Page 7

andéndos

La muerte desordena Ángel Olgoso A Ángeles Encinar DE niños, estudiábamos juntos, comíamos nueces y nos reíamos con ganas. Clara era pequeña, asustadiza. Yo la llamaba Ardilla. En verano íbamos a nadar a la poza. O nos tendíamos en la hierba y mirábamos hacia lo alto picoteado de pájaros. Clara tenía el pelo corto y los calcetines bien tirantes. Yo, un bozo castaño sobre el labio. Clara olía a lápices de colores. Yo iba por ahí haciendo garabatos con su nombre. Lo trazaba con la puntera en la tierra de la plaza. Lo grababa a navajita en los troncos de la alameda. Lo dibujaba en el aire con un ascua del brasero sujeta entre dos palitos. Clara dijo que nos casaríamos. Yo dije que sí con la cabeza. Después de nuestro pacto secreto llovió afuera. Se levantó viento y saltaron chispas en los cables de la cuesta. Esas mismas centellas, blancas de pura maravilla, me calentaron por dentro durante años. Hice la mili. Solo aplastaba chinches, fregaba platos, miraba los ollares de los caballos echar vaho como chimeneas. Volví al lado de Ardilla. Trabajé en un taller. Luego en la Planta Azucarera. Un día sentí mucho frío, como si me hubieran enterrado de golpe la cara en la nieve. O chapuzado en la poza en invierno. O caído en el tanque de carbonatación de la fábrica. Pareció una chuscada de Amador, mi hermano grande. Si pienso en él, lo único que recuerdo es un abejorreo de risas y coscorrones alrededor mío. Desde el día del frío, el mundo no sabe más a Clara. Tampoco tuve tiempo de hacer la maleta. Ni de

7

Cuentos para el andén Nº36  

En este número 36 de Cuentos para el andén leeremos relatos de Alfonso Fernández Burgos, Ángel Olgoso y Manuel Vilas, junto con nuevas prome...

Cuentos para el andén Nº36  

En este número 36 de Cuentos para el andén leeremos relatos de Alfonso Fernández Burgos, Ángel Olgoso y Manuel Vilas, junto con nuevas prome...

Advertisement