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nº38

junio2015

elmuro [3] andénuno [5]

Un pasajero bebé, Bram Stoker andéndos [9]

El carnicero, Alejandro Moreno Romero andéntres [15]

Una cosita así, Liliana Silva cuentoscomochurros [20] lapuertadelanevera [22] diccionariodesaturno [23] sinopsis [24] brevemente [25]

Relatos en cadena dindondin [28] decamino [29] entrecocheyandén [30]

Niña, Michelle Erazo

novedades

metroligero [33]

Crece con buena salud la recién creada Sinopsis: nuestros lectores traen propuestas para títulos imaginarios tan sugerentes como Los banqueros o La huida.

Edita: Grupo Andén C/ Feijoo, 6 - 4ºA - 28010 Madrid | edicion@grupoanden.com | www.grupoanden.com Comité editorial: Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Leticia Esteban | Editora: Natalia Muñoz. Asesores de contenidos: Sergi Bellver, Juan Carlos Márquez, Kike Cherta, Juan Martini (Buenos Aires, Argentina) y Mónica Pano (Argentina) Publicidad: edicion@grupoanden.com | Diseño: www.jastenfrojen.com Ilustración: Coordinación: www.leticiaestebanilustracion.com Ilustración portada e interior: © Marta Magenta | http://www.martamagenta.com

Con la colaboración de:


elmuro

Tema: El sonido del silencio

Ganador: Conversando con su amarga soledad, Joan Otero. Tortosa (España)

Finalistas:  



Respirar, Raquel González. Madrid (España) Sin título, Adolfo Ruiz . Boadilla del Monte (España) Silencio, Alberto Velasco. Madrid (España)

Concurso de fotografía Participa enviando tus fotos a lector@grupoanden.com Consulta las bases y mira las fotos en Facebook y grupoanden.com Tema del próximo concurso: Barreras

Te escuchamos: Cuentos para el andén @cuentosanden lector@grupoanden.com

www.grupoanden.com

Este número comprobamos cómo el creador de Drácula, Bram Stoker, también trabajaba el relato breve abandonando el género fantástico para adentrarse en escenas mucho más mundanas, además encontraremos la historia de un carnicero que lo lleva muy a gala, de la mano de Alejandro Moreno Romero, y nos estremeceremos con Una cosita así, que viene de Buenos Aires en el texto de Liliana Silva, también descubriremos obras de arte que se pintan sobre la piel de un maniquí. Y más cosas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

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andénuno

Un pasajero bebé Bram Stoker

UNA noche nos hallábamos viajando al oeste de las Rocosas en un tren nocturno que amenazaba con hacernos saltar los dientes cada vez que se alteraba el deslizamiento del coche cama sobre la vía. Viajar por esa parte del mundo, desde luego en los tiempos a que me refiero, resultaba bastante duro. Los viajeros eran casi siempre hombres, todos agotados por el trabajo, todos muy irritables e intolerantes con cualquier incidente que interfiriese en el tiempo dedicado al descanso y menoscabase sus energías. Cuando se viajaba de noche las camas de las literas se hacían muy pronto y, como los trenes nocturnos estaban integrados en su totalidad por coches cama, lo único que uno podía hacer era acostarse enseguida y dejar transcurrir el tiempo durmiendo. Esa medida le convenía a todo el mundo, pues la mayoría de los pasajeros solían estar extenuados por el trabajo diario. Es de comprender que en tales circunstancias las mujeres y los niños pudiesen constituir elementos perturbadores. Afortunadamente, era raro que viajasen de noche y las mujeres, además, con esa consideración hacia las necesidades de los hombres de su familia que siempre he percibido en las trabajadoras norteamericanas, solían dedicarse a mantener a los críos en silencio. El tiempo era inclemente y los estornudos y las toses estaban a la orden del día. A los ocupantes de las literas, todos hombres, ese barullo les provocaba cierta irritación, y más aún porque la mayoría de ellos participaba en el coro general de ruidos, que sonaban amortiguados por edredones y cortinas, de modo que era imposible localizar a ningún culpable específico de la profanación colectiva. Al cabo de un rato, sin embargo, los diversos cambios de postura, a medida que nos reclinábamos o tumbába-

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andénuno

mos, fueron produciendo un cierto efecto sedante y nuevos ronquidos esporádicos empezaron a alterar la monotonía de la exasperante situación. En un momento concreto el tren se detuvo en una estación intermedia; a continuación, se dedicó un buen rato a maniobrar hacia atrás y hacia delante, creando esa incertidumbre sobre el momento exacto en que se producirá la próxima sacudida, que tiene un efecto tan particularmente molesto cuando el sueño es deficiente. Entonces entraron en el compartimento dos nuevos pasajeros: un hombre y un bebé. El crío era muy pequeño, lo bastante pequeño como para mostrar una osada e intransigente ignorancia de todas las normas y reglamentos que rigen el interés común. Sólo se preocupaba por su bienestar y, como estaba frenético y dotado de unos pulmones excepcionalmente poderosos, su mera presencia en aquel estado emocional, aunque la causa que lo provocaba constituyera un misterio, se puso de relieve al instante. Cesaron los ronquidos y en su lugar se escucharon amortiguados gruñidos y quejas; las toses parecieron aumentar con renovada exasperación y por todos lados se alzaba el rumor de una humanidad incómoda e impotente. Algunos pasajeros corrieron las cortinas con violencia haciendo chirriar bruscamente las arandelas sobre las varillas de metal y, con los ojos centelleantes y los labios fruncidos, fulminaron con una mirada salvaje al intruso que perturbaba nuestra tranquilidad, pues así habíamos llegado a considerar la situación previa en comparación con la actual. El recién llegado parecía no ser consciente de nada y siguió intentado calmar a la criatura con una actitud impasible, cambiándola de brazo, moviéndola de arriba abajo o meciéndola de un lado a otro. Todos los críos son maliciosos, y la perversidad natural del hombre (tal como fue engendrada por la maldición original) parece alcanzar su máxima potencia en la peculiar manera en la que ellos exteriorizan sus sentimientos. Aquel bebé era un buen ejemplar típico de su clase. Parecía carecer de consideración alguna, de respeto a los padres, de afectividad natural y de cualquier posible mesura en la virulenta

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andénuno

manifestación de su rabia. Chillaba, rugía, berreaba, bramaba. Las nociones primordiales de obscenidad, profanación y blasfemia se entremezclaban en sus berridos. Golpeaba a su padre en la cara con el puño cerrado, le clavaba en los ojos sus dedos crispados y usaba la cabeza como un instrumento propulsor para embestirlo. Pataleaba, luchaba, se retorcía, se encogía y giraba sobre sí mismo con sinuosas convulsiones, hasta el extremo de que su frenéticos ejercicios vocales y musculares provocaban por momentos que se le ennegreciera la cara. Durante todo ese tiempo el imperturbable padre estuvo procurando calmar a la criatura a base de cambiarla continuamente de postura y susurrarle frases como: "¡Anda ya, cielo mío!". "¡Chis! Tranquila, pequeña". "¡Descansa, cariño, descansa!". Era un hombre alto, desgarbado y anguloso, que irradiaba paciencia y tenía las manos grandes y ásperas, y unos pies enormes que movía sin cesar mientras hablaba; de manera que, tanto el padre como la cría, daban la impresión de estar sumamente nerviosos. La situación parecía ejercer una especie de hechizo sobre la mayoría de los hombres del vagón. Las cortinas abiertas de las literas dejaban entrever un montón de cabezas, que se asomaban todas con el entrecejo fruncido. Yo me reí entre dientes intentando disimular mi esparcimiento, no fuera a ser que se me aguase la fiesta. Durante un buen rato nadie protestó hasta que, por fin, un individuo moreno de mirada salvaje y larga barba, que recordaba a un hermano mormón, dijo: —Oiga, maestro, ¿qué clase de pieza aulladora lleva ahí? ¡Eh, colegas! ¿Es que nadie tiene una pistola? Desde las literas llegó un moderado coro de aquiescencia: —¡Esa maldita cosa tendría que morir! —¡Ni los perros de la pradera aullando a la luna llena lo podrían superar! —Al despertarme con esos aullidos creí que los tenía encima otra vez. —No importa, tíos, puede que sea una bendición disimulada. Algo malo nos va a ocurrir en este viaje, pero después de esto:

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andénuno

¡Morir estará chupado! Entonces habló el hombre: —¡Perdonen, señores, si la niña los está molestando! Sus palabras sonaron tan fuera de lugar que desencadenaron un clamor de risotadas que pareció sacudir el vagón. Al oeste del estado Mississippi las cosas son o, en todo caso, solían ser un poco primitivas, y las ideas no se quedaban atrás. Las carcajadas sonaban rudas y groseras, y en esta ocasión hasta el hombre desgarbado pareció percibirlo. Pero su única reacción fue estrechar aún más a la criatura contra su pecho, como para protegerla de la avalancha de irónicas chanzas que vino a continuación. —¿Molestarnos? ¡Oh, no, en absoluto! Es el mejor certamen de delicados sonidos que he oído en mi vida. —¡Vivan los jarabes para bebés! —Por favor, no perturbemos su concierto con nuestro sueño. —¡Deléitenos con un poco más de esa dulce cháchara! —Ningún sitio como el propio hogar con una criatura en él. Justo enfrente del hombre que se movía nerviosamente con la criatura, estaba la litera de un joven gigantesco a quien yo había visto meterse en el sobre por la tarde. Parecía no haber advertido el alboroto hasta entonces, pero de repente descorrió las cortinas con violencia y, asomándose apoyado en un codo, le preguntó al hombre en tono airado: —Dígame, ¿dónde está la madre? El tipo le contestó sin volverse, en una voz baja y exhausta: —¡En el vagón de mercancías, señor… en su ataúd! El silencio que embargó a todos los pasajeros fue sobrecogedor. Tanto los gritos del bebé como los rugidos, bramidos y traqueteos del tren sonaron de pronto como aberrantes violadores del profundo silencio. El joven, ataviado sólo con el calzoncillo, se plantó al instante en el suelo junto al hombre. —Mire, forastero —le dijo—, ¡si lo hubiera sabido me habría mordido la lengua antes de hablar! Y ahora que lo observo, mi pobre amigo, ¡veo que está completamente agotado! Ande, deme a la niña y métase usted en mi litera y descanse. ¡No! No

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tema nada —añadió al ver que el padre se apartaba un poco y abrazaba a la criatura con más fuerza—. Pertenezco a una familia muy numerosa y estoy acostumbrado a cuidar niños. Démela a mí, yo me ocuparé de ella; y ya le diré luego al revisor que lo avise cuando lleguemos a su estación. Extendió sus enormes manos y cogió a la pequeña, que el padre le entregó sin decir nada. Él la sostuvo con un brazo mientras con el otro ayudaba al hombre a meterse en su litera. Aunque parezca extraño, la niña no volvió a enrabietarse. Pudo ser porque el cálido cuerpo del joven le recordaba el calor y la suavidad del pecho de su madre, a quien sin duda extrañaba, o porque la serenidad de aquel desconocido la calmara mientras que al agotamiento nervioso del angustiado padre sólo había conseguido irritarla, pero la pequeña reclinó la cabeza sobre el hombro del joven con un apacible suspiro y al instante pareció quedarse profundamente dormida. Y toda la noche, arriba y abajo, abajo y arriba, suavemente marchaba el gigantesco joven en calzoncillos y calcetines, con el bebé dormido contra su pecho mientras que en su litera el exhausto padre, golpeado por la tragedia, dormía… y olvidaba. Y de alguna manera pensé que si bien el cuerpo de la madre yacía en el vagón de mercancías en el otro extremo del tren, su alma no podía andar muy lejos.

tw Del libro: Bram Stoker, Cuentos inéditos. Ediciones del viento, 2013. Bram Stoker (Clontarf,1847 - Londres, 1912). En 2012 la editorial Palgrave Macmillan publicó una colección de escritos inéditos del autor, un año después, Ediciones del Viento rescataba de dicha edición siete relatos inéditos que ofrecía en primicia en su versión traducida al castellano.

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andéndos

El carnicero Alejandro Moreno Romero

VICENTE es carnicero de oficio y lo lleva muy a gala. Cuando tiene que hacer alguna gestión y le preguntan: "¿Profesión?", siempre responde: "Profesión, ninguna; oficio. Yo soy carnicero de oficio". Vicente tiene muy claro lo que es cada cosa: las gentes de profesión se mueren por ir de traje y corbata, y para entender lo que hablan hay que fijarse mucho; a las gentes de oficio, maldita la falta que les hacen la corbata ni el traje y le dicen al pan, pan y al vino, vino. El padre, el abuelo y el bisabuelo de Vicente fueron todos carniceros de oficio. De antes, no se acuerda porque al más viejo que conoció fue a su bisabuelo, que duró más de cien años y tenía una hermosa voz de bajo con la que le contaba historias de la guerra de Cuba y de paso, aprovechaba para mentarle la madre al general Weyler. Ni su padre ni su abuelo le dejaron a Vicente más herencia que el oficio bien aprendido. En

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andéndos

cambio, su bisabuelo, lo que son las cosas, le encomendó, como un precioso legado, un exquisito amor a los animales. "Vicentín, hijo -le decía su bisabuelo-, los animales son como hermanos nuestros, más que hermanos, porque nos dan de comer y sus carnes y sus entresijos se convierten luego en los nuestros, así que, bien mirado, son como nuestra madre, sólo que de otra manera y por la fuerza. A los animales hay que estarles muy agradecidos por lo que hacen por nosotros. Nunca hagas sufrir a un animal por gusto, hijo, mira que eso es de gente de mala ralea". Vicente no lo entendía todo pero aún lleva muy dentro lo de la gratitud y lo de evitarles sufrimientos a las reses. Cada día, cuando abre el frigorífico les pide perdón a los costillares, a los redondos y a los solomillos por si alguien los hizo sufrir, en vida, más de lo necesario. Cuando Vicente corta la carne, lo hace con el respetuoso mimo con que se debe tratar a los muy ancianos y a los recién nacidos. Y hasta los cuchillos los tiene afilados como navajas barberas para que su trabajo sea rápido y limpio como un arroyo de montaña. Lo peor es cuando toca matadero. Vicente no odia los mataderos porque no sabe, pero se le rajan los ánimos cuando ve lo que ve y escucha lo que escucha. El día que toca matadero, Vicente se entrega al único exceso que conoce: se compra un par de botellas de rioja y se lía a beber hasta que acaba borracho como una cuba. Todos los días de matadero, Vicente observa muy escrupulosamente el mismo rito: Vuelve a la tienda, guarda la mercancía en el frigorífico, echa el cierre, se ducha, se cambia de ropa y se compra sus dos botellas de rioja. Después se va a la avenida de plátanos del par-

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andéndos

que, que suele estar sola los días de diario, se sienta en el primer banco y empieza a beber. Cuando lleva como media botella y la calle empieza a hacerle súbitos guiños, se levanta y sigue bebiendo en el banco próximo y mientras tanto, va cantándoles nanas a los cabritos y a los corderos lechales que dejó en el frigorífico. Cuando ya no puede más, se tumba en el banco donde le entra la modorra. Al despertar, sigue bebiendo y sesteando, de banco en banco, a lo largo de la avenida, hasta que se le acaba el vino. Entonces se echa a dormir y cuando vuelve a estar en sus cabales, se sienta, se tira media hora llorando, le reza un padrenuestro a su bisabuelo y se va a su casa. Al día siguiente está como nuevo.

tw Del libro: La tripa de Jorge. Ed. Huerga&Fierro, 2015. Alejandro Moreno Romero (Lucena, Córdoba, 1941) Poeta, Narrador, Abogado, Informático. Escribe poesía desde 1961. Miembro fundador de la Asociación Prometeo de Poesía. Desde mediados los años 90 se dedica a la narrativa. En Poesía obtuvo, entre otros, los premios Antonio Machado, Reina Amalia, Rilke, Dama de Elche y Ateneo Jovellanos. En narrativa obtuvo el Premio de Relato Lope García de Salazar.

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andéntres

Una cosita así Liliana Silva

SACAME de adelante a esa nena, dijo un día Carlos Andrade, cuando el Viejo agarró del hombro a Catalina y la paró entre los dos. Andrade hacía tiempo que le había echado el ojo a la mocosa, menudita, desgreñada y tosca, pero no se iba a manchar por una cosita así. Pero el Viejo sabía cuándo un tipo se alzaba con alguien, no de balde llevaba como treinta años trabajando entre las putas, y le vio al otro la chispa del deseo saltando entre los ojos. Catalina pasó esa tarde en el rincón, sentada entre los bolsos de los petroleros, jugando con un gatito blanco que se había colado como ella, nadie entendía cómo. El Viejo y Andrade hablaron largo rato mientras la Zule les cebaba mate y en la tele el noticiero no tenía fin. Cada tanto el visitante miraba a la nena y la chispa se volvía a encender. El Viejo pensó te tengo agarrado Andrade, ya sé como manejarte. Cuando se fue era noche, la música sonaba fuerte y todas las chicas del local estaban arregladas, esperando a los clientes. Catalina se había dormido tirada en el piso. Andrade discutió una mañana con el jefe por unas minucias de escobas y trapos de piso y fue relocalizado en un puesto de la cordillera, donde solo los gendarmes se veían pasar. El Viejo se quedó sin ladero para conversar por las tardes porque hacía ya mucho tiempo que nadie le prestaba atención, creídos como estaban que ese mugriento vejestorio no podía ser el fiolo del puterío. Entonces se fue callando cada vez más. La miraba a

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la Zule y ella sabía lo que tenía que hacer, daba las órdenes, cobraba a los clientes y pagaba las cuotas mientras el Viejo cabeceaba malamente sus siestitas en el fondo del local. A Catalina nadie la miraba, salvo Encarnación, la china que limpiaba las piezas de la pensión, las aulas del colegio y la casa de Andrade. Desde que su patrón había sido trasladado, ella se manejaba en la casa como si fuera propia, abriendo las ventanas de mañana, ventilando, plumereando y cerrando nuevamente al caer el sol. Sabía que Don Carlos volvería. Y volvió. Al jefe lo agarraron con unos cuantos asuntos turbios entre las manos, lo mandaron a Buenos Aires a dar explicaciones y reubicaron a Andrade en su puesto original. Cuando el Viejo se enteró, radiante y emocionado, pensó en el amigo y se acordó de la nena. La buscó por todos lados porque hacía rato que le había perdido el rastro entre tantas mujeres y la encontró en el patio de atrás, sentada en unos cascotes expulgando a la gata. La hizo bañar, perfumar y pintar como una grande y se la mandó a Andrade con un papelito que decía "Para uste, mi amigo. Que la disfrute". Catalina salió a la calle por primera vez en muchos años y miró todo asustada. El Viejo la empujó un poquito y la aventó con las manos como si quisiera sacarse un montón de malos espíritus del cuerpo. Después se sentó en el salón, a esperar. Cuando Andrade llegó al puterío, dos días después, a tomar unos mates con el Viejo, la Zule lo miró como a un chico que hociqueó la torta. Lo midió, le sonrió y le hizo el gesto silencioso que indicaba que lo esperaban en el fondo. El Viejo estaba sentado en su rincón, con una sonrisa desdentada y turbia que le llamó la atención al gendarme. Pero como en esos pueblos nada se puede ocultar, pensó que el Viejo se había enterado de su ascenso y por eso le reía pícaro. Apretón de manos,

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frases de bienvenida y agradecimiento y después, el silencio obligado de los primeros mates. Solo se oían la tele en su perpetuo noticiero y las chancletas chillonas de la Zule en su ir y venir a la cocina. Hablaron de pavadas un rato y cuando Andrade estaba por irse, parado y extendiendo su mano al otro para saludarlo, el Viejo no pudo más y le preguntó: ¿Le gustó la mocosa, amigo? Se la guardé para usté. Enojado y sin entender nada, salió para su casa. La mocosa le había picado desde el primer día, cuando ni tetitas tenía, y había luchado con las ganas un montón de tiempo. Era demasiado chica para enredarse y más todavía en ese pueblo de chusmas. Pero la nena lo había atormentado en la cordillera, por más que las chilenas de Victoria se esmeraron en sacarle las ganas y había pensado en ella al regreso, en cuánto habría crecido y si ya tendría altura como para soportarlo en la cama. Y encima el Viejo le dice que se la mandó de regalo, peinada y con moño, a su casa, para que él la disfrute. Pero en su casa no había nadie. Si hasta la china Encarnación no había aparecido a saludarlo, a decirle patrón, le mantuve la casa limpita y ventilada, como a usté le gusta. Y ahí cayó. Había un cartel en la heladera con la letra tortuosa de Encarnación que él ni se preocupó en leer, pensando en algún reclamo, cosas para comprar o lamparitas rotas. Entró como tromba y arrancó el papel de la heladera, haciendo volar el imán más allá de la mesa. Le costó entender porque a la letra enredada y chueca y la ortografía ausente, había que sumarle las lágrimas que habían encogido el papel. La china le pedía perdón por abandonarlo así, en un de repente, y que perdón ni que carajos, pensó Andrade leyendo el papel sucio. Él había sido bueno con la china, la había sacado del puterío y le había dado trabajo, nunca la había tocado ni en

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pensamientos, por la historia aquella de los tíos vendiéndola por dos cajas de cigarros y le confiaba la casa y el uniforme. Pero eso no le daba derecho. La nena era para él desde un principio, lo sabían el Viejo, la Zule y todas las chicas del puterío. Solo tenía que esperar a que creciera un poco, nada más. La china no tenía derecho. Él la había respetado, siempre. Y quería recibir lo mismo. Si ella no quería ser puta estaba en su derecho, como él en el suyo, de comerse una cosita así de tierna, una vez en la vida.

tw Relato inédito (integrando un libro en gestación que se llamará Globalizados). Liliana Silva. Escritora, narradora oral, docente e investigadora argentina. Autora de Mujeres Desnudas, Tierra Soñada, El Sol, la Luna y los Eclipses, Argentinos, Curva peligrosa y coautora del ensayo histórico Perón; cuándo y dónde nació. Integrante, por 20 años, del programa de radio Las Noches y los Cuentos.

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cuentoscomochurros

BUSCAS a tu madre por la casa. Has venido de visita. Has abierto con tus llaves. Encuentras a tu madre en su dormitorio, sentada al borde la cama y casi a oscuras, con la mirada ensimismada en los visillos, como si le faltara decisión para descolgarlos y echarlos a lavar. Te sientas a su lado. Tu madre es una mujer dulce. Tiene los ojos vivos, muy vivos. Mirando los ojos de tu madre se te ocurre que es feliz. Mantiene la mirada enredada en los visillos. Sus puños descansan en el regazo. Cubres sus puños con tu mano grande para darles calor. ¿Estás bien, madre?, le dices, ¿quieres que te traiga alguna cosa? —Quiero que se muera tu padre -te dice. Los puños de tu madre como pajarillos. Tienes que cubrirlos para darles calor. Debió ser una niña alegre, tu madre, con esos ojos tan vivos, tan radiantes. Te la imaginas jugando al escondite entre las viñas, bailando alrededor de la hoguera después de cosechar. Tu madre es una mujer guapa. Ahora es mayor y tiene el cuerpo redondo. Observas la habitación, la cama hecha, los armarios organizados, las cosas en su sitio. Viendo la casa de tu madre se te ocurre que tiene lo necesario para ser feliz. Te levantas para ir a la cocina. Vas a traer un vaso de agua a tu madre porque igual lo que tiene es sed.

FE DE ERRATAS: En la sección Cuentos como Churros del nº 37 aparecía como autor de la foto seleccionada Carlos Rivero, cuando era en realidad Rosa María García.

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cuentoscomochurros

S e d tw Colaboración mensual con Cuentos como Churros: ellos eligen una de las cuatro fotografías seleccionadas de El muro y cocinan con ella un rico churro que publicamos aquí. La fotografía es de Joan Otero, ganador de nuestro Concurso de Fotografía de este mes.

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lapuertadelanevera

Trastero Lorezno Esta nevera es un to: he trastero fresqui mpra. co r ce ha salido a

Estela El trastero se ha convertido en mi segunda casa. La primera está desie rta y en ésta falto solo yo .

Cadenas José M. Iaru ssi En el freezer puse las cadenas que te apresaban por si un día te cansas de la libertad.

Sandra son las Las cadenas que valen únicas cosas están d más cuan o s. ta ro

http://www.letracero.com.ar/ http://desiertosyjardines.blogspot.com.es/

Remedio Elena Q. io El mejor remed da vi la ra cont es vivirla.

#Fer Tapia Viva, sienta: santo remedio.

Déjale una nota al mundo en La puerta de la nevera: www.grupoanden.com

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diccionariodesaturno

Una nueva civilización está empezando de cero en Saturno, aún no tienen claros algunos conceptos, ¿les echas una mano con el diccionario? Participa en www.grupoanden.com

os ram si t n T ade os NE ue os salim R q n E a ue no ez INT radoj dola. la q ue ya drígu a n n P é 1. struy a e a q Ro ativ y de l ribel de dra. m for os Ma San a in icarn ados. ñ a ar un nic s/ 2. M a comcomu ral. t.com.e o o b par es in p la gs rcía do bero.blo si Ga no o i r r ES pe nce Ro / ION del seodelca tivo. t.com.es C a po o lpa CA VA rgasm http://e xclam to.blogs n e . e 2 1. O tonio ntesis pensami An Paré andoun 2. ://dibuj es/ m. p t.co htt o . p D po blogs DA k/ . ÜE l tiem cerbero. po blog.co.u G I e m n T . a e a eid AN sos d aseodelc l ti de tp://pers o /elp P e t . t / 3 1 . http: rizon id. .h v A l ho ada 2. E elo C Ch la ilita c a f

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n ció ica n u com

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sinopsis

«Pánico en las calles» Una inesperada caída del sistema bancario mundial ha provocado bancarrota en países poderosos, los multimillonarios pelean por migajas de pan… y un par de chicas socialités se niegan a perder su vida de lujos con la única moneda valida en todos lados: maní. Una divertida comedia con un final inesperado.

Marco García

«La huida» Atascadas las puertas giratorias, los diputados corren como locas cucarachas intentando escapar. Un sinfín de aventuras y situaciones cómicas en el congreso nos harán disfrutar, sorprendiéndonos con un final inesperado. ¿Tendrá suficiente batería la tablet de Celia? ¿Encontrará Soria el meridiano de Greenwich? ¿Jugarán a las cartas sin sobres?

Rosi García http://dibujandounpensamiento.blogspot.com.es/

«Los banqueros» Un intrépido grupo de muchachitos trata de hacerse con el control mental de toda una nación mediante un sofisticado procedimiento de lavado de cerebro inducido, que se transmite a través de medios de difusión. Por suerte fracasan en su intento. Por desgracia deciden seguir vendiendo hipotecas, con similares resultados.

Arcadio

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Tenemos el título del próximo éxito editorial, nos falta la sinopsis ¿nos ayudas? Participa en www.grupoanden.com


brevemente

Un día de mayo de 1615 Semana 30 de concurso: 1 de junio de 2015 Ganadora: Chelo Sierra López —La Inquisición no tardará en llegar -dijo alarmado por el estruendo de los cascos de los caballos, el chirrido de las ruedas de los carros y los gritos que se oían cada vez más cerca. Maldijo una y mil veces la locura de su hija, empecinada en hacer creer a todo el mundo que poseía la pócima de la inmortalidad, y se apresuró a abrir la tapa de una tinaja vacía de las que solía usar para almacenar el vino-. Rápido, aquí, escóndete. Magdalena obedeció y permaneció quieta y callada hasta que, cuatrocientos años después, salió, sigilosa, a estirar las piernas.

junio Vigilia Semana 31 de concurso: 8 de junio de 2015 Ganador: Álvaro Botija Ibáñez Salió, sigilosa, a estirar las piernas, como cada noche. Pasó junto a la garita donde el guardia roncaba a pierna suelta, envuelto en el grueso abrigo del uniforme de invierno. Sonreí al verla entrar y robarle con suma tranquilidad un cigarrillo del paquete de tabaco. Después atravesó la alambrada por ese hueco que había cortado semanas antes y que aún no habían descubierto y se sentó bajo aquel árbol desde el que siempre observaba el estrellado cielo. Quité el vaho de la lente y volví a efocar su figura uniformada en la mirilla del rifle.

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brevemente

Infiltrado Semana 32 de concurso: 15 de junio de 2015 Ganador: José Francisco Manso Llorente Volví a enfocar su figura uniformada en la mirilla del rifle. Daba saltos y movía los brazos ostensiblemente sobre la cabeza. Por tercera vez, bajé el arma. Aunque fuera a lo lejos, debería verlo a simple vista. —¿Novedades cabo?- Era la voz de mi sargento. —Hay un individuo enemigo, haciendo señas por allí. Pero por algún motivo después se oculta. Tomó sus prismáticos y miró atentamente sin éxito. —Apunte con mi rifle sargento- y le pasé el arma. El sargento quiso ajustar el objetivo y me miró boquiabierto mientras me mostraba aquel ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado.

tw Relatos finalistas de junio de 2015 del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena SER y Escuela de Escritores. Puedes leer todos los seleccionados en www.escueladeescritores.com o www.cadenaser.com.

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dindondin

I Premio de relatos de humor: "Ella y el abanico" Entrega de trabajos: hasta el 30 de julio http://ellayelabanico.com

XVI Certamen de pintura en directo Rafael Boti Domingo 5 de julio Torrelodones (Madrid) http://www.torrelodones.es

Fotografía Científica UNAM Hasta el 19 de julio Galería Abierta de las Rejas de Chapultepec. México http://www.cultura.df.gob.mx

Fotografía, instalaciones y medios alternativos Hasta el 12 de julio Palacio Nacional de las Artes. Ciudad de Buenos Aires (Argentina) http://www.cultura.gob.ar

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decamino

www.visualshopper.es

Detrás de la marca Visual Shopper está Andrés J. Blazquez, un diseñador madrileño que, tras 20 años dedicándose al Diseño Gráfico, ha decidido liarse la manta a la cabeza y dedicarse al diseño artístico y artesanal, desarrollando una línea de originales maniquíes. Visual Shopper lanza diversas colecciones que van desde algunos personajes cinematográficos, a figuras con aire flamenco, pin up o de catrina mexicana, pasando por algunos bustos ilustrados con fragmentos de obras de arte tan conocidas como El Guernica. Bustos y cuerpos pintados a mano, no hay dos iguales, pensados tanto para escaparates de diseño, expositores de joyería y sombreros, como para decorar tu hogar.

tw Visual Shopper ofrece un elemento innovador y artesanal. Se pueden encontrar en www.visualshopper.es, por RRSS como Facebook (Visual Shopper), Twitter (@VisualShopper) y en su tienda-taller de Madrid, en calle Pedro Unanúe 15 y en las siguientes tiendas: La Turmix, ZOE, Espacio Pitiminí.

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entrecocheyandén

Niña Michelle Erazo Miembro del grupo de relatos de Patio Maravillas

Todos por igual aprendimos a saltar la rayuela

MI madre no me esperaba, pero igual le fui un feliz advenimiento. Aprendió a tejer, cocinar, primeros auxilios e incluso la escala musical para ser una gran madre. Pero algo que nunca pudo afrontar fue cortarme el cabello. Para ella era un suplicio, ya que odiaba las tijeras y demás objetos de la misma familia. En cambio yo, lo que no soportaba era que me llevara a la peluquería, algo que era bastante seguido por eso de que mi madre era muy previsora, bueno más bien, miedosa. Me decía que más valía rebajarme el volumen de la melena antes que fuera necesario que ella tuviera que hacerlo por su cuenta. Entonces cada quincena bajábamos al local del Señor Peluquero Anacleto Becerril, que a mí no me inspiraba nadita de confianza. Siempre nos decía que me cortaría en capas y señalaba al azar alguna de las fotos que colgaban de la pared con las cabezas de clientas que según él habían pasado por ahí y que yo dudaba mucho que no fueran recortes enmarcados y en cuanto mi madre se quedaba frita leyendo las mismas revistas deshojadas que había ahí, el hombre se convertía en un tipo de director de orquestra desquiciado y yo terminaba toda trasquilada y pareciendo un niño. Y ya sabía qué era lo que sucedía al día siguiente: las burlas corales en el cole. -¡Niño, eres niño, un niño con falda!- y entonces en una ocasión, cambié la falda por los pantaloncillos cortos del uniforme, porque me era más sencillo que convencerlos de que era niña y también la verdad es que me resultaban mucho más cómodos de llevar.

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Mis compañeros se fueron olvidando de la broma y de que yo fuese niña, es más, llegué a pensar que tal vez era así, porque aparte de que era verdad que llevaba el cabello muy corto, poco ayudaba que no tenía orificios para los pendientes, por eso de que a mi madre le mareaba la sangre y los aros que se llevaban de moda en ese entonces, en fin, cosas muy de ella. Algo que también podía confundirlos y sobre todo confundirme, era que yo no jugaba a la comba con las demás niñas, me aburría un montón saltar sin sentido hasta cansarme y tampoco entendía porque los niños se quedaban embobados al ver agitarse las faldas. Para mí, había cosas más divertidas que hacer, como seguir los caminos de las hormigas o encontrar el sitio exacto de los grillos o subir a los árboles a ver nidos. El día que besé a una oruga felpuda y la boca se me hinchó como balón, mandaron llamar a mi madre a la oficina de la Señorita Directora Serapia Gómez. A mí me dejaron sentada fuera de la oficina, pero aun así, se podían ver las sombras de las dos a través del cristal traslúcido de la puerta, la directora se la pasó todo el rato moviendo los brazos de modo exagerado y mi madre asintiendo con la cabeza. -La directora me ha comentado que durante el recreo haces cosas que las niñas no hacen.- Me dijo mientras regresábamos a casa. Yo no sabía qué decir, porque no quería que se preocupara de que era verdad. Entonces ahí por la calle en la que íbamos, vi a una señora con su hija frente a un negocio viendo ropa de la que es cara, la niña de trenzas largas señalaba emocionada un gorrito de punto mientras sonreía dando saltitos hasta que entraron a la tienda. Así que se me ocurrió que ese tipo de cosas eran las que yo debería hacer. Entonces, al pasar por el mismo negocio, repetí la escena, para que mi madre estuviera tranquila de que yo no era rara. Mi madre se giró y vio el gorrito que señalaba y suspiró, luego se giró hacia mí y nos seguimos de largo. Como no funcionó, pensé que tal vez era cierto y que eso de ser niña no era lo mío.

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Pasaron los días y yo seguí siendo como era, me había raspado las rodillas jugando al explorador, rasgado el uniforme salvando a Yagoberto, el gato del vecino y mi madre seguía siendo visita frecuente del despacho de la Señorita Directora. Entonces, una mañana antes de entrar al colegio, mi madre me detuvo antes de soltarme la mano y sacó algo de su bolso. Era un gorrito violeta que había hecho ella misma, me emocioné. Sonreí dando de saltitos pues era casi igual al que habíamos visto en el aparador de aquella tienda pomposa. Me lo colocó diciendo -Mi niña.Cuando entré al patio, todo el mundo se giró y me miraron extraño, como si tuviese alguna enfermedad contagiosa. La verdad poco me sorprendió, en ese cole, nada en mí les parecía normal, así que con mi gorrito muy bien puesto en mi cabeza bien en alto tiré de largo hacia las aulas. Una vez dentro sentada en mi pupitre, el del rincón, las burlas comenzaron de nuevo, pero esta vez fueron distintas. -¡Niña, eres niña, una niña con pantaloncillos cortos y gorrito violeta!Y yo que para ellos había sido niño la mitad del año, así sin más, regresé a ser niña y volví a usar la falda, aunque con poco entusiasmo. Lo que sí no hice fue saltar a la comba porque seguía siendo igual de aburrido que antes y continué subiéndome a los árboles, que curiosamente causaba el mismo efecto de contemplación en los niños.

tw Michelle Erazo (México, junio 1981) Integrante del grupo de relatos del Patio Maravillas. lustradora de nacimiento, aprendiz de escritora, lectora compulsiva. Errante, itinerante y con mucha lentejuela. Justo ahora mientras leéis esto, en Madrid ella maqueta sus primeros cuentos ilustrados y prepara su segunda exposición.

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metroligero - holakokoro

Š Jasten FrÜjen

tw Kokoro es un personaje singular, que se cuela en CpA, para contarte historias en pocas palabras.

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Cuentos para el andén Nº38  

Este número comprobamos cómo el creador de Drácula, Bram Stoker, también trabajaba el relato breve abandonando el género fantástico para ade...

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