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entrecocheyandén

Charcutería Blanca Fernández Alumna de taller de escritura creativa de Clara Obligado

LO primero era tener al marrano bien cebao, engordarlo hasta que pesase al menos doce arrobas. Por eso, al menor descuido de mi tío, su mujer le retiraba el plato para echar al cerdo los sobrantes. "Ya comerás", le gritaba, dejándole con la cuchara a medio camino de la boca. El puerco estaba feliz, aunque mi tío no tanto. Él se quejaba de hambre durante los meses del engorde y, a escondidas, se acercaba a la despensa para no perder cintura. Por las noches, yo escuchaba su refriega; gruñía piropos y rechinaba los dientes intentando apaciguar a mi tía bajo su peso. Como no tenían hijos, me acogieron cuando mis padres, flacos como anguilas en aquel universo de carne, embarcaron rumbo a Viena para abrir un bar de tapas. Y así, fui destinada a bañar al cerdo, animal pulcro donde los haya, aunque ella insistía en restregarle aprovechando el agua que desperdiciaba su marido. Le habíamos apartado del resto por su lozanía y el animal se ponía interesante si, a través de las trancas de madera, veía a alguna puerca en celo. Caminaba hinchado, balanceando las lorzas, restregándose los pelos del morro. Para diciembre anunciamos la matanza. Se invitó a familiares y vecinos a disfrutar del festejo y se encargaron tripas y especias. Prendimos un buen brasero y los asistentes se sentaron alrededor de las mesas a beber anisete y tomar unas roscas antes de la faena. Mi tía y

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Cuentos para el andén Nº33  

Este Cuentos para el andén trae tres microrrelatos que son tres clavos para el ataúd de la violencia de género, cuyo entierro esperamos cele...

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