes, se apretujó contra el mostrador y, en voz bajita, dijo: —Tenga cuidado por las noches, mi marido dice que hay hombres lobo en el pueblo. Luego me habló de ellos Gerardo, el dueño de la conservera. Estábamos en la taberna, un domingo en el que, como todos los domingos, se jugaba al mus. Yo sustituía a mi padre, que estaba en casa con un ataque de gota, y había envidado a chica cuando Gerardo dijo: —Mi hija va a ir de día a las fiestas. Ya se lo he avisado a su madre. No me gustan nada esas amistades con las que anda últimamente. Y le dio un buen sorbo a su copa. Don Manuel, que es el cura y la pareja de mus de mi padre, asintió con la cabeza y todos nos quedamos callados. Mi envite a chica pasó de puntillas así que me anoté una piedra. —Eso es todo mentira —dijo Julio desde una esquina del bar. Pero nadie le hizo caso. Julio me es simpático pero siempre ha sido un poco raro, con su voz ronca y sus dedos sucios de tierra. Con paso lento, el miedo ha ido llamando de puerta en puerta. Los más viejos, más viejos que el cura don Manuel, incluso, hablan de los

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Cuentos para el andén Nº43  

En el 43 de Cuentos para el andén todo son estrenos: una estrella que se ha caído del primer libro de relato de Mariana Torres, tres microrr...

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