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andéntres

La comedora de luz Juan José Flores

ADELINA se comía la luz. Ella misma me lo dijo en uno de aquellos veranos que de niño yo pasaba en el pueblo, en casa de los abuelos, aquel en el que ella ya no podía dudar de que me gustaba con locura. No fue una confesión por su parte, ni la necesidad de explicarse, de desbaratar sospechas, conjurar rumores que nada le importaban. Supuse entonces que lo hizo sólo para distinguirme en cierto modo, pero tardé algo más en comprender que también me estaba probando. Nunca me obligó a que le guardase el secreto, y sin embargo supe que debía hacerlo. La luz de después del amanecer parece que poseía la dulzura más ecuánime, sin excesos, a fruta que aún conserva algún resabio de verdor, la textura liviana, como de clara de huevo a punto de nieve. Adelina se la comía poco a poco, a pellizcos, aún desganada a aquella hora temprana, y la mezclaba en un tazón con la leche humeante de la mañana, con el pan que en ella desmigaba. Había momentos del día en que la luz se tornaba un punto ácida y efervescente, y hacía cosquillas en el paladar como una gaseosa. La de los días de lluvia sabía a aguas ferruginosas o a caldo frío de berzas, según la estación. A la hora de la siesta de aquellas tardes de la canícula, la luz era áspera algunas veces y difícil de tragar, malograda por el exceso de calor, y a Adelina le parecía el aguardiente que su padre le dejaba probar en las bodas y los bautizos. La primera vez que la vi comiendo luz, regresábamos de bañarnos en el río. Fuimos los últimos del grupo en vol-

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Cuentos para el andén Nº28  

En este número 28 de Cuentos para el andén publicamos a los 10 seleccionados del I Concurso Colaborativo, participaron entre 213 textos de 8...

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