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entrecocheyandén

Cicatrices Renée Noemí Picaguá

CUANDO bajó del micro, amanecía. Luego de diez horas de viaje y siete años de ausencia, volvía a su pequeño pueblo natal. La terminal de colectivos, con lugar para tres coches, estaba casi desierta. A pesar de la premura de su viaje, se tomaría su tiempo para recorrer caminando las pocas cuadras que la separaban desde la terminal al hospital del pueblo. Adrede había omitido informar a qué hora llegaría. Necesitaba ese tiempo para sí misma, para tomar coraje, para poder mirarlo a los ojos. A los ojos y sin llorar, ojalá aún pueda reconocerla. Poco quedaba de la adolecente que había partido a la gran ciudad. Su cabello largo y rubio, sus anteojos y los colores pasteles que vestía en su vida pueblerina, habían cedido su lugar, para dejar emerger a una joven mujer de aspecto rebelde, cabello corto y negro, ropa oscura y borcegos, que llegaba al pueblo con dos mochilas al hombro. Todo estaba igual en el pueblo, alrededor de la plaza: la comisaría, la iglesia, la escuela y la panadería. El aire olía a cosecha recién levantada y bosta de vaca, como siempre. Notó que su corazón se aceleraba a medida que se iba acercando al nosocomio. Habitación cinco, la puerta estaba entornada. Desde allí podía ver a su madre, vigilante, recostada en un sillón, avejentada, cansada, repugnante. Con tan solo veinte años se había casado con un hombre acaudalado, treinta años mayor que ella. Era la única opción para una madre soltera con una hija de cuatro años y de bajos recursos. No pudo abrazarla, solo un beso en silencio y enseguida desvió la mirada hacia la cama evitando cualquier comentario.

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Cuentos para el andén Nº31  

En las páginas de este nuevo número de Cuentos para el andén habita un cuento del gran John Cheever, icono del relato norteamericano crítico...

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