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entrecocheyandén

el enemigo, en un alarde de orgullo republicano, había recuperado en pocos días, mientras festejábamos en verbenas de pueblo una victoria no consumada. Y nosotros, soldados ya veteranos, forzosamente experimentados en matar y no morir, cumplimos órdenes una vez más. Muestra en su pecho, expuestas en un traje militar perfectamente almidonado, su catálogo de condecoraciones. Indecente plusmarquista de medallas y reconocimientos, miserables premios obtenidos a cambio de la sangre de otros, que mataron a su vez a otros tantos, para que hoy, entre aplausos y ovaciones de esta multitud subyugada, luzca orgulloso tales galardones. Cuelga de su cinto una heroica espada, quizá la misma espada que levantó un mediodía de abril en un monte de Cataluña, días después de acabada la guerra, para ordenar el fusilamiento de Ramón, el hermano pequeño que todos tenemos, o tuvimos; alegre, impulsivo, demasiado generoso en lo que cree son su ideales, quien, junto con otro soldado hambriento, quiso saciar su hambre fraguada tras jornadas de latas de sardinas insípidas y pan mohoso, con dos gallinas escuálidas robadas en una granja, con las que hicieron un caldo acuoso e inconsistente. El inflexible Capitán Castro, ya en vías de promoción y ascenso, encontró en la traición de estos dos muchachos motivo para demostrar a sus hombres la manera en que había que tratar la indisciplina. Los mandó fusilar, antes de asistir a una comida de elogio y reconocimiento que le brindaba la cúpula militar franquista, donde se hartó de embutidos, vino de la tierra y cordero lechal. Su mano es blanca, propia de una señorita de provincias, de dedos largos y finos, de manicura perfecta. Uñas que jamás han guardado tierra y mugre de trinchera bajo ellas, dedos que hace ya mucho que no sostienen un fusil, que ni siquiera en tiempos de guerra lo sostuvieron, tan solo movían piezas de madera sobre un mapa extendido en una mesa; batallones, ejércitos, divisiones de artillería, que ilustraban la que sería próxima victoria del Capitán Castro, el brillante estratega. La mía es ancha, morena, dedos cortos, cuarteados, callosos, usó fusiles y

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Cuentos para el andén Nº41  

Cuentos para el andén nº41 recupera los textos de autor novel, con la participación un nuevo Taller Colaborador: Ítaca Escuela de Escritura,...

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