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nº29

juliagosto 2014 elmuro [3] andénuno [5]

Toda esa sangre, Gonzalo Calcedo andéndos [11]

De estar por casa, María Cabrera andéntres [14]

La siembra del maíz, Sherwood Anderson lapuertadelanevera [21] nueva estación

poemaacienmanos [22] brevemente [23]

Relatos en cadena dindondin [24] decamino [25] entrecocheyandén [26]

No conduce a nada, Cristina Sánchez Círculos, Rocío Vaquero metroligero [29] pormotivosajenos [30]

novedades

Miguel Alcantud

Publicamos el primer poema a cien manos, ganador en una nueva propuesta lanzada desde www.grupoanden.com donde puedes componer sonetos con los versos de otros. Esta vez recibimos 70 versos, las posibilidades, casi infinitas.

Edita: Grupo Andén C/ Feijoo, 6 - 4ºA - 28010 Madrid | edicion@grupoanden.com | www.grupoanden.com Comité editorial: Alejandro Moreno, Víctor García Antón, Leticia Esteban | Editora: Natalia Muñoz. Asesores de contenidos: Sergi Bellver, Juan Carlos Márquez, Kike Cherta y Juan Martini (Buenos Aires, Argentina) Publicidad: edicion@grupoanden.com | Diseño: www.jastenfrojen.com Ilustración: Coordinación: www.leticiaestebanilustracion.com Ilustración portada e interior: © Michela Caputo | Blog: michelacaputo.blogspot.it | http://www.illustratori.it

Con la colaboración de:


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Tema: Texturas

Ganadora: Sin título - Sofía Londoño (Bogotá)

Finalistas:   

Paleta colgada en la pared - Carlos Rivero ( Badajoz) B R GEOM - Enrique Pérez (Madrid) Textura 1 - Cecilia Rodríguez (Ourense)

Concurso de fotografía Participa enviando tus fotos a lector@grupoanden.com Consulta las bases y mira las fotos en Facebook y grupoanden.com Tema del próximo concurso: Caminos

Te escuchamos: Cuentos para el andén @cuentosanden lector@grupoanden.com

En este número de Cuentos para el andén te traemos algún texto un poquito más largo, para que tengas unos minutos más de lectura estas vacaciones. Encontrarás relatos inéditos, autores muy de hoy y otro de mucho antes de anteayer, también leerás poesía y unos microrrelatos de colores que anidaron en los árboles y vinieron a trinar un rato en estas páginas. No te quitamos más tiempo, esperamos que lo disfrutes.

www.grupoanden.com

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Toda esa sangre Gonzalo Calcedo

EL martes los huelguistas de la conservera tomaron la ciudad. Iban de casa en casa, explicando a los vecinos el motivo del cierre. Repartían un panfleto de color sepia con sus consignas. Nos visitaron a media tarde. Eran dos, un hombre joven y otro mayor; el joven llevaba los panfletos. Se quedaron mirándome y el viejo extendió la mano y el otro le dio un panfleto. Me lo tendió. —Estamos en huelga. Mi mujer apareció entonces preguntando qué sucedía; esperaba a una amiga y la visión de los dos hombres la turbó. Noté que el joven la miraba sonriente. —Estos señores son huelguistas —dije. —De la conservera —concretó el viejo. —Llevamos tres meses en huelga. Han mandado a alguien de la central para que rompa la huelga, pero no creo que lo consigan. Hacía calor. Lo justo, pensé, habría sido invitarles a pasar y beber algo. Pero tal vez les ofendiese nuestro bienestar; preferí aquel pensamiento temeroso a otra actuación más comprometida. —Veo que no tiene tiempo para cortar el césped —observó el viejo, y su tono de voz me asustó. Acto seguido se ofreció a cortarlo por un poco de dinero; su amigo le ayudaría a rastrillar la hierba si nuestra cortadora de césped no tenía depósito incorporado. —Lo tiene —dije. —En ese caso, podría rastrillar el sendero de grava. —Habría que extenderla —comentó el joven. Miré a mi mujer. Ella permanecía junto a la puerta, muy quieta, haciéndome dudar. Quizás esperaba que yo les exigiese que se fuesen y cerrase la puerta de forma altiva, o tal vez solo quería seguir charlando. Asintió muy despacio, acariciándose la barbilla con el dorso de la mano.

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—Realmente —admitió—, el césped está un poco abandonado. —No tardaremos mucho —dijo el viejo—. ¿Guardan las herramientas en ese cobertizo? La segadora estaba sucia y con el depósito vacío. Lo rellenaron con una lata de gasolina olvidada junto a botes de pintura y la hicieron funcionar. El humo atestaba el cobertizo. El viejo me miró. —No le diga a nadie que hemos estado aquí. No deberíamos trabajar. Asentí y les acompañé fuera. Se pusieron a trabajar. Mi mujer y yo les vigilamos durante un rato. Después entramos en casa y tratamos de hacer vida normal, pero era difícil sabiendo que ellos estaban en nuestro jardín. El motor de la segadora rateaba y parecía que iba a desfallecer; yo notaba la tensión que eso producía en mi mujer: su gesto de alivio cuando las revoluciones se recuperaban era tan reparador como el sol que entraba por el ventanal. Deseé que aquello acabase cuanto antes. Pagaría a los dos huelguistas y les daría la razón acerca de sus reivindicaciones. Quizás si les contara alguno de mis problemas en el trabajo me sintiese más cercano a ellos. Sopesé la posibilidad y analicé cuáles eran mis problemas; no encontré ninguno lo bastante reciente. Sentada en un extremo del sofá, mi mujer se pintaba las uñas de los pies. Fui a la cocina y allí me sorprendió sacando varias cervezas del frigorífico. —¿Piensas ofrecérselas? —Creo que se las merecen. —No me parece conveniente que beban. No son de los que beben y se muestran ingeniosos y simpáticos. —¿Cómo lo sabes? —pregunté cerrando el frigorífico. Mis movimientos eran lentos, perezosos, como si pretendiese retrasar los acontecimientos. —Lo sé, eso es todo. —No estoy de acuerdo. En ese momento la segadora se detuvo y nuestra conversación cesó; fue como si nuestro ritmo cardíaco dependiera de aquel motor. Anhelamos que volviese a funcionar, pero no oímos nada. —Puede que hayan acabado —aventuré.

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—Eso es imposible. Entonces uno de los hombres golpeó con los nudillos el cristal de la puerta de la cocina. Fui a abrir. Era el viejo. —Mi amigo se ha cortado limpiando las cuchillas de la máquina. Estaba nervioso y había cierto dramatismo en su rostro sucio de briznas de césped. También había briznas en la pechera de su camisa. Asentí y le dije que entrasen mientras yo iba a por el botiquín. Cuando regresé vi al hombre joven con la mano hundida en el fregadero; el otro se la sujetaba bajo el grifo. Mi mujer estaba sentada en uno de los taburetes, junto a la mesa. —Su mujer se ha mareado —me dijo el viejo. —Lo siento —susurró ella—. Tiene que dolerle mucho. —Estoy acostumbrado a los accidentes —se ufanó el joven. No parecía darle importancia al corte, pero al acercarme vi que era profundo y que el dedo se sostenía milagrosamente; no dejaba de manar sangre. Descorrí con torpeza la cremallera del botiquín y al abrirlo me pareció que su contenido era ridículo y absurdo, una colección de tiritas, vendas y antisépticos dispuestos para hacer frente a los pequeños percances de la vida doméstica. Pero la segadora era nuestra, estaba en nuestro cobertizo y el accidente podía haberme sucedido a mí: me rebelé. —Corte una venda —me indicó el viejo. Obedecí. Mi mujer se palpaba la nuca. Estaba descalza y el esmalte de las uñas de sus pies contrastaba con la blancura de los azulejos del suelo. Le tendí la venda al viejo. Uno de los dos, no supe precisar cúal, cerró el grifo. —Aprieta —le ordenó el viejo al joven envolviéndole el de-

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do en la venda. Cortó una tira de esparadrapo para sujetársela. La sangre comenzaba a aflorar a través del tejido—. Mantén el brazo en alto, que no circule mucha sangre. Ayudamos al joven a sentarse. Le di una cerveza y bebió con naturalidad, sin afectación alguna. —Ha sido una lástima —dijo el viejo—. Estábamos terminando. —Hoy no podrá ser —se lamentó el joven. Parecían haber llegado al final de una batalla; ahora se resarcían de sus heridas con la satisfacción de estar vivos. Miré a mi mujer; su único deseo era que se fuesen. Su amiga podía llamar en cualquier momento y no quería extenderse en las explicaciones. Repartí las demás cervezas y hablamos del panfleto. Lo había redactado la mujer del joven. —Fue dos años a la universidad. —Tenemos que volver a salir en los periódicos —dijo el viejo. —Haremos algo importante la semana que viene. Entonces mi mujer gritó: —¡No les escuches! Enmudecimos. Seguía haciendo sol, pero su luz se replegaba hacia la ventana, como succionada desde el exterior. Me dije que algunas habitaciones de la casa ya estarían en sombra, nuestro dormitorio entre ellas; y también el dormitorio de los invitados y el cuarto de baño de la segunda planta; el resto de la casa aún podía disfrutar de aquel verano. El llanto de mi mujer era infantil, epiléptico. Supongo que esperaba que la consolase y echara a aquellos individuos, pero no lo hice. —Dios santo —exclamó—, mira toda esa sangre. Y los tres vimos el reguero de sangre que iba de la puerta de la cocina al fregadero y del fregadero al taburete. La sangre resbalaba por el brazo del hombre joven y caía al suelo después de empapar la pernera de su pantalón. —Las manchas de sangre en la ropa no tienen remedio —comentó el viejo. Terminaron sus cervezas y les acompañé hasta la puerta. Rodeamos la casa. Miré el jardín. —Pueden venir a terminarlo cuando quieran —sugerí con torpeza. —Lo tendremos en cuenta —dijo el viejo, y antes de que yo me

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disculpara, añadió—: páguenos cuando volvamos y esté todo terminado. Salieron juntos. Me dio la impresión de que el joven cojeaba. Llegaron a la portilla y la franquearon. Su camioneta estaba aparcada unos metros más allá. Subieron y oí cerrarse las portezuelas. El motor produjo una explosión. Luego, una mano se asomó por la ventanilla y en el momento en que la camioneta se ponía en movimiento, una bandada de panfletos llenó el aire y comenzó a posarse en nuestro jardín y en los vecinos. Me quedé mirando el vuelo de las hojas que aún permanecían flotando. Con viento habrían llegado más lejos. Vi pasar un coche con varios panfletos atrapados en los limpiaparabrisas. Pensé en mi mujer: ella no tenía la culpa de nada. Ni de la huelga ni de la tristeza. Era inocente incluso cuando tres años antes tuvo una aventura con un biólogo y se atrevió a confesármelo. La perdoné entonces y la hubiera perdonado ahora. Tampoco yo era culpable de demasiadas cosas. Un panfleto encantado voló hasta mis pies. Se meció unos instantes hasta que me agaché para recogerlo; lo había redactado la mujer del hombre joven y leí las primeras líneas tratando de averiguar cómo era ella. Bosquejé una breve historia de amor. El sol se ponía detrás del rododendro de nuestro vecino, al que ojalá también hubiesen visitado otros huelguistas. Me sentí animado de repente. Entraría en casa y abrazaría a mi mujer. Pero de vuelta a la cocina la encontré limpiando la sangre con desesperación. En realidad, ya había acabado. Había puesto fin a aquella hemorragia de nuestro hogar con una rapidez enfermiza. Me miró jadeante, liberada, repentinamente dichosa. —¿Verdad que no se nota nada?.

tw Este relato fue publicado por primera vez por el Ayto. de Sevilla en 1998, nosotros lo encontramos en el libro: Siameses. Tropo Editores, 2011. Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) es autor de una quincena de libros y ha participado en varias antologías. Sus libros de relato breve han sido reconocidos con múltiples premios como el NH, Alfonso Grosso, Tiflos, Caja España, Cortes de Cádiz, Manuel Llano o Ciudad de Coria.

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De estar por casa María Cabrera

POR hacer algo salimos a tirar la basura. Además se había roto una mesilla, una de las patas, no merecía la pena arreglarla. Y tú que cómo había pasado con lo que te gustaba. Nos vestimos apresuradamente, buscando cada uno la ropa del día anterior. Bajamos la escalera, yo con las bolsas por delante, sin hablar. Preferíamos dejar la conversación arriba, nos parecía más fácil gritar de una habitación a otra, sin cruzarnos, solo las voces, y luego pensar que no había habido tal discusión. A los gritos siempre los sucedía el silencio. Solíamos callar de un modo tan brusco que yo me quedaba con ganas de decir más. Señalar cosas que no encajaban. Como esa mesa quebrada de repente entre ambos, en medio del salón, recién terminado el desayuno. Se rompió la mesilla y punto. Teníamos esa forma de hablarnos sin argumentos, por ráfagas de humo, en voz muy alta, como inconexa del ser que hablaba. Así fue desde el principio, cuando los dos fumábamos y salíamos a la calle más felices y aliviados. Si hace sol es mejor estar fuera. Pero hoy hace frío, dijimos, qué inmóvil todo. Era como ir sola. Como haberse quedado donde la última palabra, sentada a la mesa despatarrada, la taza de café y los platos por el suelo, la mirada en la planta acariciada por diminutos voladores negros. Admití que las cosas se rompen de usar-

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las. Arrojé las dos bolsas negras, bien atadas, descomunales de basura, en un silencio impasible. —¿No querías andar? —dijiste. —Ya no tengo ganas. —Se te quitan rápido. Y no, no había sido tan rápido. Regresábamos. Por amplios desiertos de calles, gente de las afueras, día festivo. Entonces llegamos a casa y otra vez comenzaste a hablar. Algo de la comida o del salón o de la ropa sucia o limpia, o de si habías olvidado tirar la mesilla pero ya nos habíamos puesto las zapatillas de estar por casa. 

tw Relato inédito María Cabrera (Madrid, 1985) es autora del poemario La habitación del agua (Baile del Sol, 2014). Ha escrito dos obras de teatro por encargo, trabaja en televisión.


Apoyándose en una expedición zoológica cuyo objetivo era detectar la presencia de l inces boreales y leopardos de las nieves en la región transhimaláyica de Ladakh, Altitud en vena nos cuenta las vicisitudes de los cuatro componentes de aquella expedición. Gente normal que vive con pasión sus pequeños hobbies: buscar vida salvaje en lugares remotos, subir montañas, transitar paisajes deshabitados. Si algo corrobora Altitud en vena es que todo viaje que se precie es un viaje interior y que si hay un lugar propicio para desnudar el alma es la montaña. Qué mejor escenario que las cumbres himaláyicas del antiguo reino tibetano de Ladakh.


andéntres

La siembra del maíz Sherwood Anderson

LOS granjeros que vienen a nuestro pueblo a comerciar son parte de la vida local. El sábado es el día grande. A menudo sus hijos estudian en el instituto del pueblo. Eso hace Hatch Hutchenson. Aunque su granja, distante unas tres millas del pueblo, es pequeña, tiene fama de ser una de las mejor cuidadas y explotadas de toda nuestra zona. Hatch es un anciano menudo y enjuto. Su propiedad está en Scratch Gravel Road, y en esa parte hay muchas granjas muy descuidadas. La de Hatch llama la atención. La casita de madera está siempre repintada, los árboles del huerto están blanqueados con cal hasta la mitad del tronco, el establo y los cobertizos están en buenas condiciones, y sus campos siempre tienen un aspecto pulcro. Hatch tiene casi setenta años. Empezó a vivir tarde. Su padre, que era propietario de la misma granja, fue soldado en la Guerra Civil y volvió a casa tan malherido que aunque vivió muchos años después de la guerra, apenas podía trabajar. Hatch era el único hijo y se quedó en casa trabajando la tierra hasta que su padre murió. Entonces, cuando se acercaba a los cincuenta años, se casó con una maestra de cuarenta y tuvieron un hijo. La maestra era menuda, igual que Hatch. Después de casarse ambos se quedaron pegados a su terreno. Parecían encajar en la vida de granja igual que ciertas personas encajan en la ropa que visten. Me he dado cuenta de algo que les pasa a las parejas que tienen éxito en el matrimonio. Cada vez se vuelven más parecidos; incluso físicamente. Su único hijo, Will Hutchenson, era un muchacho bajito pero extraordinariamente fuerte. Venía a nuestro instituto y era lanza-

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dor en el equipo de béisbol del pueblo. Era un tipo brillante, despierto y siempre de buen humor, y muy popular entre nosotros. Cuando era niño había empezado a hacer unos dibujitos muy divertidos. Tenía talento. Dibujaba peces, cerdos y vacas que se parecían a gente conocida. Nunca me había dado cuenta de lo mucho que la gente se puede parecer a las vacas, los caballos, los cerdos o los peces. Cuando terminó el instituto, Will Hutchenson se marchó a Chicago, donde vivía un primo de su madre, y se matriculó en el Instituto de Arte. Otro joven de nuestro pueblo también estaba en Chicago. Se había ido dos años antes que Will. Se llamaba Hal Weyman y era alumno de la Universidad de Chicago. Después de graduarse volvió a casa y lo contrataron como director de nuestro instituto. Hal y Will Hutchenson no habían sido grandes amigos antes porque Hal era algunos años mayor pero en Chicago se encontraron, pasaron muchas noches juntos, fueron al teatro y, como me contó después Hal, tuvieron largas conversaciones. También me dijo Hal que en Chicago, igual que había pasado en el pueblo cuando era niño, Will se hizo muy popular de inmediato. Era guapo así que a las chicas del Instituto de Arte les gustaba, y tenía una franqueza que lo hacía popular entre los chicos. Hal me contó que Will iba a fiestas casi todas las noches y de inmediato empezó a vender algunos de sus divertidos dibujitos y a ganar dinero. Los dibujos se usaban en anuncios y le pagaban bien. Incluso empezó a enviar algún dinero a casa. Verán, después de regresar al pueblo, Hal solía ir muy a menudo a casa de los Hutchenson a ver a los padres de Will. Iba dando un paseo o en el coche por las tardes o en las noches de verano y se sentaba con ellos. La conversación siempre trataba de Will. Hal decía que era conmovedor lo mucho que la madre y el padre dependían de su único hijo, lo mucho que hablaban de él y cómo soñaban con su futuro. Eran personas que nunca se ha-

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bían juntado mucho con la gente del pueblo, ni siquiera con los vecinos. Gente que trabaja todo el tiempo, desde por la mañana temprano hasta tarde por la noche, y las noches de luna, decía Hal, y después de que la esposa preparase una cena fría, salían a menudo a los campos y se ponían otra vez a trabajar. Ya ven, para entonces el viejo Hatch se acercaba a los setenta, y su esposa tendría diez años menos. Hal contó que siempre que iba a la granja paraban de trabajar e iban a sentarse con él. Puede que estuvieran en uno de los campos trabajando juntos pero en cuanto lo veían en la carretera salían corriendo. Solían tener carta de Will, que escribía todas las semanas. La madre venía corriendo y el padre llegaba después. "Hemos recibido otra carta, señor Weiman", decía Hatch con lágrimas en los ojos. Y entonces su mujer, casi sin aliento, repetía lo mismo: "Señor Weyman, hemos recibido carta". De inmediato la traían y la leían en voz alta. Hal decía que las cartas eran siempre deliciosas. Will intercalaba pequeños bocetos. Eran dibujos humorísticos de gente que había visto o con quienes había estado, ríos de automóviles en la Avenida Michigan de Chicago, un policía en un cruce, jóvenes taquígrafas entrando apresuradamente en edificios de oficinas. Ninguno de los dos ancianos había estado nunca en una gran ciudad y se mostraban curiosos y entusiasmados. Querían explicaciones de los dibujos y Hal decía que eran como dos chiquillos que querían saber todos los detalles que Hal recordara de la vida de su hijo en la gran ciudad. Siempre les insistía en que fueran allí de visita, y ellos se pasaban horas hablando de ello. "Por supuesto", decía Hatch, "no podemos ir. ¿Cómo íbamos a hacerlo?" Había estado en aquella pequeña granja desde niño. Cuando era un muchacho su padre estaba impedido así que él tenía que encargarse de todo. Una granja, para llevarla bien, es muy exigente. Hay que luchar contra las malas hierbas todo el tiempo. Y hay que ocuparse de los animales. "¿Quién ordeñaría las vacas?", dijo Hatch.

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La idea de que otra persona distinta de él y su mujer tocara una de las vacas de los Hutchenson parecía dolerle. Mientras él viviera no quería que ninguna otra persona arara uno de sus campos, cuidara su maíz ni se ocupara de las tareas de la granja. Esos eran sus sentimientos hacia la granja. Era algo imposible de explicar, decía Hal, que parecía entender a los dos ancianos… Era una noche de primavera, pasada la medianoche, cuando Hal vino a mi casa y me dio la noticia. En el pueblo tenemos un telegrafista de noche en la estación de ferrocarril y Hal había recibido un cable. En realidad iba dirigido a Hatch Hutchenson pero el telegrafista se lo llevó a Hal. Will Hutchenson había muerto, lo habían matado. Más tarde se averiguó que estaba en una fiesta con otros jóvenes y habían bebido. El caso es que el coche quedó destrozado y Will Hutchenson murió. El telegrafista quería que Hal fuera a llevarles el mensaje a Hatch y a su mujer, y Hal quería que yo le acompañara. Propuse ir en mi coche pero Hal dijo que no. "Vamos a pie", dijo. Me di cuenta de que quería retrasar el momento. Así que fuimos a pie. Era principios de primavera y recuerdo cada momento del paseo que dimos en silencio, cómo las hojas empezaban a brotar de los árboles, los arroyos que cruzamos, cómo la luz de la luna hacía que el agua pareciera estar viva. Fuimos deambulando y entreteniéndonos, sin hablar, sin ninguna gana de seguir. Cuando llegamos Hal fue a la puerta principal de la casa mientras yo me quedaba en la carretera. Oí los ladridos de un perro en la distancia. Oí el llanto de un niño en una casa lejana. Creo que después de llegar a la puerta, Hal se debió de quedar allí de pie diez minutos sin querer llamar. Por fin llamó y el sonido de sus nudillos en la puerta sonó terrible. Parecieron disparos. El viejo Hatch vino a la puerta y oí a Hal decírselo. Sé lo que sucedió. Durante todo el paseo desde el pueblo Hal había estado tratando de pensar las palabras para contárselo a la pareja de ancianos de forma suave; pero cuando llegó el momento no pudo. Se lo soltó al viejo Hatch a la cara de buenas a primeras.

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Eso fue todo. El viejo Hatch no dijo una palabra. La puerta estaba abierta, estaba allí de pie a la luz de la luna con un gracioso camisón largo blanco. Hal se lo dijo, la puerta se cerró de un portazo y allí dejaron a Hal. Esperó un rato y volvió a la carretera conmigo. "Bueno", dijo, y "bueno", dije yo. Nos quedamos en la carretera mirando y escuchando. No se oía nada en la casa. Y así seguimos -podían haber pasado diez minutos o podía haber pasado media hora- en silencio escuchando y mirando sin saber qué hacer; no podíamos marcharnos… "Imagino que están tratando de entenderlo para poder creerlo", me susurró Hal. Comprendí perfectamente sus palabras. Los dos ancianos tenían que haber pensado siempre en su hijo Will en términos de vida, nunca de muerte. Seguimos allí de pie mirando y escuchando un buen rato cuando de repente Hal me tocó en el brazo. "Mira", susurró. Dos figuras vestidas de blanco salieron de la casa en dirección al granero. Resultaba que el viejo Hatch había estado arando aquel día. Había terminado de arar y gradar un campo cercano al granero. Las dos figuras entraron al granero y salieron inmediatamente. Se metieron en el campo. Hal y yo cruzamos sigilosamente el corral en dirección al granero y buscamos un sitio para ver sin ser vistos. Fue algo increíble. El anciano había cogido una sembradora de maíz del granero y su mujer llevaba un saco de semillas, y allí, a la luz de la luna, aquella noche, después de recibir la noticia, se pusieron a plantar maíz. La escena ponía los pelos de punta -era fantasmal-. Ambos estaban en ropa de dormir. Sembraban un surco y llegaban hasta muy cerca de donde estábamos en la sombra del granero. Después de completar cada surco se arrodillaban uno junto al otro al lado de la valla y se quedaban unos minutos en silencio. Toda la escena se desarrolló sin palabras.

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Fue la primera vez en mi vida que verdaderamente entendí algo, aunque no estoy nada seguro de poder describir lo que entendí y sentí aquella noche… Me refiero a algo de la conexión entre ciertas personas y la tierra —una especie de grito silencioso, de dentro de la tierra, de aquellas dos personas que ponían maíz dentro de la tierra. Era como si estuvieran poniendo a la muerte dentro de la tierra para que la vida pudiera brotar de nuevo, o algo así. También tenían que estar preguntándole algo a la tierra. Pero ¿para qué? Lo que se traían entre manos en relación a la vida en su campo y la pérdida de la vida de su hijo es algo que no se puede poner claramente en palabras. Todo lo que sé es que Hal y yo seguimos contemplando la escena hasta que pudimos, y después nos marchamos sigilosamente de vuelta al pueblo. Sin embargo Hatch Hutchenson y su esposa tuvieron que lograr lo que pretendían aquella noche porque Hal me dijo que cuando regresó a verlos por la mañana para organizar cómo traer el cadáver del hijo a casa, ambos estaban curiosamente tranquilos y, Hal pensó, también lúcidos. Hal dijo que pensaba que tenían algo. "Tienen la granja y todavía tienen las cartas de Will", dijo Hal. 

tw Del libro: Muerte en el bosque. Ediciones Traspiés, colección Breves, 2014 Traducción de Miguel A. Martínez-Cabeza. Sherwood Anderson (EEUU, 1876 - Panamá, 1941)

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lapuertadelanevera

Estado

Noemí Berrocal García El estado de bien estar está dentro. Conservémoslo fuera. ¡Quiero mi neve ra!

Lota López

do vomitando. El perro ha esta as, miedo a ser Monedas, lentill ccionario de di un mediocre, tus cosas alemán. No dejes tiradas

Sombra Lucía Berruga me voy Cariño, lo siento, . Dejo mi a Nunca Jamás el armario mala sombra en guardar. s re por si la quie

José Luis Bulacio Perdí mi sombra cuando remonté vuelo. Igual salí ganando. http://cincuentos.blogspot.com.ar/

Sandra Querida Nev era: mientras yo devoro tu interior, mi se creto devora el mío .

http://sobrevolandolacultura.blogspot.com.es/

Secreto ro Carmen Quintei tu de o nt pu Me comí el o de nd ta tra e nt ga interro eto. desvelar tu secr he te é No sé en qu o. tid er conv

Historiia Luis San José secreto que Arrastrabas un do y al final ia as pesaba dem inó balancela historia term a en la viga ando tu sombr ta del es blo. http://cariciasycarencias.blogspot.com.es/

Luisa Hurtado Esta es la histor ia: yo lleno y tú vacías. Postdata: no m e refiero a la nevera, no te eq uivoques. http://microrrelatosalpormayor.blogspot.com.es/

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Poemaacienmanos

En esta nueva sección los lectores nos envían versos sueltos y después componen sonetos con ellos. El resultado es un poema como éste, con una directora de orquesta y once músicos. Participa en www.grupoanden.com

Recuerdo venturoso de los días este rumor de arena en mis oídos conservaré tu luz en mis latidos perdiéndose en mi arcón tu letanía.

(1)

Mintiéndome entre sueños que volvías dejándote escapar de mis sentidos recuerdos que se van marchitos, idos la noche taciturna te envolvía.

(5)

Cabizbajo te marchas sin consuelo como la luz del sol que ya no ardiera me acuerdo de tu risa y de tu miedo.

(9)

Volaré con el dragón de la ceguera arrastraré mi alma por el cieno te echaré de menos la vida entera.

(12)

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(6) (7) (8)

(10) (11)

(13) (14)

tw Autora: Sandra (1) Juan Carlos Garrido del Pozo http://tenemostato.blogspot.com.es/ (2) Ramón Rojo Alende (3) Sandra (4) Ismael (5) Verso guía (6) Clara (7) Noemí Berrocal García (8) Sandra (9) Ruth Lozano (10) Sandra (11) Juan Marcos (12) Puri Menaya http://purificacionmenaya.blogspot.com.es/ (13) Juan Carlos Garrido del Pozo (14) Beatriz Carilla Egido http://anatomiadelamatrioska.wordpress.com/

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brevemente

La caída Semana 31 de concurso: 25 de junio de 2014 Ganadora: Asun Gárate Iguarán Luego, si se fijan, acaban arrancando esa hilacha de su pantalón, aunque lo normal es que no le hagan mucho caso. Darle de comer, bañarlo y poco más. Como ya no es un niño, no le cuentan cuentos ni le cantan canciones ni lo llevan a los columpios. Y él echa de menos esas cosas. Sobre todo, los columpios. Por eso se balancea en la silla, continuamente, adelante y atrás, adelante y atrás.

Microrrelato Ganador de la temporada Candela María Pámpanas Rivero —Si, papá, pero, ¿y esa? Cada muñeca era exacta a la anterior. En el largo del pelo, en la ropa, en la mueca del rostro. —Papá, ¿y esa? —preguntó de nuevo Candela con los ojos vivos, curiosos. —Esa está rota, cariño, no es tan bonita como las demás. Candela examinó la muñeca descartada por su padre. Era más pequeña que las otras, estaba descalza y la camiseta que cubría su cuerpo, nada tenía que ver con los vestidos de sus inertes compañeras. Su padre cogió las tres muñecas restantes. —Papá, ¿yo estoy rota? —preguntó Candela mientras su padre cerraba la tapa del contenedor.

tw Relatos finalista de la última semana de junio y ganador de la temporada del concurso Relatos en Cadena, organizado por la Cadena SER y Escuela de Escritores. Puedes leer todos los seleccionados de la temporada en www.escueladeescritores.com o www.cadenaser.com.

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dindondin

VI Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos Hasta el 31 de septiembre Valencia http://festivalinternacionalcineyderechoshumanos.com/

La Solana Espacio coworking. Plató Fotografía. Taller artesanía Torrelodones (Madrid) www.coworkinglasolana.es

Viejas historias, nuevas palabras Del 5 al 19 de agosto Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. México DF Mexicoescultura.com

La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón. Federico García Lorca De martes a domingos Entre 35$ y 50$. Teatro Regio. Ciudad de Buenos Aires complejoteatral.gob.ar

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decamino http://entresijos.org/

http://www.sealquilaproyecto.es/p/proyecto-sealquila.html

La Asociación Cultural ENTREsijos y Lacosacultural presentaron en junio la última edición del proyecto SeAlquila, una iniciativa cultural que pretende dar visibilidad a espacios en desuso, sobre todo aquellos que lucen el conocido cartel de "Se alquila", generando en ellos una muestra efímera sobre arte contemporáneo. De este modo, los propietarios de los locales consiguen un inesperado modo de mostrar y revitalizar sus propiedades y los artistas, por su parte, disponen de un lugar en el que exponer su trabajo. Cada convocatoria cuenta con un tema con el que trabajar, hasta hoy han sido cuatro: SeAlquila Burbuja, SeAlquila Cuerpo, SeAlquila Mercado y SeAlquila Estado.

tw Próximamente, se lanzará una nueva convocatoria para que el público conozca nuevas formas de acercarse a la cultura y al arte contemporáneo, fuera de los circuitos habituales y ofreciendo la posibilidad de conocer personalmente a nuevos creadores y sus propuestas.

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entrecocheyandén

No conduce a nada Cristina Sánchez Taller de Relatos de Patio Maravillas

CAPERUCITA se detiene en la linde del bosque y duda. Objetivo: visitar a la abuela, que vive aproximadamente en el centro de la espesura. La niña baraja sus opciones; no sabe nada de simbología del inconsciente, así que, por ese lado, es libre. Caperucita, cesta de las viandas incluida, se sube a una roca cercana para pensar más cómoda. Se sienta agarrándose una rodilla, con la otra, en ángulo recto, apoyada en la piedra, y rememora las instrucciones que su madre le dio. No debería adentrarse sola entre los árboles porque -y aquí empieza la ristra de peligros recitable cual rosario- podría no llegar nunca: el mal acecha. Mientras repasa algunos de los riesgos más famosos (violación, mordedura de víbora o de alacrán y ataque de alimaña, sea lo que fuere una alimaña), Caperucita saca la petaca del tabaco y se lía un cigarro. Se está bien ahí, frente al bosque, en lo alto de una roca, sola y fumando. Se acuerda de la merienda y curiosea bajo la servilleta de cuadros rojos. Es posible que la abuela ni lo aprecie; apenas come nada últimamente. La vieja no habla sino de sus digestiones y ya no es cariñosa como antes, sino quejica y un poco aburrida. La nieta calibra, sin hambre, el grosor del bizcocho y la asimetría de las galletas. Vuelve a tapar la cesta con el paño para que no se acerquen las avispas y se acomoda en la postura del loto, ahora de espaldas al bosque. Cae la tarde y la niña se ensimisma contemplando la puesta del sol tras los montes que rodean el valle. 

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entrecocheyandén

Círculos Rocío Vaquero Taller de Relatos de Patio Maravillas

PARECE una tontería pero esta cucharilla fue de mi abuela. Ella no tomaba café, tomaba achicoria, y le daba vueltas con esta cucharilla antes de que yo naciera. Yo nací y crecí y empecé a tomar café. Y aquí estamos las dos, la cucharilla y yo, dando vueltas, tintineando la taza, negociando las condiciones de mi divorcio, un martes de mayo. 

tw Hace siete años que el Patio Maravillas nació en el centro de Madrid, en Malasaña. Un lugar desde donde construir democracia, participar, y pensar una ciudad diferente. No quisimos pedir y esperar, decidimos tomar y hacer en común. Para celebrar estos siete años, los colectivos del Patio salimos a las plazas en la primera semana de julio a compartir la alegría y nuestras actividades con los vecinos. En el Taller de Relatos nos aupamos a una silla y leímos en voz alta nuestros cuentos, colgamos de los árboles y regalamos los papiros de colores que habíamos escrito. Esta es una muestra de lo realizado esos días.

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metroligero - holakokoro

Š Jasten FrÜjen

tw Kokoro es un personaje singular, que se cuela en CpA, para contarte historias en pocas palabras.

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pormotivosajenos

Miguel Alcantud

13/07/14

Yo para ser feliz...

necesito crear Entrevistamos al creador de Microteatro, que ahora estrena obra.

P- ¿En qué tren estás subido ahora? R- Estás sola? Una obra en Microteatro Por dinero P- ¿Cuál es el peor aprieto en el que te has encontrado? R- Creo que vivo en un aprieto continuo que yo mismo me creo. P- ¿La obra en la que hayas trabajado con la que más te has divertido? R- La última en la que esté, siempre en la nueva. P- Completa la frase: yo para ser feliz… R- Necesito crear. P- Los trenes que se pierden ¿vuelven a pasar? R- Algunos sí. P- Lo breve si bueno… R- Tres veces bueno. P- ¿Qué libro te ha marcado? R- Tantos… Por poner uno: Libro del desasosiego de Pessoa. P- ¿Qué libro estás leyendo ahora? R- El rey pálido de Foster Wallace. P- Cuéntanos un truco infalible R- No existen los trucos infalibles, ni la pasión, ni la técnica… P- ¿Cuál es la mejor forma de contar un cuento? R- Desde el hígado. P- ¿Un medio de transporte que prefieras? R- Metro. P- ¿Hacia dónde te orientas cuando buscas refugio? R- Hacia mi propia casa. P- ¿Cuál es la ciudad donde te encuentras mejor? ¿Qué es lo que más te gusta de ella? R- Londres. Es una ciudad que hierve culturalmente. 

tw Estás sola? es una obra de Microteatro pero con una narrativa totalmente distinta. Divertida, excitante e incómoda.


Cuentos para el andén Nº29  

En este número de Cuentos para el andén te traemos algún texto un poquito más largo, para que tengas unos minutos más de lectura estas vacac...

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