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andéntres

Conversación en penumbra Clara Redondo

LA familia Black son dos: Linda Black y Tom. Ella se enamoró de Tom cuando iba en el metro. Lo vio toqueteando ensimismado sus dos anillos, uno en el índice y otro en el corazón, y vio también cómo una cabeza de serpiente pintada en el pecho se asomaba a respirar por entre su camisa. Pero no nos vayamos a engañar, lo que la dejó clavada al suelo metálico fue el reflejo de él en el cristal negro, entre estación y estación, que le recordó a S, su primer amor de la adolescencia. Fue singular la manera que tuvo ella de declararse. Se acercó con disimulo a la serpiente y le sopló un poquito de aire. Al momento, Linda se desmayó a los pies de Tom. La falta de vitaminas y que no había desayunado esa mañana fue la explicación perfecta. Eso le contaba Linda a Tom, ya en el andén, mientras este le acariciaba la cabeza después de que por fin hubiera vuelto en sí. Plas, plas, dos cachetitos en las mejillas por habernos dado este susto. En la casa de la familia Black se viven dos vidas. Hay parejas de muchos tipos. Por ejemplo las que tardan una eternidad en llegar a conocerse y, a pesar de haberlo conseguido, por la senda se les van cayendo las piezas de la maquinaria. O aquellas a las que no les importa no conocerse más que por el contacto de sus manos y sus vísceras. O las que, no se sabe si por un capricho divino o por una preciosa casualidad, nacieron para acoplarse uno en la vida del otro sin esfuerzo. Y Linda se acopló en la de Tom como si ese hueco en la cama de él la estuviera esperando a ella y nada más que a ella. Así empezaron a vivir, sin hacerse preguntas.

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Cuentos para el andén Nº40  

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